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El panteón

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La teología de Heliópolis debió su éxito a la capacidad del clero local para asimilar y reelaborar desde una perspectiva universal las tradiciones locales, sin debilitarlas ni reprimirlas, sino integrando en un panteón orgánico sistemático a los distintos dioses, respetando las funciones de cada uno, que fueron exaltadas y ampliadas. Ahora bien, la consolidación de esta escuela teológica se debió asimismo al hecho político de que durante un tiempo los faraones legitimaron su estatus y su poder en Heliópolis, la antigua ciudad santa. Sin embargo, la teología de Heliópolis tuvo que competir en un principio con la escuela de Hermópolis, que se caracterizaba por haber elaborado un sistema organizado en una Ogdóada, es decir, un sistema de «ocho» dioses, distribuidos en parejas, un macho, que es una serpiente, y una hembra, que es una rana. Estas cuatro parejas expresan además cualidades negativas: Nun y Nunet, el océano y el líquido primordial; Heh y Hehet, la indefinición de los orígenes; Kuk y Kauket, la oscuridad; Amón y Amaunet, el caos ignorado e intangible. Evidentemente, ambas teologías son contrapuestas y, sin embargo, en una visión global parecen integrarse recíprocamente, puesto que la Ogdóada de Hermópolis expresa los elementos constitutivos del desorden cósmico, mientras que la Enéada de Heliópolis, las etapas del orden cósmico, posteriores al desorden. Desde este punto de vista, la Ogdóada y la Enéada parece que contribuyen a la formación de un único sistema, en el que los seres de la Ogdóajla difícilmente pueden gozar del estatuto de dioses. En una fase posterior, Amón, la última figura de la Ogdóada, adopta rasgos personales y antropomórficos, convirtiéndose en una divinidad dinástica, en torno a la cual la teología de Tebas construirá una familia. Su carácter de dios «desconocido» será en último término el instrumento que permitirá al clero tebano afirmarse como único mediador, en competencia con el soberano.
También Menfis elaboró su propia teología que, aunque no renegaba de la función de Atón ni de la Enéada, ponía al frente de la creación a Ptah, dios políade de la ciudad. El documento que nos ha transmitido la teología menfita es relativamente tardío (c. 700 a.C), pero hace referencia a las fases más antiguas de la historia de Egipto y remite a la época de las dinastías menfitas, aunque con el paso del tiempo probablemente ha sido objeto de manipulaciones y reelaboraciones. En este texto, que sitúa en el origen del mundo el sistema heliopolita, la creación es una obra intelectual de Ptah y el orden del mundo, el fruto de su palabra.
El sistema así organizado se presenta como una manera de representar el mundo cuyas formas son los dioses; pero desde el momento en que establece relaciones estables entre las divinidades y las organiza según un canon dinástico preciso, resulta ser una proyección de la sociedad egipcia y de su estructura y jerarquía. Es una especie de mundo paralelo y superior al humano, en el que el rey, en su condición de Horus, antiguo y extendido dios de la monarquía en muchas ciudades, adopta una función de mediador y garante del orden cósmico, el ma'at, que, en último término, coincide con la sociedad egipcia.
Los elementos de la existencia
Los elementos imprescindibles para la existencia, que contribuyen a formar al individuo y permiten definir el estatuto de los dioses del antiguo Egipto, son cinco: el nombre, la sombra, el aj, el ba y el ka. El nombre se basa en la fuerza creadora de la palabra; asignado al individuo al nacer, expresa sus cualidades y su destino. La sombra es el doble inmaterial del hombre y de todas las formas que adopta a lo largo de la vida. El aj es un principio solar y es indispensable para el paso al Más Allá, puesto que expresa la fuerza de los dioses y de los difuntos; también es un elemento que se conquista, viviendo con el propio ka, para convertirse en una auténtica personalidad. El ba es un principio inmaterial, vehículo del poder de quien lo posee, ya sea vivo, muerto o dios. Aunque independiente del individuo, es una especie de doble suyo con el que el hombre puede dialogar; se le representa como un pájaro de rostro humano que abandona al difunto en el momento de la muerte y se reúne de nuevo con él después de la momificación. Precisamente ésta es una función específica de los dioses y de los difuntos, que les permite adoptar una forma; originariamente, debía de designar la facultad propia de los dioses de cambiar y de adoptar las formas más diversas. Por lo tanto, un dios puede poseer muchos ba, puesto que podía aparecer con muchos aspectos, y asimismo el ba de un dios podía convertirse en el ba de otro dios. Así la garza azul, que los griegos interpretaban como fénix, ba de Ra, podía subir al cielo y ser el ba de Osiris. El ka, en cambio, es la fuerza vital de cada ser, capaz de multiplicarse en proporción al poder de su poseedor, de modo que Ra tenía hasta catorce. Esto supone que, para ser eficaz, el ka tiene que ser constantemente alimentado, y su mantenimiento es decisivo para que la existencia del difunto continúe en el Más Allá. Representado como dos brazos elevados, está encarnado por el propio faraón, interpretado como «el buen ka que hace felices a las Dos Tierras y satisface las necesidades de todo el país» (Amarna, III, 29). Es, pues, la fuerza vital que hace próspero a Egipto y lo protege, una potencia intermedia entre el mundo divino y el humano.
La mitología
Los episodios míticos de Osiris, que han llegado hasta nosotros a través del De Isis y Osiris de Plutarco antes que a través de otros textos egipcios, tuvieron un papel central en la historia religiosa y política de Egipto. La tradición más conocida es la del mito cosmogónico elaborado por la teología de Heliópolis, que constituye prácticamente su culminación. Sin embargo, había además otros mitos que poblaban el universo cultural egipcio. Un mito es, de hecho, la cosmogonía de Hermópolis, que fundamenta el paso desde el caos primigenio hasta el orden cósmico. Otro mito se refería a Ra, que atravesaba el cielo en dos barcas, una de la mañana y otra de la noche, y otro mito, cuyos protagonistas eran Ra y Osiris, narraba el origen del lago de Heracleópolis. En Esna se contaba que el dios Khnum había creado a los seres sirviéndose de un torno de alfarero, que después había dejado en herencia a los seres femeninos.
En este panorama compuesto de tantos elementos, armonizado gracias al esfuerzo unificador, aunque no pudieron evitarse las contradicciones y cada ciudad conservó su propia mitología, no parece que hubiera figuras de tipo heroico, como el caso de Gilgames en Mesopotamia o como los héroes en Grecia. Solamente Osiris puede resultar en algunos aspectos asimilable al tipo de héroe cultural. Efectivamente, Osiris se presenta como el que ha impuesto el orden en el mundo, el que ha liberado a los hombres de la condición de brutalidad ferina y les ha enseñado la agricultura,3 pero, dada su condición de señor del Más Allá, no puede ser clasificado como «héroe». Es un problema que también se le planteó a Plutarco, quien creyó ver en Osiris (y en Isis) no un dios ni un hombre, sino más bien una figura intermedia, un «daimon», transformado posteriormente en dios (De Isis y Osiris, 25, 360 D-E; 30, 362 E-F). Y Horus, que combate contra Set para obtener el reino del padre y traer el orden al mundo, en modo alguno puede interpretarse como «héroe», sobre todo porque es el halcón, «Señor del cielo». Y, sin embargo, Horus, en su condición de rey de Egipto que actúa de mediador entre el mundo humano y el divino, que garantiza la prosperidad del país y el orden cósmico, separado del mundo de los hombres, pero próximo a ellos, parece que presenta algún rasgo heroico. En cualquier caso, se sobrentiende que el proceso de ordenación del panteón y de la mitología, cuyo objetivo era legitimar la función divina del soberano, tuvo que originar necesariamente una reducción y simplificación de los posibles rasgos heroicos presentes en las figuras míticas. O incluso podemos afirmar que, si bien en otras culturas se confió a seres de carácter heroico el papel de mediadores entre el mundo de los dioses y el humano, entre naturaleza y cultura, entre «alteridad» y humanidad, en Egipto se adoptó una solución que atribuía esta responsabilidad a una pareja divina, Horus, el dios halcón, y su padre Osiris, señor del Más Allá, y a su encarnación humana, el rey vivo y el rey difunto.

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