La dieta del Dr. Dukan

 

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Los prolegómenos de la historia: límites geográficos y cronológicos

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Las religiones del mundo antiguo constituyen un bloque bastante compacto y homogéneo, limitado cronológica y geográficamente, aunque presentan muchas diferencias, que han permitido que cada civilización expresara su propia especificidad cultural. Todas ellas se configuran como religiones étnicas, de modo que la pertenencia por nacimiento a un determinado contexto étnico condicionaba la participación en la vida religiosa, y ésta constituía en sí misma una garantía de la identidad cultural.

La conciencia de esa identidad, no siempre expresa, conducía a la celebración de cultos comunes que se rendían a la misma divinidad. Y la presencia del politeísmo, en el que los dioses están organizados en un sistema, constituye el segundo elemento caracterizador y común a todas las religiones del mundo antiguo. Además, ninguna de ellas tiene aspiraciones universalistas, que marcarán en cambio la orientación religiosa propia de la época imperial romana, ni se presenta como «religión del libro», en que están contenidas «verdades reveladas» como fundamento de una teología.

La excepción de Israel no incide, por una parte, en el cuadro general que parece dominar en el área mediterránea y, por otra parte, se trata de un fenómeno relativamente tardío, puesto que la idea de la unicidad de Dios, expresada por Isaías 45, 5-7, no aparece con claridad antes de la segunda mitad del siglo VI a.C. Evidentemente, el contacto con el dualismo zoroástrico basado en los dos principios del bien y del mal, Ahura Mazda y Ahrimán, la luz y las tinieblas había inducido a proclamar un rígido monoteísmo exclusivista. La necesidad de afirmar la unicidad de Dios era una forma de consolidar la unicidad de la identidad de Israel, aunque no por ello dejaron de ser frecuentes entre el pueblo de Israel algunos restos de politeísmo, incluso después del siglo VI a.C.

Puesto que los pueblos politeístas del mundo antiguo carecían de la noción misma de religión, no separaban ni distinguían propiamente la dimensión religiosa del conjunto de las otras actividades humanas, que se veían invadidas y legitimadas por aquélla. Tal como los vemos nosotros, estos universos religiosos aparecen estrechamente imbricados en sistemas sociales complejos y articulados, que conocen la división y especialización de tareas y oficios, cuentan con una estructura urbana, y utilizan la escritura. Estos pueblos se extienden geográficamente desde Mesopotamia por toda la cuenca del Mediterráneo hasta Europa central y septentrional (para la América precolombina, véase el capítulo IX), en un espacio de tiempo que podemos situar entre finales del iv o comienzos del m milenio a.C. y el edicto de Teodosio del 28 de febrero del 380, de fide catholica, con el que el cristianismo fue proclamado la religión del estado.

En cualquier caso, no se trata de mundos cerrados e incomunicados entre sí, sino que, por el contrario, estaban abiertos a una continua transmisión»cultural recíproca que dio lugar, precisamente gracias a estos intercambios, a constantes reformulaciones y remodelaciones de los patrimonios tradicionales, produciendo lo que puede considerarse un fenómeno de transculturización, sin que por ello desaparecieran las especificidades culturales, por lo menos hasta la consolidación del Imperio romano y del cristianismo.

La dinámica de los intercambios culturales, que no afecta solamente Oriente Próximo y al Mediterráneo, sino que se extiende también hacia Oriente, atraviesa Irán, llega a la India y tal vez incluso a China, plantea el problema irresuelto del origen de las civilizaciones que dieron lugar a los politeísmos y no sólo el de estos últimos. Independientemente de que se postule una monogénesis o una poligénesis de los fenómenos, que en la situación actual puede no ser más que un acto de fe, la idea de un proceso transcultural vinculado a la dinámica de los intercambios culturales y a un relativo y discreto difusionismo pluridireccional, puede permitir, sobre la base de documentos indiscutibles, evitar la peligrosa senda de las conjeturas y de los postulados.

No obstante, las conjeturas y postulados se multiplican cuando se abordan los prolegómenos que determinaron la aparición de las grandes civilizaciones de entre las brumas de la prehistoria.

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