La dieta del Dr. Dukan

 

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Los misterios

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Los misterios (mystériá), designados frecuentemente con el término télete, que significa «la conclusión», aunque comúnmente traducido ahora como «iniciación», no constituían una categoría distinta de los otros cultos practicados en las ciudades, ni se oponían o competían con el culto olímpico.

Se trataba de un conjunto de ceremonias y de ritos que formaban parte del propio sistema de culto, se incluían en el ciclo festivo y tenían como destinatarios las divinidades del panteón, que en Atenas eran Deméter y Coré: la «madre» y la «hija», pero también la diosa, que había entregado a los hombres los cereales y los misterios, y la Señora de los Infiernos. Los actos rituales no diferían de los cultos olímpicos y también incluían competiciones.

Lo que distinguía a los misterios del culto olímpico era sobre todo la finalidad y la atención al destino del hombre. Aunque es posible que estos cultos hubieran tenido en un principio un carácter iniciático de tipo aristocrático, hasta el punto de que en Eleusis el cuerpo sacerdotal procedía de las antiguas familias de los Eumólpidas y de los Céricos, cuando se convierten en un culto público de las ciudades parecen destinados a integrar al hombre en la realidad cultural cívica, liberándolo de la condición natural de ser engendrado por una familia para introducirlo en la dimensión política. Este proceso de integración cultural afectaba también al destino ultramundano del hombre, al que se le prometía una situación privilegiada en el Más Allá si participaba en los sagrados ritos.

Había numerosos cultos mistéricos distribuidos por toda Grecia. Eran famosos los de los Grandes Dioses en Samotracia, los de Dioniso en Tenedos, los de las Grandes Diosas en Andania y en Megalópolis, y los de Hera en Argos. Pero el modelo por excelencia eran los misterios en honor de Deméter y Coré celebrados en Eleusis, una pequeña ciudad a pocos kilómetros de Atenas, adonde cada año, en el mes de boedromión, a comienzos de otoño, los ciudadanos atenienses se dirigían en procesión solemne.

Se trataba de una fiesta propia del calendario festivo ateniense y sometida a la jurisdicción del arconte rey, y su carácter panhelénico exigía la suspensión de cualquier tipo de actividad bélica en toda Grecia. Todo el pueblo estaba invitado a participar y a someterse a la iniciación, con la obligación de guardar el secreto acerca del contenido de las ceremonias en las que había participado. Este secreto era proclamado por el mito de fundación narrado en el Himno homérico a Deméter, pero resulta difícil establecer en qué consistía, y quizá no había nada que fuera objetivamente revelable.

Cualquiera que fuese la naturaleza de este secreto, actuaba como una fuerza centrípeta de unión que comprometía a los ciudadanos y renovaba su unidad e identidad. Pero cuando la trayectoria política ateniense inició su declive, los misterios acentuaron su perspectiva escatológica, que se apuntaba ya en el mito de fundación, donde se proclamaba la «beatitud» de cuantos hubieran asistido a los sagrados ritos, se orientaron en dirección ultramundana y se fueron transformando cada vez más en un culto universalista desvinculado de la historia de Atenas.

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