La dieta del Dr. Dukan

 

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El panteón y la mitología

 

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La segunda tríada o «tríada astral», que en la organización teológica sigue a la cósmica, es diferente. Está formada por el dios luna Nanna-Su'en (en acadio, Sin), por el dios sol Utu (en acadio Samas) y por la diosa Inanna (en acadio Istar), representada por el símbolo de la estrella e identificada con la «estrella de la mañana» Venus. Nanna-Su'en, la luna, es el hijo de En-lil y Nin-lil, y su sede más importante de culto estaba situada en Ur; su compañera era Nin-gal, la «Gran Señora». Representado por una luna menguante, gobernaba el ciclo mensual y fijaba los destinos; de ahí que el eclipse de luna fuera interpretado como un presagio funesto, signo de la ira del dios. Utu, el sol, es considerado a menudo hijo de Nanna-Su'en; tenía dos importantes centros de culto, en Larsa y en Sippar; su templo era Ebabbar, la «casa resplandeciente»; Aja, su compañera, fue asimilada posteriormente a Istar. Como Utu, los sumerios lo consideraban un dios de la guerra; como Samas, era para los acadios la luz solar diurna y el día entendido como espacio temporal; podía verlo todo, era capaz de distinguir el bien y el mal, y por ello representaba la justicia y la ley, que castigaba a los culpables. Inanna es tal vez la figura divina mejor definida del panteón mesopotámico, y está dotada de una personalidad compleja y autónoma. Hija unas veces de An y otras de Nanna-Su'en, Señora del cielo, Señora de la mañana, Señora de la noche, Señora de los hombres, Señora de la batalla, sus numerosos epítetos nos recuerdan las aretalogías con que se celebraban algunas divinidades, como la egipcia Isis, en la época helenística. Divinidad guerrera y de la vida sexual a la vez, junto con Nanna-Su'en y Utu mide el tiempo de la existencia humana y la rige en sus manifestaciones y necesidades concretas y cotidianas.
Así pues, estas dos «tríadas» orientan y expresan las formas del universo en el que se desarrolla la existencia de los pueblos mesopotámicos. Son, por tanto, las divinidades principales, aunque no excluyen la existencia de algunas otras figuras divinas, vinculadas a las muchas ciudades y a los muchos centros diseminados por el territorio. Entre otras divinidades, destaca Nergal, en la ciudad de Kuthu, Señor de los Infiernos, esposo de Ereskigal, hermana de Inanna y a su vez Señora de los Infiernos. Otros dioses son Ninurta, dios artesano y guerrero, en el que queda subsumida la figura de Ningirsu, dios de Lagash, hijo, como Ninurta, de En-lil; Nabü, el «anunciador», con sede en Nínive, considerado el redactor y escriba de las «Tablillas de los destinos», que están en poder de En-lil.
Aparece así un panteón orgánico y funcional, en el que el control de un dominio o de una fuerza natural no se deja en manos de una única figura divina.
En los períodos babilonio y asirio aparecen también divinidades nacionales, como Marduk, protagonista del Enüma elis, que se apodera del reino tras haber derrotado al monstruo Tiamat, las aguas saladas primordiales, esposa de Apsü, las aguas dulces primordiales, y Assur (Assur), dios nacional asirio, que dio nombre al pueblo de los asirios y a su territorio.
Mitología y antropogonía.
En torno a estas divinidades, con las que se relacionan figuras heroicas, como el propio Gilgames y su compañero Enkidu, o colectividades míticas de carácter demoníaco, como los Galla (en acadio, Gallü), o incluso figuras de genios protectores, como Alad y Lama, floreció una rica mitología, de carácter predominantemente cosmogónico y antropogónico, de la que surge el fundamento mismo del ejercicio del poder. En el Enüma elis, de hecho, el origen del mundo a partir de los miembros esparcidos de Tiamat, y la creación del hombre, modelado por En-ki a sugerencia de Marduk, están asociados a la conquista del poder por parte del propio Marduk. En los relatos míticos aparece también una limitación del poder de los dioses, que pueden ser engañados, como ocurre con En-lil, al que roban las «Tablillas de los destinos».
Se conocen numerosas redacciones de la antropogonía, desde la sumeria del mito de Enki y Ninmah, a la acadia que está presente tanto en el mito de AtraljasTs como en la epopeya de Gilgames, al Enüma elis, y a los Babyloniaka redactados en griego por Berosso, sacerdote de Marduk en Babilonia, a comienzos del siglo m a.C. En la versión sumeria de Enki y Ninmah, En-ki imagina la creación del hombre para liberar a los dioses de las fatigas del trabajo, mientras que en la versión babilónica antigua de Atrahasis, el hombre salvado del diluvio, En-ki (Ea) crea al hombre a través del sacrificio de un dios, cuya sangre contribuye a vivificar la arcilla mezclada por la diosa Nintu, de la que brota el género humano. En el Enüma e lis, donde domina la figura de Marduk, corresponde a éste idear la creación del hombre, pero es En-ki el que lo plasma. La creación del hombre no implica solamente una primitiva limitación del mundo divino, sino que expresa y subraya el principio de dependencia del propio hombre, al que los dioses quieren utilizar como su sustituto en las actividades productivas y que está, por tanto, a su «servicio». Pero, tras una primera fase de obediencia, el crecimiento demográfico de los seres humanos favorece la rebelión: los hombres se levantan contra En-lil y se niegan a seguir trabajando. Es una rebelión que se repite por tres veces y que los dioses logran sofocar a base de epidemias, sequías y carestías. Pero cuando se rebelan por cuarta vez, En-lil decide exterminarlos a todos con un diluvio, y así hubiera ocurrido si no hubiera intervenido En-ki para salvar al menos a uno, Atrahasls, junto con su familia. Más que una prefiguración del «pecado original» bíblico y de su castigo, la tradición que nos transmite esta «huelga» primordial expresa con eficacia la inevitabilidad y el principio del sometimiento humano al poder real representado por la corte divina en la que domina En-lil, forma y fundamento a la vez de la monarquía humana. Sin embargo, el poder divino no es solamente coercitivo y punitivo, puesto que es precisamente de los dioses de quienes los hombres han recibido todos los elementos de la civilización. No obstante, según un mito tardío, redactado en griego, los hombres habrían sido liberados del estado salvaje en que vivían por una especie de héroe cultural, Oannes, mitad hombre y mitad pez, que separa progresivamente a los seres humanos del estado de naturaleza para introducirlos en la dimensión de la cultura.
Gilgames
«El que ve todas las cosas hasta los confines de la tierra», dos tercios dios y un tercio hombre, es el protagonista, con el nombre de Gilgames, de un largo poema transmitido en varias redacciones, en el que esta especie de héroe recorre el mundo en busca de la planta de la inmortalidad. Figura que recuerda al Hércules griego, definido por el epíteto sumerio ur-sag y por el acadio qarrádu, que parece expresar una noción análoga a la de «héroe». Gilgames no presenta, sin embargo, los rasgos típicos del héroe cultural, excepto el reconocimiento de la inevitabilidad de la muerte y de la irreductible distancia que separa a los hombres y a los dioses. Es la figura del monarca (de hecho, es el rey de Uruk), capaz de enfrentarse a los dioses sin ser inmortal, pero es también la imagen del poder aún no moderado, que se expresa con brutalidad. Por esto los dioses crean a Enkidu, ser salvaje y brutal, que es como un doble de Gilgames y que antes de enfrentarse al señor de Uruk tiene que pasar por una especie de proceso de culturízación bajo la forma de una iniciación sexual. Liberado de este modo de la esfera de la naturaleza —después de la unión con una mujer joven ya no es capaz de comprender el lenguaje de los animales—, Enkidu se enfrenta a Gilgames. Pero la lucha revela la igualdad de fuerzas que existe entre ambos, y por ello concluyen una alianza. A partir de ese momento comienzan las hazañas de los dos héroes, entre las que destaca la muerte del monstruo Huwawa, que atrae sobre Gilgames las atenciones de Istar Tras este suceso, el relato entra en una segunda fase, cuando el rey de Uruk ve morir a Enkidu. La larga búsqueda de Gilgames, que llega hasta el viejo Utnapistim, escapado del diluvio y convertido en inmortal por concesión de los dioses, no obtiene el éxito esperado. Es decir, el héroe no conquista la inmortalidad, que sigue siendo un secreto de los dioses, y tiene que resignarse a la condición humana. El rey, vicario de los dioses sobre la tierra, permanece en su condición de mortal y como tal no puede evitar el destino que corresponde a todos los hombres. La epopeya de Gilgames, donde también aparece el proceso de separación del hombre de la naturaleza, es un mito de fundación de la inevitabilidad de la muerte, y al mismo tiempo del límite y de la medida de la monarquía en el mundo humano.

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