Sacerdotes, imágenes de culto, espacios sagrados
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Aunque es posible que los germanos no tuvieran un cuerpo sacerdotal digno de relieve, sin embargo, existían «especialistas de lo sagrado» cuya esfera de competencias se extendía hasta abarcar incluso la administración de la justicia. Tácito (Germania, 7.2) recordaba que solamente el sacerdote, por orden de la divinidad titular de la batalla, tenía potestad para censurar a quien hubiera sido deshonrado en combate. Imponían silencio en las asambleas antes de que el jefe empezara a hablar.
Para celebrar algunos ritos, tal vez se cubrían con vestiduras especiales que destacaran su función, como ocurría entre los naarvales, asentados probablemente en la Silesia superior, cuyo sacerdote se ponía ropa de mujer para celebrar un antiguo rito en un bosque sagrado (ibid., 43.4). Algunas formas sacerdotales traspasaban las fronteras tribales, como el culto común que se tributaba a la diosa Nerthus (ibid., 40.2-5).
No es improbable que cada tribu tuviese su «experto de lo sagrado», un sacerdos civitatis (ibid., 10.1-2), a quien correspondía la práctica de la adivinación de carácter público, en aquellos lugares donde se practicaban la cleromancia y los auspicios (ibid., 10.2-3; capítulo VII, 4).
Según Tácito (ibid., 10.4-5), es típico de los germanos «obtener respuestas de los presagios y de las admoniciones de los caballos», cuyos relinchos y agitación observaban el sacerdote, el rey o el jefe de la tribu. Teniendo en cuenta que se les reconocía el derecho a interpretar los relinchos de los caballos, debemos concluir que también tenía carácter sagrado el jefe, que en esta tarea ayuda y además sustituye al sacerdote.
Muy entregados, pues, a la práctica adivinatoria, en la que a las mujeres se les reconocía un papel de prestigio, los germanos la conservaron en la tradición medieval, en la que proliferan los adivinos y el propio Odín está relacionado con la adivinación.
Según Tácito (ibid., 9.3), los germanos no tenían imágenes de los dioses, pero la diosa Nerthus, que se halla en lo más profundo del bosque y después es transportada por un carro que en él se guarda, apenas puede diferenciarse de una estatua. Y más tarde se conocerá la costumbre de los francos de transportar la estatua de la diosa Berecynthia.
Tal vez Tácito, al negar la existencia de imágenes sagradas, está generalizando y atribuye a todos los germanos una práctica de culto sin iconos, que sólo es propia de algunas etnias. Pero también es posible que aplique un prejuicio muy extendido de la literatura etnográfica antigua, que afirma que los «bárbaros», e incluso los mismos romanos en la época más antigua de su historia, no conocían imágenes antropomórficas de la divinidad (cf. capítulo IV, 4).
La explicación más sencilla es que Tácito simplemente quisiera dar a entender que los germanos no habían elaborado una iconografía divina que respondiera a los cánones clásicos. Lo mismo cabe decir de la afirmación de Tácito sobre la ausencia de templos. Sin embargo, el propio Tácito (Anales, I, 51.1) menciona el templo de la diosa Tamfana, derribado por las tropas de Germánico. En cualquier caso, utilizaban espacios sagrados, bosques y áreas que servían de lugares de culto. De hecho, la sede de la diosa Nerthus es un bosque sagrado.