La dieta del Dr. Dukan

 

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El panteón: de la épica homérica a la polis

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El mundo micénico constituye la base sobre la que los griegos construyen su universo mitológico; representa el pasado sobre el que Grecia funda su propio presente. El panteón, heredado también de la anterior civilización micénica, aparece articulado en un politeísmo funcional, orgánico y personal, basado en un esquema generacional. Los documentos más antiguos son la Ilíada, la Odisea y la Teogonia de Hesíodo.
Los dioses, que no eran más que simples nombres en la anterior época micénica, cuando aparecen en los poemas homéricos son ya formas perfectas. Antropomórficos y diferenciados, se manifiestan con figura de persona, asumen funciones concretas y ocupan ámbitos de acción delimitados. Ya en la Ilíada (XV, 189-193) se establece un reparto del cosmos entre Zeus, que domina el cielo, Hades, los infiernos, y Poseidón, el mar. De este modo los dioses contribuyen a dar forma al universo y a estructurarlo. El núcleo estable de este panteón está formado generalmente por Zeus, Hera, Poseidón, Artemisa, Apolo, Atenea y Kermes, a los que se añaden Deméter, Ares, Afrodita, Hefesto y Hestia, cuya importancia varía según las ciudades. Estas divinidades, de acuerdo con el relato mitológico que nos ofrece Hesíodo, no gozan de la cualidad de ser eternas, sino que nacen de otras figuras, de modo que el mundo divino, al desarrollarse por vía generacional, aparece modelado sobre la existencia humana. El relato mitológico sitúa en el principio a Gea, la tierra, Caos, el vacío indefinible, Eros, que es el principio mismo de la generación, y Tártaro, que es un lugar, el punto más profundo de los infiernos, adonde irán a parar las sombras y posteriormente las almas de quienes han cometido espantosos delitos. Gea crea todo el universo —los mares, los montes, los ríos—, y de su unión con Urano, el cielo, uno de los hijos que ella misma ha engendrado, sale la primera generación divina, constituida por los titanes. El más joven de los titanes, Cronos, castra a su padre Urano y asume su poder. De la unión con su hermana Rea nacen los dioses de la segunda generación: Hestia, Deméter, Hera, Hades, Poseidón y Zeus. Ante el temor de que le arrebaten el poder, Cronos devora a sus hijos, con la excepción de Zeus que es salvado por Rea. Este último consigue finalmente destronar a su padre tras una larga lucha y procede a organizar definitivamente el cosmos mediante una serie de uniones, de las que nacen otras figuras divinas que prolongan la acción de Zeus en el mundo. Son los dioses de la tercera generación, como Artemisa y Apolo, hijos de Zeus y de Latona, una divinidad titánica de la primera generación. Este modelo generacional va acompañado por supuesto de un esquema de tipo dinástico, que probablemente remite a los antecedentes micénicos y a la estructura peculiar de las familias nobles de la época arcaica, basadas precisamente en la descendencia dinástica. No obstante, es muy probable que también sea debido a la influencia del área de Oriente Próximo, con la que la propia Grecia y anteriormente los micénicos y la Creta minoica tuvieron intercambios constantes. Al mismo tiempo, sin embargo, ese mismo esquema se opone a la organización democrática que adoptarán las ciudades griegas, y especialmente Atenas, a partir de finales del siglo VI a.C. y sobre todo en el siglo V.
En este universo, donde no existen indicios de una antropogonía, excepto en alguna tradición local, domina Zeus, el «padre de los dioses y de los hombres», garante del orden y de la justicia, cuyo nombre revela su remoto origen indoeuropeo. Conserva quizá la representación del papel uránico en el poder que ejerce sobre los rayos y sobre el tiempo meteorológico, igual que conserva de la herencia indoeuropea el papel de dios de la 1.a función (capítulo IV, 3). En el espacio controlado por Zeus actúan los otros dioses dentro de los límites de sus respectivos ámbitos de competencia, aunque a veces sus actuaciones traspasan esos límites y se interfieren eficazmente. Así Hera, hermana y esposa de Zeus, que representa el papel de la mujer, tiene a su lado a Deméter, que encarna a la madre, pero que al mismo tiempo es la diosa de quien los hombres han aprendido el cultivo de los cereales. A ellas deben unirse Afrodita, que ya en la Ilíada es la diosa del amor y de la seducción erótica, y Artemisa, que cubre el espacio femenino hasta que éste adquiere conciencia de su propia sexualidad. Diosa virgen por excelencia, Artemisa es la destinataria de las ofrendas de las muchachas, cuando salen de la adolescencia, y de las jóvenes desposadas antes de penetrar en la casa del marido. Por último está Atenea, que se ocupa de proteger las actividades propias del mundo femenino, como el tejido y la elaboración del pan. Apolo, por su parte, ocupa el espacio masculino al que pertenecen los jóvenes hasta que llegan a la edad adulta y tienen que integrarse en la sociedad. Pero Apolo es también el dios protector de la poesía y de la  adivinación, que constituyen los dos polos fundamentales de la civilización griega: la poesía es el medio de transmisión del patrimonio mitológico y la adivinación guía al hombre griego a la hora de decidir las acciones que debe llevar a cabo, sobre todo en los momentos de crisis, tanto individuales como colectivas. Directamente relacionada con la adivinación está la iátrica (arte de la curación); el dios, en su condición de sanador, reintegra en el orden al hombre, eliminando la enfermedad, producto de alguna transgresión humana contra el propio orden cósmico. Pero Apolo no es el único que ejerce la adivinación. Así como en todos los acontecimientos socialmente importantes se puede reconocer la presencia conjunta de varias divinidades, así también en el campo de la adivinación junto al oráculo de Apolo en Delfos se encuentra el de Zeus en Dodona, y también el de Deméter en Patrás, en Acaya, de carácter claramente iátrico. Tampoco las manifestaciones de la tecnología arte-sanal y especialmente las actividades fabriles permanecían bajo la única protección de Hefesto, divinidad marcadamente sectorial, cuya marginalidad estaba subrayada por una ostentosa cojera, sino que disponían también de la protección de Atenea, diosa guerrera de astuta inteligencia, hija de Zeus. Cierran este panorama dos figuras divinas, que actúan en sectores prohibidos a los otros dioses: Kermes, hijo de Zeus y de la ninfa Maya, y Dioniso, hijo también de Zeus y de la mortal Sémele. Kermes es el dios de la transgresión, que rompe los tabúes, el mensajero de los dioses, en continuo movimiento entre el cielo, la tierra y los infiernos. Dioniso, también relacionado con la transgresión, es el dios de la transformación, del que dependen los intercambios culturales y sociales. Disfrutaba de un culto extático y encarnaba la máscara que llevaban los actores en las representaciones teatrales, que formaban parte de las actividades festivas celebradas en su honor.
Posteriormente, al consolidarse las ciudades, los dioses también penetran en el espacio urbano y establecen su morada en los templos; se convierten en conciudadanos de los hombres, comparten su destino y junto con ellos contribuyen a mantener el equilibrio de la propia ciudad.

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