La dieta del Dr. Dukan

 

Oraciones Temas

La sobre valoración del mito

linea

Mientras que en Roma dominaba el formalismo ritual, en la antigua Grecia dominaba el relato mítico, la «palabra creadora y fundadora», que acompañó y guió todo el desarrollo histórico de su cultura y cuyos depositarios por inspiración divina eran los poetas. Utilizado en nuestro vocabulario para designar un «relato fantástico» y adoptado convencionalmente por la historia de las religiones para indicar manifestaciones parecidas de pueblos de tradición tanto oral como escrita, el mythos en la época arcaica no era más que el «relato».

Transmitido oralmente, como relato tradicional, para ser mito necesitaba obtener el reconocimiento colectivo, que en cierto modo establecía su ortodoxia. Antes de adoptar su forma definitiva a través de la escritura, los poemas homéricos también fueron confiados a la transmisión oral y, si bien los poetas eran los especialistas a los que correspondía el deber de recitarlo, el lenguaje del mito era la poesía.

El mito debía ser relatado con sabiduría, poniendo musicalidad en las palabras, como decía Alci-no, el rey de los feacios, en la Odisea (XI, 367-368). Considerado como historia, el mito fundaba y legitimaba el presente de los griegos, y junto con el desarrollo de las artes plásticas contribuyó al proceso de antropomorfización de los dioses. A pesar de las distintas variantes y de la cristalización a que lo sometió posteriormente la escritura, el relato mítico era un elemento fundamental de cohesión cultural y religiosa en unas ciudades políticamente fragmentadas.

Los auténticos protagonistas del mito eran las «acciones», las de los seres primordiales, como Gea y Urano, y de los dioses, que daban forma al mundo; las acciones de los héroes, que establecían las coordenadas políticas, culturales e ideológicas del universo humano. No obstante, eran sucesos acaecidos y «acciones» realizadas en un pasado lejano e irrepetible, en el que podían suceder hechos horrendos y sanguinarios.

Pero precisamente su carácter de irrepetibles era una garantía de conservación del orden presente. Relegadas a un pasado mítico, el «tiempo de antes», que es el tiempo del mito, al que se transfirieron todas las culpas, esas historias contribuyeron a la formación de la realidad, consolidándola y haciéndola inmutable.

Esta mitología variada y compleja, a menudo contradictoria, nunca fue unificada en un texto oficial ni tampoco fue condicionada por ninguna ortodoxia. A lo sumo, cuando se consolidaron las ciudades, fue adaptada para satisfacer las opciones ideológicas y políticas, mientras que en la época arcaica había sido el fundamento de la sociedad aristocrática. De este modo, en el momento en que las democracias hicieron su aparición en Grecia, el mito se convirtió en el instrumento para exorcizar el fantasma de la tiranía, enraizada en las aristocracias, y para alejar precisamente los modelos heroicos que proponía.

Esta nueva actitud iba acompañada de una revisión del relato mítico, cuya actualidad era objeto de discusión. Fueron los filósofos físicos de Jonia los primeros que introdujeron una reinterpretación en clave naturalista de la tradición mítica. Otros discutían el antropomorfismo de los dioses. No se renegaba de la mitología, sino que se sentía la necesidad de repensarla y reinterpretarla, sin discutir su función, porque en su forma tradicional ya no parecía ser un elemento de orientación eficaz.

Con el declive de la ciudad la crítica se volvió más radical y se llegó incluso a afirmar el carácter de pretexto de los relatos míticos, que habían tenido la función de liberar a los hombres de la brutalidad de una existencia ferina, y a negar la existencia misma de los dioses, creados por la astucia de un hombre sabio. Finalmente, con Platón se negó el papel pedagógico del mito y de la poesía, desterrados junto con los poetas, porque limitaban la capacidad de pensar del hombre y podían inducir a los jóvenes a cometer el mal.

Volver al índice de Historia de las Religiones