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Culto y sacerdocio

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Heródoto (I, 132), al describir las prácticas de culto y sacrificiales de los persas, afirma también que no utilizan altares, ni fuegos, ni libaciones ni tampoco granos de cebada. La ofrenda nunca tiene carácter individual, sino que es en beneficio de todos los persas y del rey.

Aunque no puede afirmarse con seguridad que en el antiguo Irán el sacrificio expresara una dimensión cosmológica análoga a la del sacrificio indio, no obstante era obligatoria la presencia de un Mago que recita una «teogonia». Pero es posible que la información que nos transmite Heródoto se refiera a una práctica propia de un nuevo sistema religioso, basado en un sustrato anterior, puesto que Zaratustra afirmaba ser un sacerdote, un zaotar (antiguo indio, hotar).

Asimismo, las formas de culto, los ritos y las características del sacerdocio deben reconstruirse a través de la comparación con la India védica y a través del tamiz del zoroastrismo, que revela una polémica oposición frente a una sociedad guerrera y aristocrática. Por lo tanto, no es improbable que la ofrenda sacrificial en beneficio de todos los persas y del rey, de la que nos informa Heródoto, tuviese alguna forma ritual circunscrita a la esfera individual y destinada a aumentar los poderes.

Aunque las características de este sacerdocio siguen siendo oscuras, tal vez tenía una configuración análoga a la del sacerdocio germánico, o incluso a la del druidismo, puesto que antes de Zaratustra la sociedad estaba fragmentada en «comunidades de hombres». Por último, no es probable que en la fase protoindoirania el laotar respondiera a una morfología de tipo chamánico, como puede sospecharse en el caso de los asavan.

Gozaban de un culto específico el fuego y el agua, que recibían ofrendas incruentas, propias de un culto privado. Éstas también estaban incluidas en el yasna, «sacrificio», donde la ofrenda principal era la del y donde se practicaba la muerte ritual de un animal. El fuego, con su complejo simbolismo, tenía un papel fundamental en la visión cosmológica y ritual irania. Era el origen de la existencia del hombre y de los animales; era el testimonio de la acción sacrificial en el yasna y su elemento indispensable; era la expresión simbólica terrenal del sol y de la fuerza vital inagotable que se renueva incesantemente.

Había cinco fuegos naturales, atestiguados en el Avesta (capítulo X, 2) y que pueden atribuirse a la fase anterior a la reforma zoroás-trica: Berezisavab, reservado a Ahura Mazda en el zoroastrismo, pero que probablemente era propio de los seres divinos en el antiguo Irán; Vohufryana, propio de los cuerpos de los hombres y de los animales; Urvazista, que reside en las plantas; Vazista, de las nubes; Spenista, que tiene su sede en la tierra y que es útil para las actividades de los hombres. Además de éstos, había tres fuegos rituales, reservados a los sacerdotes, a los guerreros y a los agricultores y ganaderos.

Si damos crédito a las palabras de Heródoto (I, 131.2), las ceremonias de culto se celebraban en las cumbres de los montes, al aire libre, del mismo modo que se exponían al aire libre los cadáveres, en las llamadas «torres del silencio», y no se recogían ni enterraban los huesos hasta que estaban completamente descarnados. Evidentemente, las costumbres funerarias del antiguo Irán siguieron una trayectoria distinta a las de la India, donde evolucionaron hacia la cremación.

Pero no se excluye que en la época prezoroástrica se practicara la inhumación. En cualquier caso, la reconstrucción de un sistema religioso iranio anterior a la consolidación del zoroastrismo nos revela un conjunto cultural sometido a fuertes impulsos, dinámico y fluido, que todavía no había alcanzado ni elaborado una estructura sistemática.

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