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La ideología tripartita de los indoeuropeos

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La cultura indoeuropea es más un postulado, que los estudiosos se han propuesto demostrar, que una realidad histórica concreta, de la que prácticamente no tenemos ningún testimonio arqueológico. Su reconstrucción parte de la hipótesis plausible de que un determinado número de lenguas europeas y asiáticas proceden de un tronco común, ya que existe entre ellas un parentesco evidente.

Mediante la comparación lingüística y basándose en el principio de que todas las culturas tienden a organizarse en sistemas, se ha reconstruido la ideología tripartita o tripartición funcional o, más simplemente, el trifuncionalismo de los indoeuropeos como antecedente ideológico y sistémico en el que habrían confluido y se habrían organizado los distintos elementos constitutivos del conjunto de la cultura europea.

Los pueblos indoeuropeos, sin estar necesariamente divididos en clases o castas definidas rígidamente, habrían articulado su sistema social sobre la base de tres funciones. La 1.a función gobierna el patrimonio mítico y ritual, es decir, el espacio que de forma genérica puede considerarse religioso, ocupado por los especialistas de lo «sagrado»; administra la justicia y se expresa en el ejercicio del poder. En esa función se concentran, por tanto, las dimensiones de la sacralidad y de la soberanía.

Pero si los indoeuropeos, antes de su expansión, no habían alcanzado aún, como es probable, el nivel de una civilización «superior» ni las formas evolucionadas de los asentamientos, como los germanos descritos por Tácito, la 1.a función debería entenderse, al menos originariamente, en el sentido antropológico de una chefferie o chieftainship. Esto implica la idea de una autoridad política, tanto de carácter electivo como hereditario y, por tanto, dinástico, con privilegios económicos y ceremoniales, y dotada de un profundo significado sacro, pero no definida aún en las formas de la realeza y de la soberanía, a las que estos pueblos no llegarían hasta las fases más recientes de su historia.

La 2.a función se expresa en la actividad bélica o, de forma más genérica, guerrera, a la que correspondía la defensa del grupo, pero sobre la que pesaba asimismo la responsabilidad de sostenerlo en sus momentos de expansión. En esa actividad participaban sobre todo los jóvenes que accedían a ella a través de pruebas y probablemente también de ritos iniciáticos. Podemos encontrar huellas de un esquema iniciático en el comitatus de los antiguos germanos (Tácito, Germania, 13-14) y entre los galos (César, La guerra de las Galias, VI, 18), pero es posible que la agonística griega también pueda ser interpretada en estos términos.

Finalmente, la 3.a función abarcaba todas las actividades económicas y productivas, en el sentido amplio de todo aquello que permite un continuo desarrollo de la existencia, incluidos también los conocimientos médicos, que garantizan la integridad física, indispensables para el mantenimiento del grupo. De ahí que esta función fuera la base de las dos anteriores, que de este modo podían ejercer sus prerrogativas. Esta función, que se irá articulando y especializando, alcanzará una expansión imparable.

Según esta estructura tripartita, los indoeuropeos habrían configurado su panteón, que aparece organizado en tríadas funcionales, donde se concentran las figuras divinas, formas del universo ideológico y legitimación de esa misma estructura. Excepto en la segunda función, generalmente gobernada por un solo dios —aunque no en Irán, donde se encuentra Vayu y verethraghna, y quizá tampoco en Grecia, donde junto a la pálida figura del dios de la guerra Ares destaca también Hércules—, cada elemento de estas tríadas aparece articulado en parejas.

Esta tripartición, que tal vez puede hallarse también en ámbitos no indoeuropeos, no debía ser una estructura rígidamente sectorial, sin comunicación entre sus elementos constitutivos. Al contrario, teniendo en cuenta el propio dinamismo de estas sociedades, las tres funciones debían ser interactivas.

Aunque la ideología tripartita era el núcleo en torno al cual los indoeuropeos habían construido su propia civilización y su propio universo religioso, dando sentido y forma al mundo, sin embargo, cada pueblo indoeuropeo reelaboró después este posible modelo según sus propias necesidades, creando cada uno su propio sistema cultural en el que reflejarse.

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