En los límites de Mesopotamia
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Ba'al es el «señor», y éste (ba'al) será el título que recibirán las distintas divinidades políades de las ciudades fenicias que bordean la costa del Mediterráneo. Llamado también cadón en fenicio, que significa precisamente «señor», del que derivará la figura mítica de Adonis, consolidada sobre todo en la época helenística, su identidad iba variando de ciudad en ciudad: por ejemplo, como Ugarit tenía su Ba'al local, Esmun era el Ba'al de Sidón, identificado más tarde con Hércules y difundido por toda la cuenca del Mediterráneo, hasta la península Ibérica; en Biblos había más de uno. Junto a estos ba'alim había una ba'alat, «señora», identificada generalmente con Astarté, que asumía muchas de las funciones de la sumeria Inanna y de la aca-dia Istar. Con el paso del tiempo, la ba'alat de Biblos, por efecto de la influencia egipcia, tenderá a ser identificada primero con Hator y después con Isis. La expansión de los fenicios hacia Occidente y la afirmación del poder cartaginés, además de su enfrentamiento con Roma, dieron lugar a reinterpretaciones del panteón fenicio-púnico, por efecto también del fenómeno de la interpretatio graeca y romana, basada a veces en elementos superficiales, que llevaron a interpretar las divinidades fenicias como si fueran divinidades griegas y romanas. Probablemente también es fruto de este proceso interpretativo la Historia fenicia, escrita
en griego por Filón de Biblos en el siglo II d.C., que asegura transmitir una tradición recogida por un sacerdote fenicio llamado Sanchuniaton, que vivió en la época de la guerra de Troya. Una típica costumbre ritual de la religión fenicia de Occidente, sobre todo cartaginesa, que consistía en quemar cuerpos de niños depositados en un santuario al aire libre, conocida como tofet, probablemente fue exagerada por la propaganda romana anticartaginesa, que en este caso, como en otros muchos, adoptó una postura característica del mundo griego y romano frente a los pueblos bárbaros.
Anatolia
La civilización mesopotámica choca por el norte con la cultura indoeuropea, que en el transcurso del n milenio a.C. crea en Anatolia un gran reino, del que no se tenían noticias ciertas hasta comienzos del siglo xx. Antes de la consolidación del estado hitita, entre los siglos XVI y XIII a.C., la región de Anatolia debió de estar sometida a la influencia asiría, teniendo en cuenta la presencia de asentamientos y emporios comerciales, que nos han dejado numerosos documentos escritos en cuneiforme paleoasirio. Cuando los hititas llegan a Anatolia, se encuentran con un contexto étnico ya estabilizado, al que dominan sin destruirlo, sino asimilando sus características y tradiciones y usando sus lenguas. Por lo tanto, el patrimonio religioso hitita se formó a través de la asimilación de distintos componentes étnico-culturales, cuyas huellas evidentes perduraron en el panteón y en el culto, y hasta en el uso de la lengua de Hatti para los rituales destinados a celebrar divinidades hattitas. Es impensable, teniendo en cuenta este panorama heterogéneo, intentar distinguir el aspecto «auténticamente» indoeuropeo de la religión hitita, que se nos revela como el resultado de un compacto proceso transcultural, muy dinámico, en el que acaban conviviendo en el mismo panteón divinidades propiamente hititas, junto con divinidades hattitas, luvitas, hurritas y también mesopotámicas. De ahí que la religión hitita sea el fruto de una síntesis y de una asimilación, que constituye su producto original y que se fue formando progresivamente mediante la adquisición de las divinidades de los pueblos que entraban en contacto con los hititas, siguiendo un modelo que aparecerá de nuevo en la evocatio romana.
No es posible hallar ningún intento anterior al siglo XIII a.C. de ordenación del panteón, en el que en cualquier caso se puede entrever un vínculo estrecho entre su aspecto jerárquico y la ideología de la monarquía que caracteriza al estado hitita. El rey, invocado como «sol», pstá asociado de hecho a la divinidad solar, que parece dominar el mundo divino. Éste presenta una compleja serie de tipologías, relacionadas con fenómenos naturales, pero también con funciones humanas: un «dios tempestad», titular de la lluvia tanto benéfica como destructora; un «dios sol», luminoso, garante de la justicia; un «dios luna», que preside los juramentos; una diosa de múltiples características, afín a la acadia Istar, que gobierna la esfera sexual; una diosa, generalmente denominada Hepat, esposa del «dios tempestad», y un dios de la guerra.
A partir de la segunda mitad del siglo XV a.C., la religión sufre un fuerte proceso de adaptación a los modelos hurritas, probablemente como fruto de la evolución de las relaciones políticas con los vecinos hurritas, que habían contribuido a la constitución del reino de Mitanni. La mayor muestra del proceso de asimilación y de reorganización del panteón está representada por el gran monumento rupestre de Yazi-likaya, cercano a Hattusa, en el que aparecen representadas dos grandes procesiones de divinidades, las masculinas a la izquierda y las femeninas a la derecha, identificada cada una por el cilindro que lleva su propio nombre en jeroglífico y en hurrita. Esta gran síntesis que nos proporcionan los monumentos de Yazilikaya acaba en la exaltación del papel del rey, que aparece detrás de la procesión de las divinidades femeninas, pero que tiene además una segunda representación, en una cámara adyacente al primer monumento, donde está representado abrazando al dios Sarruma, frente a un cortejo compuesto por doce dioses.
El carácter mixto de la religión hitita se deduce también de la fragmentaria tradición mitológica. Probablemente es de influencia mesopotámica la historia de Telepinu, dios de la tempestad y de la vegetación, que abandona airado la tierra y provoca con ello una crisis cósmica, análoga a la que se produce con la muerte de la sumeria Inanna o del ugarítico Ba'al, y parecida también a la que provoca la diosa griega Deméter. Este mito parece tener en común con las otras tradiciones —mesopotámica, ugarítica y griega— la fundación del ciclo de las estaciones; pero sobre todo tiene en común con el ugarítico y con el griego la institución de un rito, que en el caso del mito de Telepinu parece estar circunscrito a las ceremonias destinadas a aplacar a la divinidad para reconstruir el orden cósmico, mientras que el relato ugarítico, junto a la solución cosmológica, introduce la fundación del culto a los muertos, y el griego introduce la perspectiva escatológica para quien participa en los misterios, instituidos por Deméter. Afín por su estructura y valor cosmológico es también el mito egipcio de Osiris, que, sin embargo, se resuelve introduciendo una perspectiva dinástica.
Otro mito narra la lucha del dios tempestad contra el dragón Illuyanka, que significa precisamente «dragón, serpiente», guardián de las aguas subterráneas, que se recitaba durante la fiesta de primavera del purulli, tal vez una gran fiesta de Año Nuevo, como el Enüma elis babilonio. Si bien este relato presenta analogías con el enfrentamiento entre Marduk y Tiamat de la tradición babilónica, no podemos dejar de lado la analogía con el episodio de Ba'al que lucha contra Yam y después contra Mot. Y si Ba'al recibe ayuda de Anat, el dios tempestad hitita la recibe de su hija Inara o, según otra variante, de un hijo engendrado con una mujer mortal. Es el típico motivo de la lucha con el dragón, que, sin embargo, tiene resultados distintos según los contextos en que es adoptado, como en Egipto, donde Osiris es derrotado por Set, identificado por los griegos con Tifón, el último de los monstruosos hijos de Gea, contra el que combate Zeus, ayudado por Hércules y por Kermes. Aunque después ese enfrentamiento, pasando por el Irán prezoroástrico, pueda extenderse a la India védica, donde el dios Indra lleva el epíteto de vrtrahan, el que mata al dragón Vrtra, «que obstruye», y aunque en todos los casos el motivo de la lucha con el dragón tenga consecuencias cósmicas, sin embargo de ningún modo puede atribuirse automáticamente a estas tradiciones un origen u otro. Por otra parte, los desenlaces, en cada uno de los distintos contextos, ofrecen resultados que no se pueden superponer entre sí: el orden cósmico y el control de las aguas en el mito hitita; también el orden cósmico y la habitabilidad de la tierra en el relato indio; de nuevo el orden cósmico acompañado de la conquista de la realeza en el mito
babilonio; el orden cósmico, pero unido a la necesaria relación ritualizada con el mundo de los muertos, en el caso de Ba'al; la sucesión dinástica en el caso del egipcio Osiris; por último, un orden cósmico moderado y controlado por una soberanía de Zeus «limitada» por los otros dioses y confinada en la extemporaneidad del mito de los griegos.
En contacto con todos los pueblos del Mediterráneo, incluido Egipto, con el que tuvieron que enfrentarse en la batalla de Qades, en el Oronte, en 1269 a.C., los hiti-tas, con un imperio que se extendía desde el Mediterráneo hasta el Eufrates, desde el Mar Negro hasta Siria, aparecen como un punto de convergencia, y al mismo tiempo, de irradiación de modelos culturales.