El culto
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Como el hombre había sido creado para sustituir a los dioses en el trabajo y para servirlos, las prácticas de culto reproducían concretamente esta función. De ahí que el primer deber ritual fuera la celebración del culto diario, el mismo para todas las divinidades, que implicaba vestir por la mañana la estatua del dios, recitar plegarías y cantar himnos, y preparar entre dos y cuatro comidas diarias, según la ciudad.
Fiestas, ceremonias, ritos y sacrificios
Además del culto diario, a lo largo del año se habían establecido unos días determinados para la celebración de ceremonias rituales concretas, como la purificación, los lavacros o la procesión en honor de Istar a lo largo de la «vía sacra». La organización del culto estaba marcada por un ciclo festivo anual, basado en el ciclo de la luna. Cada mes y cada día tenían una divinidad tutelar, a la que estaban dedicados. Se trataba de una visión y representación cíclica del tiempo, que se renovaba periódicamente a través de la fiesta de Año Nuevo. La fiesta, con sus ritos de purificación y a través de la lectura del gran poema nacional, producía una momentánea deshistorización del presente para proceder a su renovación y refundación. Durante esta celebración anual, el propio rey, espejo de la divinidad, era despojado provisionalmente de sus insignias y era obligado por el sacerdote a efectuar una confesión pública de sus pecados, para ser luego reintegrado a su papel y a sus funciones. De este modo, el ciclo festivo y el calendario, el sistema ritual y ceremonial permitían ejercer un control sobre la realidad y renovarla, liberándola de los peligros del caos original. El mundo humano era así reconducido dentro de los límites jerárquicos establecidos por los dioses, que fundaban y legitimaban la existencia humana, necesariamente obligada a servir a los dioses y, por consiguiente, al rey. Desde esta perspectiva, el sacrificio sólo podía consistir en la alimentación de los dioses, de la que se encargaban los hombres. Sin embargo, había otros sacrificios que tenían unos objetivos específicos, como los destinados a la purificación, entre los que cabe citar también el del «chivo expiatorio», o a la «comunión», en el que la comunidad participaba en el banquete junto con el dios.
Los especialistas del culto
Un conjunto ritual tan articulado tenía que contar necesariamente con la presencia de un personal especializado, cuya estructura jerárquica todavía no ha sido descifrada. Durante el período sumerio, en la cúspide de la pirámide sacerdotal estaba situado el en humano, asumido sucesivamente por acadios, babilonios y asirios con formas y denominaciones propias. Por debajo de éste, aparece toda una serie de especialistas, cuyas funciones y relaciones, distintas en cada ciudad, se fueron transformando y ampliando con el paso del tiempo. Actuaban según las actividades del templo, que tenía sus propios encargados del culto, gobernados por el «sumo sacerdote», que recibía una denominación diferente en cada ciudad. Subordinado a éste aparecía el sanga (en acadio, sangüni), término que se convirtió en dominante a partir del n milenio y al que se asoció una jerarquía, en cuyo vértice se situaba el «gran sangüm».
En esta organización especializada, que también contemplaba formas de sacerdocio femenino, desempeñaban un papel decisivo los encargados de la adivinación, que en la época neoasiria parece que pierden las connotaciones sacerdotales para convertirse en simples técnicos, capaces de «leer» los signos que en la naturaleza revelan la voluntad y los designios secretos de los dioses. En su condición de instrumento que orientaba la acción humana dentro del orden fijado por los dioses, la adivinación mesopotámica condicionaba y legitimaba también a la monarquía a la que, por ejemplo, un eclipse de luna podía amenazar; de ahí la necesidad de preverlo a través de la práctica adivinatoria, a fin de recurrir a un eventual sustituto del rey. Por eso el rey, «elegido» por Inanna, estaba acompañado de los barü, los adivinos por excelencia, cuyas competencias limitadas al principio a la aruspicina se ampliaron con el tiempo a todas las formas de adivinación deductiva, y cuyo centro de actuación era el palacio. A ellos les correspondía descifrar e interpretar el mensaje transmitido indirectamente por los dioses a través de signos. La adivinación inducida o inspirada era controlada por los sá'ilu a quienes, en su calidad de mediadores, los dioses comunicaban directamente su voluntad; la astrología, en cambio, era competencia del tupsanu, el «escriba».
La actividad de estos especialistas dio lugar a una auténtica doctrina y teoría adivinatoria, con un léxico específico, métodos y líneas generales de orientación, un código interpretativo, desarrollado paralelamente a la evolución de la escritura, una clasificación sistemática y una casuística que aspiraban a prever todos los acontecimientos posibles y que dieron origen a una teoría de lo posible. En el período acadio ya aparece codificada una literatura adivinatoria, que nos ha dejado una enorme cantidad de documentos y que ha sido fuente de inspiración para toda la tradición adivinatoria posterior hasta la época helenístico-romana, cuando los adivinos por excelencia eran los «caldeos». Carente de un sistema de oráculos como el griego (capítulo V, 4) y basada en la observación directa de los fenómenos naturales —desde las posiciones de los astros (astrología) a la anatomía animal (aruspicina y hepatascopia), de la teratomancia a la lecanomancia—, la práctica adivinatoria en Mesopotamia es una especie de desciframiento de una «escritura del mundo» que traza las coordenadas dentro de las que debe permanecer el hombre y cuyos artífices son los dioses; un código de lectura que delimita los confines impuestos a la humanidad. Sin embargo, si cambiamos la perspectiva, la adivinación mesopotámica se nos muestra como un instrumento para describir y ordenar el mundo, y para fijar los espacios de acción del hombre.