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La «revolución» neolítica en el área mediterránea

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Es absolutamente imposible recorrer el itinerario intelectual y cultural que condujo al hombre a separarse de la naturaleza, elaborando tecnologías y formas de pensamiento, en el transcurso de los largos y numerosos milenios del paleolítico, durante los que fue un recolector de alimentos y un cazador.

Tampoco es posible reconstruir su comportamiento religioso; sólo tenemos un somero conocimiento de la existencia de prácticas funerarias o de elementos que, por su carácter repetitivo, permiten pensar en actos rituales. La aparición del dibujo, con sus signos estereotipados, nos permite a lo sumo pensar en un lenguaje simbólico. En cuanto al período del neolítico, las dificultades son similares.

Sin embargo, el carácter estructurado de los grupos humanos, deducible de los restos de los asentamientos, la presencia de objetos manufacturados cada vez más complejos, la domesticación del ambiente, tanto de animales como de plantas gracias a las primeras formas rudimentarias de riego, permiten hacer una interpretación más articulada y menos vaga del horizonte cultural y, por lo tanto, de las manifestaciones religiosas de este período.

El desarrollo de la agricultura y la cría de ganado son probablemente el origen de la formación de asentamientos estables, que con el tiempo se convertirán en auténticas estructuras urbanas. Estos conjuntos sedentarios, que parecen interrumpir bruscamente el nomadismo de las anteriores formas de vida, son el producto más macroscópico de ese fenómeno conocido como «revolución» neolítica. El hombre se convierte en productor de alimento, gracias a la cría de animales, que comienza en el x milenio con las ovejas, y al cultivo de algunos cereales y hortalizas.

La aparición de formas de vida neolítica no presenta una distribución cronológica homogénea en toda el área del Mediterráneo. Podemos establecer que en el VIII milenio a.C. aparecen las primeras manifestaciones en Oriente Próximo, especialmente en Anatolia, donde ya en el VI milenio se extiende el uso del cobre; en cambio, la aparición es relativamente más tardía en el Mediterráneo occidental y en Europa.

El nacimiento de este tipo de vida asociada, que permite la producción continuada de alimento y su almacenamiento, favorece la realización de actividades que ya no son la búsqueda incesante de alimentos, y exige inevitablemente formas de colaboración. De ello deriva la progresiva elaboración de tecnologías y de especializaciones indispensables para sostener y satisfacer las necesidades de una sociedad, que se va haciendo cada vez más compleja y articulada.

La historia de estas comunidades protourbanas —cuya evolución, debida a múltiples factores entre los que cabe destacar los intercambios culturales, dará lugar a las grandes civilizaciones del Mediterráneo oriental— sólo se puede reconstruir mediante documentos arqueológicos.

No obstante, es imposible reconstruir la vida intelectual y espiritual de los hombres de esa época, puesto que el uso de la escritura no se consolida al menos hasta el IV milenio a.C. El desarrollo de las formas de urbanización del territorio contribuirá a la evolución de la escritura, y ésta a su vez, al favorecer los procesos de abstracción, contribuirá a la organización y a la estructuración de sistemas sociales complejos.

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