La dieta del Dr. Dukan

 

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El panteón

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No obstante, es bastante difícil pensar en los dioses del antiguo Egipto como en figuras trascendentes; su presencia en el mundo es constante, impregna toda la realidad y a veces incluso la encarna. Son fuerzas cósmicas o elementos de la naturaleza, como Ra, el sol, Shu, el vacío y el aire, lah, la luna, Nun, el agua primordial, Nut, el cielo, que es femenino, Geb, la tierra, masculina, Hapy, dios del Nilo y de la inundación. Estos dioses —aunque quizá deberíamos hablar de seres extrahumanos, que sólo se diferencian del universo humano en que tienen poderes sobrehumanos—, después de la unificación del país, se organizan progresivamente en un sistema, resultado de un evidente esfuerzo teológico que desemboca en la constitución de las dos Enéadas, una mayor y otra menor. La Gran Enéada, en la que apenas nos detendremos, es el producto de la teología de Heliópolis y comprende nueve divinidades relacionadas entre sí a través de un esquema genealógico: Ra, el dios sol, con el que los sacerdotes de Heliópolis habían identificado a su dios local Atón, que designaría el disco solar y habría dado lugar a Ra-Atón, que por autogeneración engendra la primera pareja, Shu, el aire, y Tefnut, de difícil identificación; éstos, a su vez, generan al dios Geb, la tierra, y a la diosa Nut, el cielo, que dan a luz a dos parejas de hermanos, Osiris e Isis, Set y Neftis. Se trata de un escenario cósmico que supera en un sentido universalista el sistema fragmentario de las divinidades locales, y que procede de la necesidad de justificar y legitimar la unificación del país.
Junto a estas figuras se conservan un gran número de divinidades, generalmente de carácter local, aunque también organizadas en grupos familiares y caracterizadas por un destacado zoomorfismo, que indiscutiblemente obstaculizan la interpretación del politeísmo egipcio. Según la interpretación de los griegos, habían sido los propios dioses quienes, aterrorizados por la furia de Tifón, se habían refugiado en Egipto y se habían transformado en animales (Plutarco, De Isis y Osiris, 72, 379 F; Apolodoro, I, 6.3 [41]). Horus es el dios halcón, pero a veces se le representa como un disco solar alado, destinado a convertirse en la encarnación de la monarquía; Hator, cuyo nombre significa la «casa de Horus», es representado por la vaca; Anubis, divinidad a la que corresponde el cuidado de los muertos, tiene un aspecto canino; Apis es el toro; Bastet, interpretada por los griegos como Afrodita, es la diosa primero leona y después gata; Sobek es el dios cocodrilo; Thot, dios de la sabiduría y señor de la escritura, tiene el aspecto de un ibis. A esta compleja multitud de seres que nos hemos habituado a llamar divinidades se le asociaban los correspondientes animales, que se convertían en objetos de culto, dando lugar a una auténtica y muy extendida zoolatría. Es posible que el animal expresara una cualidad específica del dios con el que estaba asociado; por ejemplo, Anubis, divinidad funeraria de los cementerios, era «como» un chacal. Pero esta teoría del «como si», que sólo parece posible cuando en un determinado contexto cultural se ha desarrollado una conciencia muy extendida que disocia la cualidad trascendente del ser divino de su representación, y que por ello sólo pudo haberse producido en una época relativamente reciente, parece contradecirse con la distribución regional del culto tributado a algunas especies animales concretas. Precisamente, esta distribución local del culto a algunos animales y de las correspondientes divinidades, unida al evidente carácter arcaico de las prácticas y de la tradición que se remontan por lo menos al período Predinástico, en el que está atestiguado un rey Escorpión, nos induce a pensar en la persistencia de figuras de seres extrahumanos afines al modelo del antepasado mítico, que en muchos casos tiene características y connotaciones animales. De hecho, estos seres son divinidades específicas de lugares o de ciudades y con frecuencia tienen un papel generador o creador, como Khnum, dios carnero de Egipto meridional, o Nekhbet, diosa con rasgos de un buitre blanco, protectora de la monarquía y de la descendencia dinástica, o incluso la misma Bastet, diosa de la sexualidad.
Las ciudades y la teología
Probablemente, todos los poblados en un principio y todas las ciudades más tarde poseían un ser extrahumano o una divinidad tutelar, que en muchos casos tenía su propia línea genealógica. Por lo tanto, es en el seno de cada ciudad donde se establece una primera organización del mundo divino atendiendo a grupos familiares. Por ejemplo, en Mentís, en el Bajo Egipto, el dios Ptah, que se convertirá en la divinidad hegemónica en la teología menfita, representado con aspecto humano, calvo y con una corta barba, protector del mundo artesanal y con los rasgos del dios creador, tiene a su lado una divinidad de la tierra como Tétenen, una diosa leona, Sekhmet, y un hijo, Nefertum. En muchas ciudades también es frecuente la presencia de divinidades creadoras, como el propio Ptah en Menfis, el dios Harsafe, con forma de carnero, en Heracleópolis, otro dios carnero, Khnum, en Egipto meridional, Min, dios itifálico, en Copto, y Osiris, en Busiris, donde más que un dios creador es una figura a medio camino entre la divinidad ordenadora del mundo y el héroe cultural.
La unificación política del país bajo un único soberano implicó una labor de unificación religiosa, que supuso el predominio de la llamada teología de Heliópolis, de la que procede una visión universal del mundo divino, organizado jerárquicamente en la Gran Enéada, dominada por la figura de Ra, el sol. El proceso de unificación y organización del panteón deja a cada ciudad sus propias divinidades tutelares, pero también produce un fenómeno de «teocracia», o de asimilación entre los dioses, que de este modo adoptan formas y características de otros dioses, que se traducen también en las formas compuestas del nombre, como en el caso de Ra que, gracias a su encuentro con Atón se convierte en Ra-Atón, o de su relación con Amón resulta Amón-Ra. En cualquier caso, la elección de las divinidades que entran a formar parte de la Enéada no excluye a los otros dioses; algunas figuras importantes como Geb, la tierra, y Nut, el cielo, apenas tienen relevancia desde un punto de vista del culto, mientras que las otras pertenecen a la conciencia de todos los egipcios.

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