La herejía de Akhenaton y el conflicto soberano-clero
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El faraón, mientras vive y gobierna el país, es Horus, el hijo de Osiris. En esta relación de padre e hijo se basa la monarquía en el antiguo Egipto, que tiene en el mito de Osiris su fundamento y legitimación. Osiris es el dios difunto, muerto por su hermano y rival Set, que quiere usurpar su trono y descuartiza el cadáver, esparciendo sus miembros por todo Egipto.
Isis, hermana y esposa de Osiris, recupera y recompone el cuerpo, y consigue tener del esposo muerto un hijo, Horus. Éste lucha contra Set y le vence, obteniendo de este modo el trono que por derecho le corresponde como hijo de Osiris.
En este episodio mítico, que presenta algunas variaciones en las que Horus y Set aparecen como hermanos que se mutilan recíprocamente, se basa el derecho dinástico egipcio, según el cual el rey difunto se convierte en Osiris y reina en el Más Allá, mientras que el rey vivo adopta el «nombre de Horus».
Este mito establece, pues, el principio de sucesión dinástica y lo legitima, desde el punto de vista mítico, mediante el juicio del tribunal divino, que se pronuncia sobre la legitimidad del nacimiento de Horus y le concede el trono de Osiris, puesto que el hijo debe suceder al padre. Horus es necesariamente hijo póstumo de Osiris, porque un rey sólo puede serlo a la muerte de su predecesor.