Corrientes filosófico-religiosas
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La época helenística está dominada por cuatro corrientes filosóficas que realizan una crítica rigurosa de la religión tradicional: los epicúreos, que elaboran una teoría materialista del universo y adoptan una clara postura antirreligiosa, sin negar por ello a los dioses; los escépticos, que rechazan toda divinidad del mundo y niegan la Providencia, en contra de los estoicos; los cínicos, pragmáticos y contrarios a cualquier tipo de especulación, para quienes el ideal de sabiduría coincidía con una vida acorde con la naturaleza, en oposición a las costumbres y a la tradición, hasta el punto de rechazar las ceremonias y negar a los dioses; pero la auténtica filosofía de la época helenística es el estoicismo, que adoptó el platonismo para renovarse y para elaborar una doctrina que indicara al hombre cómo alcanzar el «bien».
El estoicismo proponía una concepción monística y materialista de la divinidad, que tenía en el Logos, la Razón, el principio concreto, de naturaleza ígnea, ordenador del universo. No negaba los dioses del politeísmo, sino que los reducía a démones que contribuían a realizar el determinismo universal. A fin de llegar a un compromiso entre su teología monista y la religión tradicional, los estoicos aprovecharon la interpretación alegórica de los dioses y se alinearon con las tendencias enoteístas de la época, asignando a Zeus el papel de divinidad principal con muchas denominaciones, señor bueno y sabio del universo.
En los dos primeros siglos de la era cristiana se produce una recuperación del platonismo, que desembocará en el siglo III d.C. en el neoplatonismo de Plotino y de sus discípulos. Esa doctrina, limitada siempre a un círculo intelectual y marcada por un notable esoterismo que impidió su difusión, contribuyó de forma decisiva a la transformación de los principios ideológicos y religiosos sobre los que se había basado el mundo antiguo que, no obstante, halló precisamente en esta doctrina, a pesar de su monismo básico, un baluarte contra el cristianismo y sus sectas. Según Plotino, que afirmaba la bondad del cosmos, el hombre sabio podía, gracias a la ascesis, obtener la felicidad a través de la unión con el Uno, pero sus discípulos no renunciaron a las prácticas mágicas y teúrgicas para conseguirla.
«Endiosarse», entrar en el dios pero también convertirse en dios, era, en cambio, el objetivo del hermetismo, un movimiento igualmente esotérico que invitaba al hombre, fruto de un pecado original del Hombre arquetípico, a librarse del cuerpo y atravesar las esferas celestes para conseguir la salvación de este mundo. Aunque se remitía a la antigua tradición egipcia, el hermetismo presentaba influencias estoicas, neoplatónicas y gnósticas. Considerado al principio con admiración por algunos cristianos, más tarde fue objeto de una dura condena por parte de Agustín.
Era inevitable el conflicto con el cristianismo, ya muy extendido, porque el hermetismo, además de las posibilidades que ofrecía al hombre de alcanzar la divinidad, proponía, junto con un conjunto doctrinal teológico, cosmológico y antropológico, «instrumentos» de naturaleza mágico-teúrgica para ejercer un control sobre los dioses, no negados, sino subordinados a una divinidad suprema, el Nous, el Intelecto, del que procedía el Logos ordenador del mundo. No obstante, el hermetismo no tuvo probablemente la fuerza suficiente, tal vez por su propio carácter esotérico, para transformarse en un sistema religioso; ni siquiera la salvación, que coincidía con el «endiosamiento», aunque se podía conseguir en vida, estaba al alcance de todo el mundo.