El mundo extrahumano y el «mito» científico de la diosa madre
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La comparación con formas religiosas tradicionales contemporáneas, contaminadas ya en gran medida por la cultura occidental, puede inducirnos a pensar que el tratamiento de los difuntos apunta a una concepción según la cual los muertos eran asignados a un mundo «distinto», a Otro Mundo. La dramatización ritual representada por el culto, o por lo menos por la ceremonia fúnebre, debía contribuir a definir el estatuto de la comunidad de los vivos, por un lado, mediante la separación de los dos universos y, por el otro, mediante la función fundadora que los muertos asumían frente a los vivos.
¿Se trata tal vez de los antecedentes del culto a los antepasados? No estamos en condiciones de afirmarlo. Sin embargo, hay que reconocer en el culto funerario un indicio de un sistema religioso a través del cual y en razón del cual los distintos pueblos neolíticos legitimaban su propia existencia y organizaban su propio horizonte cultural. Los dólmenes hallados en Europa, en Palestina y en la región caucásica, que se remontan a un período comprendido entre finales de la Edad de Piedra y la Edad del Bronce y caracterizan la llamada civilización megalítica, sin duda fueron erigidos en principio para ser utilizados como tumbas.
Pero esta «civilización» no es la expresión unitaria de un ethnos único y homogéneo, sino que aparece distribuida en territorios considerablemente distantes entre sí; ni tampoco la función funeraria de estos monumentos puede considerarse condición suficiente para ver en los dólmenes el producto de una cultura homogénea.
Es desde esta óptica que debe interpretarse el llamado culto a la «diosa madre», que habría caracterizado, según una teoría muy difundida entre finales del siglo XIX y principios del XX, todo el neolítico del área mediterránea, y del que se habrían conservado huellas entre los antiguos bálticos.
Ni la difusión de un reducido número de estatuillas, generalmente de arcilla, que reproducen una imagen femenina, muy extendidas por los distintos asentamientos neolíticos, ni las grandiosas representaciones halladas en las paredes de Catal Hüyük nos permiten hablar de un culto a la «diosa madre», y mucho menos de «diosa madre», que es más bien una especie de «mito» científico.
La identificación tipológica hecha por la arqueología no puede utilizarse para efectuar una interpretación histórico-religiosa, ya que ésta debe tener en cuenta ante todo la posible elaboración de la noción de divinidad, cosa cuando menos improbable en el neolítico. Puesto que se trata de poblaciones dedicadas a la agricultura, es posible que las imágenes femeninas remitan al modelo histórico-religioso de la Tierra madre, Ser supremo femenino que garantiza la fertilidad.
E incluso este Ser supremo no es más que un tipo, un modelo heurístico, sin más consistencia ontológica que la que surge de la especificidad de las diversas culturas. No hay duda de que la fertilidad de la tierra debía ser el centro de los intereses de los pueblos neolíticos, que basaban en ella su propia supervivencia y que debían padecer crisis periódicas ocasionadas por el agotamiento de la tierra. Es bastante probable que de ahí se pasara a una transfiguración simbólica del objeto, hasta transformar la tierra en un ser extrahumano.
Como también es probable que la fertilidad de la tierra estuviera asociada a la reproducción sexual, que podría haber llevado a vincular la tierra, representada como imagen femenina, a los rasgos masculinos del toro o del macho cabrío, como en Catal Hüyük, o de forma más abstracta con el falo, aunque éste no siempre está relacionado con una figura femenina, como ocurre con ciertos falos hallados en algunas tumbas en Tell es-Sawwán, en la llanura mesopotámica.
De este contexto cultural, que para nosotros sigue siendo una especie de libro de imágenes sin palabras, derivan, a partir del IV milenio, las grandes civilizaciones del Mediterráneo antiguo, primero en Mesopotamia y pocos siglos después en Egipto.