El sacrificio - El panteón
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El sacrificio
En los espacios dónde se desarrollaban las ceremonias de culto, el momento culminante lo constituía el sacrificio cruento. Se mataba a la víctima siguiendo un ritual preciso codificado, que reserva a cada divinidad el animal que le corresponde, como el caballo a Odín, el carnero a Thor y el cerdo a Freyr. Las modalidades y características del sacrificio cruento de los germanos son equiparables al modelo griego, que preveía que una parte de la víctima fuese destinada a la divinidad, mientras el resto lo consumían quienes participaban en el rito.
No era rara la práctica del sacrificio humano, cuyas víctimas eran principalmente los prisioneros de guerra o los esclavos, destinados, en fechas establecidas, a Mercurio (Tácito, Germania, 9.1). En el culto de la diosa Nerthus, que se celebraba en una isla del océano, los esclavos encargados de transportar la imagen de la diosa dejaban que se los tragaran las aguas de un lago secreto junto con la estatua.
La muerte y el Más Allá
Según Tácito (Germania, 27.1-2), los funerales de los germanos no eran suntuosos. El único signo distintivo era el uso de un tipo de leña especial para quemar los cuerpos de los hombres ilustres. Algunas veces, no siempre, junto con el difunto quemaban también a su caballo, como le sucedió al corcel de Baldr. Pero es probable que Tácito hable de los germanos occidentales. Entre los germanos del este y los escandinavos, el muerto realizaba su último viaje acompañado de vestidos y objetos preciosos. Entre los erulos, un pueblo escandinavo, en algunos casos la mujer debía inmolarse en la hoguera del marido, como había hecho Nanna, la mujer de Baldr, en el Edda de Snorri.
Aparte de esto, poco sabemos de las concepciones germánicas acerca del destino último del hombre. Sólo la tradición nórdica habla de la suerte que les espera a los héroes «elegidos», caídos en la batalla y transportados por las valquirias al Valhalla, donde pasan el tiempo combatiendo entre sí en espera del ragnarók, el «destino de los dioses», que debe resolverse en la batalla final, en la que Odín, a la cabeza de las fuerzas del «bien», se enfrentará a las fuerzas del «mal», dirigidas por Loki. Una vez aniquilados todos los contendientes, surgirá una nueva tierra verde, repobkda gracias a Lif, «vida», y a Lifthrasir, «lleno de vida». Todo este episodio mítico parece dominado por una fuerza indefinida e incontenible, que dirige las vidas de los propios dioses, «el gran Aseir omnipotente», como lo denominan los documentos medievales, tal vez emparentable con la Moira a quien deben someterse incluso los dioses de Hornero, pero que los germanos de Tácito parece que desconocían.
El panteón
La reconstrucción del panteón germano es posible sobre todo gracias a la extensa mitología nórdica de la época medieval, pero no pueden ignorarse las informaciones proporcionadas por los autores clásicos, aunque estén viciadas por la interpretación romana.
Los primeros problemas están relacionados precisamente con las fuentes clásicas, que presentan a los germanos como una civilización preurbana (Tácito, Germania, 9.1-3). Para César (La guerra de las Calías, VI, 24), su grado de civilización, bastante «primitivo», había permanecido inalterado, mientras que las costumbres de los galos se habían viciado debido a la cercanía de la provincia romana. Como en el caso de los celtas, es inevitable preguntarse si, al menos cuando entraron en contacto con Roma, ya habían elaborado un -» politeísmo orgánico, personal y funcional.
La ausencia de imágenes también contribuye a orientar hacia un politeísmo embrionario, que no cristalizó en un canon iconológico de las divinidades. César (La guerra de las Galias, VI, 21) afirmaba que los galos veneraban como dioses solamente a aquellos que podían ver y de quienes obtenían beneficios evidentes, es decir, el Sol, Vulcano y la Luna.
No es posible saber qué se oculta tras esta tríada, equiparable tal vez al sustrato indoeuropeo y oscurecida probablemente por las exigencias de brevedad de la exposición de César. Sin embargo, en un contexto preurbano como parece haber sido el de los germanos al menos hasta el siglo IV, el culto al sol podría ser la herencia de un antiguo ser supremo celeste, mientras que la luna podría tener cierta relación con el hecho de que su cómputo del tiempo se basaba en los ciclos lunares. En la época medieval todavía está atestiguado un culto al sol y a la luna, cuyas huellas aparecen en los nombres germánicos del domingo y del lunes. Vulcano podría ser incluso una interpretación romana de aquel fuego personificado que en la India védica es Agni.