Los héroes
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Los héroes son una categoría de seres de origen a veces semidivino y a veces humano, que gozan de un estatuto propio en el politeísmo griego. Ocupan un lugar intermedio entre los hombres y los dioses, con los que mantienen una comunicación constante. Aunque pueden ser asimilados a la tipología de los héroes culturales, que a menudo cumplen la función de fundar instituciones y formas de vida material y cultural, sin embargo, los héroes griegos, dada su morfología específica, no pueden reducirse a esta única categoría his-tórico-religiosa. Además, la gran cantidad de relatos míticos que a ellos se refieren, superior a los mitos que protagonizan los dioses, dificulta cualquier intento de reconstrucción del panorama heroico.
Según Hesíodo (Los trabajos y los días, 156-160), los héroes eran semidioses, que sucedieron a las tres estirpes, de oro, de plata y de bronce, y eran anteriores a la aparición sobre la tierra de los hombres, con los que no tenían ninguna relación de parentesco. Para Píndaro (Olímpica, I, 1-2), los héroes simplemente se situaban entre los dioses y los hombres. Platón (Cratilo, 397 C-399 C), por su parte, los situaba tras los dioses y los demonios e inmediatamente antes de los hombres.
A diferencia de los dioses, que son inmortales y nunca alcanzan la vejez, los héroes están destinados a morir y, como mortales que son, adoptan muchas veces la función de antepasado mítico (-»Seres sobrehumanos), convirtiéndose en fundadores de muchas familias nobles de la época arcaica, que conservan todavía en la época clásica funciones religiosas en virtud del acto de fundación realizado en el pasado mítico por el héroe del que descienden. Aunque podían asumir funciones análogas a las de los dioses, como formular oráculos, realizar curaciones o instituir cultos o costumbres rituales, los héroes se caracterizaban y distinguían de los dioses precisamente por su relación con la muerte.
De modo que el culto que se les rendía era de tipo culto funerario, sobre la tumba que albergaba su cuerpo. Por otra parte, se puede distinguir una posible permuta de funciones entre dioses y héroes, especialmente en el caso de cultos locales. Pero muy raramente un héroe es transformado en dios, a excepción de Hércules, que como modelo de héroe por excelencia acaba su existencia terrenal subiendo al Olimpo, transformado en un dios y celebrado por Píndaro (Nemea, III, 22) como «héroe dios». A lo sumo podían gozar del privilegio de ser transportados a las Islas de los Bienaventurados, donde les esperaba una nueva vida en una especie de lugar paradisíaco (Hesíodo, Los trabajos y los días, 166-173).
El marco de las acciones heroicas es generalmente la Grecia arcaica, que pertenece a la historia de la civilización micénica. La cronografía elaborada por los griegos situaba la edad heroica entre los siglos XVI y XIII a.C., cuando floreció la civilización micénica, y la arqueología ha revelado que en torno al siglo VIII las tumbas del período micénico se habían convertido en lugares de culto a los héroes. Para los griegos, aquél era el «tiempo de los héroes», el pasado mítico anterior al tiempo presente, en el que la vida actual había recibido su fundamento, su orden y su estabilidad. Divididas en ciclos narrativos, como el argonáutico, el tebano y el troyano, las hazañas heroicas parece que distribuían a los propios héroes en dos grandes generaciones: por una parte, «los hombres héroes, que perecieron en épocas anteriores» (Hornero, Odisea, XI, 628-631), como Teseo, Jasón y Hércules, y por la otra, los héroes del ciclo troyano.
Los de la «primera generación» se configuran sobre todo como jóvenes en busca de una función y de una esposa. En este aspecto parece que representan simbólicamente el paso de los jóvenes varones a la edad adulta, que en el plano ritual está representado por las numerosas competiciones que tanto abundaban en Grecia. Por otra parte, es precisamente en la agonística donde hallamos las huellas más evidentes de posibles antiguos ritos iniciáticos. Relacionado con la muerte y con la agonística, el héroe parece que también participa en los ritos de transformación de los jóvenes en adultos, en los que juega un papel decisivo la muerte simbólica del que se inicia.
No se agota en esto la compleja morfología heroica, que está además fuertemente enraizada en la tradición de las familias aristocráticas griegas, en evidente contradicción con el carácter democrático que adoptaron las ciudades. Sin embargo, el héroe también es introducido en la ciudad y su tumba se coloca en el centro, cerca del ágora, mientras toda la ciudad espera que le conceda su protección. No obstante, las historias de héroes como Teseo, Hércules o Edipo demuestran que esta figura difícilmente puede encajar en la democracia igualitaria de la ciudad, aunque sigue cumpliendo en ella una función.