El culto
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Si los dioses y los héroes ocupaban el espacio del mito, en el que permanecían confinados, el hombre se ocupaba de la realidad histórica, que controlaba a través del acto ritual. Esto permitía conservar el presente y resolver, a fin de mantener la estabilidad, las recurrentes y periódicas crisis que podían amenazar el equilibrio de la comunidad humana. En la época arcaica, las manifestaciones de culto parecen limitarse al sacrificio cruento celebrado en honor de los dioses, que representa una especie de momento institucional destinado al diálogo con ellos, mientras que, por lo general, son poco abundantes los lugares de culto. Al crearse las ciudades, los dioses y los héroes se convierten en conciudadanos y protectores de los hombres, y el culto, en sus distintas manifestaciones, adquiere las características de un instrumento mediante el cual la acción humana se orienta en el presente o queda excluida de él .En este marco, el rito aparecía como una acción perfectamente humana, cuya Cisión era confirmar y edificar la colectividad cívica. Momento fugaz que agotaba su función en el espacio y en el tiempo de su celebración, el rito sancionaba y renovaba las formas de la relación entre dioses y hombres así como sus ámbitos correspondientes, fijados en el tiempo del mito.
El sacrificio
El sacrificio, desenlace obligado de toda acción ritual, que reproducía la acción primordial del titán Prometeo, que dio lugar a la separación entre hombres y dioses, al unir provisionalmente ambos universos, renovaba en último término aquella antigua división. El mundo griego practicaba dos formas de sacrificio; uno destinado a los dioses inferiores, a los héroes y a los difuntos, el enágisma, en el que la víctima, un animal de pelaje oscuro, era quemado completamente; y otro que se celebraba en honor de los dioses olímpicos, la thysía, en el que se quemaba la parte destinada a los dioses, es decir, la grasa y los huesos del animal, que debía tener el pelaje blanco, mientras que la carne de la víctima se distribuía entre los participantes en el banquete sacrificial según su rango, de modo que se reproducían las articulaciones y las jerarquías sociales.
El ciclo festivo
En las ciudades, la celebración de los cultos se inscribía en un calendario festivo, que permitía ejercer un control sobre el tiempo, canalizado así dentro de la dimensión del orden. Las distintas manifestaciones del culto tenían una función para cada uno de los ámbitos de la existencia humana y expresaban sus orientaciones. De ahí que, además del culto olímpico, caracterizado por la thysía y cuyo objetivo era la organización inmutable del cosmos, existían los misterios. Asimismo, la agonística, donde aparecen las huellas más visibles de posibles ritos iniciáticos antiguos, pertenecía al conjunto general de los cultos y muchas fiestas se caracterizaban por las competiciones. Algunas de esas competiciones, vinculadas al culto de divinidades específicas como Zeus, en el caso de los juegos olímpicos, o Poseidón, en los juegos ístmicos, adoptaron un carácter panhelénico, de modo que durante su celebración se imponía una «tregua santa» en todas las ciudades griegas. En estos juegos, además de a la divinidad, se honraba también a un héroe, que muchas veces era el fundador de las competiciones y servía de modelo al vencedor. También las representaciones trágicas, expresión característica de la ciudad de Atenas de notoria índole competitiva, formaban parte del conjunto de cultos, ya que estaban incluidas en el ciclo festivo dedicado a Dionisio.
Los oráculos
Una forma de culto típicamente griega la representan, por último, los oráculos, que, como todas las otras formas de adivinación, estaban también bajo la tutela de Apolo. Los oráculos, al igual que toda la adivinación griega, tenían la función de indicar cuáles eran las vías y las formas necesarias para reconducir dentro de la «norma» episodios críticos limitados y reducidos, que escapaban a los modelos normativos habituales. De ahí que estos cultos tuvieran un carácter generalmente local, aunque a veces su fama se extendió más allá de los límites territoriales. El oráculo más famoso era el de Apolo en Delfos, pero también gozaba de gran fama el de Zeus en Dodona, y a muchos héroes también se les rendía culto por medio de oráculos. La misma función general orientadora que poseía la adivinación, limitada a situaciones concretas de crisis, tenía la iatromántica, cuyo modelo por excelencia era el oráculo de incubatio de Asclepio, en Epidauro. La enfermedad, como cualquier otra circunstancia crítica, se interpretaba como una alteración del orden cósmico, producida por una transgresión del sistema normativo tradicional, Que hacía que el hombre perdiera su natural condición de pureza. El oráculo se convertía entonces en un instrumento que, mediante una purificación preliminar, restituía consultante a su condición originaria, abriendo el espacio humano a la intervención de la divinidad.