La dieta del Dr. Dukan

 

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La herejía de Akhenaton y el conflicto soberano-clero

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El conflicto entre el soberano y la casta sacerdotal alcanzó el momento de máxima tensión al subir al trono Amenhotep IV, que reinó de 1378 a 1352 a.C. Coronado en Karnak, Amenhotep IV entró en conflicto con el clero tebano de Amón-Ra a los pocos años de iniciar su reinado, cuando asignó a Atón el rango y función supremos, reservados hasta entonces a Amón.

Cambió su propio nombre de Amenhotep, que contenía el nombre de Amón, el dios soberano de Tebas, por el de Akhenatón, «El que place a Atón», iniciando una nueva teología centrada en Atón, el dios del disco solar, carente de mitología, mientras que la familia real se convirtió en cambio en «mitológica», y transformando el ma'at (p. 47, n. 2) en la palabra sagrada de su reforma religiosa.

No obstante, no cambia su «nombre de trono» Neferkheperura, «Las transformaciones de Ra son perfectas». El mantenimiento del «nombre de trono», que implica la aceptación de la figura de Ra, impide considerar la reforma de Akhenatón como una revolución religiosa de tendencia monoteísta, porque además los otros dioses no son abolidos, sino que a lo sumo pierden importancia frente a Atón.

La labor del soberano va encaminada a catalizar en Atón todas las funciones creadoras, como se deduce del himno a Atón, en el que está sintetizada la doctrina de Akhenatón, pero no se excluye la obra de los otros dioses. Tal vez Akhenatón abolió el uso plural del término «dios», pero no abolió a Ra, que ya hemos dicho que conservó en su propio «nombre de trono», ni abolió su culto ni suprimió la función funeraria de Osiris, que se mantuvo incluso en el seno de la propia familia real. Solamente el nombre de Amón es suprimido sistemáticamente, con una determinación metódica; y este hecho, junto con la fundación de una nueva ciudad, Akhetatón, «Horizonte de Atón» (actualmente Tell el Amarna), más bien nos hace pensar en un conflicto con el clero de Amón.

Por otra parte, Akhenatón, al concentrar en Atón todo el poder creador, hacía que el poder divino fuera inmediatamente perceptible por los subditos, librándolos de la mediación de un clero especializado. El disco solar, Atón, se convirtió en el faraón celeste, visible, a diferencia de Amón, el dios «oculto», como lo consideraba aún Plutarco (De Isis y Osiris, 9, 354 C). La impenetrabilidad del dios, que caracterizará algunas corrientes de pensamiento en la época helenístico-romana como el hermetismo, que se remitía expresamente a la tradición sapiencial egipcia, fundamental para el clero de Amón, se detenía con Atón en la figura del rey, «hijo de Atón», que se convertía en el intérprete del dios y responsable del mundo.

Esta reforma religiosa tendía evidentemente a fortalecer el poder del soberano, que se convertía de hecho en el único y legítimo mediador, y además obligado, frente a Atón, y dio lugar a una especie de culto al rey ya en vida. Hacia finales de su reinado, Akhenatón intentó sin éxito reconciliarse con el clero de Amón. A su muerte, posiblemente violenta, la ciudad de Akhetatón fue abandonada y arrasada; su sucesor, Tutankhamón, promulgó un edicto de restauración de los antiguos cultos y se acabó con la herejía de Akhenatón.

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