La dieta del Dr. Dukan

 

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La religión de la ciudad

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Cuando las ciudades se consolidan, se van aboliendo de forma progresiva los privilegios de la aristocracia, y la noción de ciudadano prácticamente prevalece sobre la identidad común étnica y cultural, dispuesta a resurgir no obstante en los momentos de conflicto con el mundo de los bárbaros representado por Persia. Se crea entonces un nuevo vínculo con el territorio que supera el vínculo familiar.

El mundo de los dioses y de los héroes también sufre un cambio en sentido cívico y político. Los dioses son introducidos en la ciudad y se integran en ella, compartiendo el espacio urbano con los otros ciudadanos. La compleja unidad del panteón reproducía la unicidad del espacio urbano, dando respuesta a la necesidad de unidad de la sociedad. La dimensión del individuo coincidía así con la de la ciudad, en la que reconocía la única fuente capaz de responder a sus necesidades.

Al mismo tiempo, las divisiones y articulaciones de la ciudad, y sus propias jerarquías, tenían su reflejo en la especialización y jerarquización de los poderes del mundo divino, de los que obtenían su legitimación. Cada divinidad actuaba en un ámbito de competencia concreto, donde hallaba su propio límite y donde cada una constituía el límite para las actuaciones de los otros dioses. De ahí que ninguna situación o circunstancia socialmente importante se dejara en manos de una sola divinidad.

Si bien la celebración de los cultos contribuía a consolidar la unidad del cuerpo social, la ciudad, una vez que los dioses se integraron en el tejido cívico, aparecía como la única mediadora entre el mundo divino y el humano. La celebración periódica del culto y de las fiestas, el propio calendario e incluso la ortodoxia de los relatos míticos quedaban sometidos al control de la ciudad, que ejercía su poder a través de los magistrados.

Cada ciudad disfrutaba de su propia autonomía religiosa y política, que defendía celosamente; tenía calendario y fiestas propias, su propia divinidad tutelar y sus propios cultos. No obstante, los nombres de las fiestas a menudo coincidían, los dioses eran siempre los mismos y cada ciudad enviaba su delegación para asistir a las manifestaciones religiosas más importantes de las otras ciudades.

De este modo, se conservaba el carácter étnico originario de la religión griega, que, a pesar de la autonomía religiosa de los distintos centros urbanos, se iba orientando cada vez más en sentido cívico. Los magistrados se encargaban de la organización de las fiestas periódicas y de la celebración de los cultos, cuya presidencia ostentaban. El complejo y articulado sistema de cultos se convertía así en un instrumento para consolidar la unidad cívica de los ciudadanos, de la que era expresión, de modo que todas las celebraciones adquirían carácter público.

Los ritos tendían a perder la autonomía de la que tal vez habían disfrutado originariamente en algunos cultos aristocráticos, del mismo modo que eran probablemente autónomos los concursos de tragedias y los misterios en Atenas, donde el teatro se transformó hasta adquirir la función de renovar y confirmar la identidad cívica de los ciudadanos.

Se confinaban al espacio escénico las crisis introducidas de forma temporal y periódica en el corazón de la ciudad mediante la representación de los dramas de las familias heroicas, irrepetibles en el presente y relegados al pasado mítico. Frente a esos episodios de transgresión y de muerte, quedaba realzado el orden del espacio cívico, en el que el ciudadano hallaba respuesta a sus necesidades.

Teniendo en cuenta estas circunstancias, se comprende que la función sacerdotal no fuera nunca, o prácticamente nunca, una opción personal, sino un cargo público. El sacerdote es, por lo general, un funcionario del estado elegido y nombrado por los ciudadanos. Se presenta como el garante de las relaciones entre la comunidad humana y el mundo de los dioses; aunque también preside los sacrificios públicos, no es su ejecutor material.

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