La dieta del Dr. Dukan

 

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El panteón y la mitología

 

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Una vez transferidos los dioses de la tierra al cielo, el mundo divino se organizó de modo que reflejara la organización ciudadana, trascendiéndola y superando la fragmentación de la ciudad-estado. Nippur se convirtió en una ciudad santa, aunque con un influjo político irrelevante, centro ideal y sede de En-lil, dios del cielo meteórico, a medio camino entre la tierra y el cielo astral, hijo de An (Anu en acadio), dios del cielo astral. La introducción de la institución monárquica tuvo como consecuencia una organización del mundo divino también monárquica, del mismo modo que la adopción del principio dinástico determinó la inserción de una línea de descendencia en el panteón.
No cabe duda de que la sistematización y organización del universo de los dioses es el resultado de una labor sacerdotal, especialmente de las escuelas teológicas de Nippur y de Babilonia; una sistematización que fue muy importante durante los períodos acadio y babilonio. El gran número de dioses, que según las relaciones redactadas por los asiriólogos supera ampliamente los dos mil, fue distribuido en listas y grupos, basados en vínculos de parentesco y de afinidad, aunque también clasificados numéricamente según el sistema sexagesimal mesopotámico. Sin embargo, las listas de dioses no siempre son homogéneas ni superponibles, y esta falta de homogeneidad revela un proceso continuo de reelaboración, que incluso da lugar a formas de escisión de figuras divinas en otras «menores» menos complejas, o a formas de asimilación, que transforman los nombres de un cierto número de divinidades, originariamente autónomas y personales, en cualidades, aspectos y epítetos de una única figura divina. Es lo que sucede con la «Tabla de los catorce Marduk», en la que dioses como Nergal, señor de los Infiernos, Samas (Utu en sumerio), dios sol que tenía sus centros de culto en la ciudad sumeria de Larsa y en la acadia de Sippar, En-lil, dios del cielo meteórico con sede en la ciudad santa de Nippur, Ea (En-ki en sumerio), señor de la tierra, y divinidades políades de Eridú, etc., se presentan como cualidades de Marduk, divinidad que procede del panteón babilónico y vinculada a la familia de Hammurabi.
Tríadas cósmicas y tríadas astrales.
Junto a estas formas de ordenación, hallados una organización de los dioses en «tríadas», cuya naturaleza parece ser exclusivamente mitológica, sin relación con el mundo del culto, ya que estas divinidades no parecen gozar del culto ordinario. Pero a la vez tampoco se trata de un reparto de poderes, sino a lo sumo de funciones o, para ser más precisos, de una distribución de la concesión de sentido a las funciones. Desde esta perspectiva, en el vértice del Panteón aparece situada la llamada «tríada cósmica», formada por An, En-lil y En-ki. An es el dios del cielo astral, cuya sede es Uruk y cuyo templo es el E-an-na, la «casa de An». El signo cuneiforme que lo designa y que equivale a «cielo» es idéntico al Determinativo dingir (ilu en acadio; véase supra), con el que se designa la divini dad. Tiene una esposa, An-tu, que es el femenino de An. Aunque está colocado en la cúspide del panteón, An es una figura poco activa tanto mitológicamente como en el plano del culto, hasta el punto de que se configura como un deus otiosus. De él procede el poder real y él garantiza la autoridad; es el fundador de la dinastía divina y padre del rey, En-lil, que es quien propiamente ejerce la autoridad real. En-lil, en su condición de señor del cielo meteórico, se sitúa a medio camino entre el cielo astral, sede de An, y la tierra, sede de los hombres. Su esposa es Nin-lil, femenino de En-lil, su sede era Nippur, la ciudad santa, y su templo era el Ekur, la «casa de la montaña». En-lil ordena y castiga, y de ahí que se le denomine el «Señor de los destinos», porque guarda las «Tablillas de los destinos», los me. Dios severo, suya es la decisión de castigar a los hombres con el diluvio. En cuanto a En-ki, la sede principal de su culto es la antiquísima ciudad de Eridú; lo acompañan figuras femeninas, como Dam-ki-an-na, «señora» o «esposa de la tierra y del cielo», Mah, la «altísima», o Nin-ki, femenino de En-ki, la «señora de la tierra subterránea». Efectivamente, En-ki significa en sumerio «señor de la tierra», entendida como subsuelo, mientras que el acadio é-a designa la «casa de las aguas», que son las aguas dulces que se hallan en las profundidades de la tierra y que brotan para fecundarla y para saciar la sed de hombres y animales. Sobre estas aguas, apsü, ejerce En-ki su dominio, tras haber derrotado gracias a un poderoso sortilegio a Apsü, las aguas dulces subterráneas primordiales, que es el monstruoso esposo de Tiamat, las aguas saladas también primordiales, apoderándose de su morada (Enüma elis, I, 57-71). En su condición de señor de las aguas dulces utilizadas en las ceremonias rituales, En-ki era celebrado como protector de los ritos y de los sacerdotes. Según otras tradiciones míticas, En-ki tuvo un papel decisivo en la formación del universo divino y en la organización del cosmos. Sabio, astuto y hábil, En-ki acompaña y aconseja a En-lil en el ejercicio del poder. Estas tres figuras, An, que desde lo alto del cielo astral garantiza la soberanía de En-lil, quien ejerce su poder sobre el mundo del cielo meteórico, y En-ki, señor de las aguas dulces subterráneas y señor también de la sabiduría y de las técnicas, expresan conjuntamente la realidad cósmica y las formas para controlarla, a la vez que reproducen el esquema político sobre el que se sostenía el mundo mesopotámico. Más tarde, en el período babilónico, En-lil sufrirá un cambio de orientación dirigida hacia el cielo astral, junto a An, y será sustituido por Marduk, para quien la realeza no es ya un derecho dinástico, sino una conquista fruto de la lucha contra Tiamat.

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