Los cultos orientales y Roma
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Los cultos orientales
Cuando los cultos de origen oriental penetraron en el mundo helenístico-romano fueron interpretados en sentido mistérico, se adaptaron y alcanzaron una difusión que superó a los misterios griegos. Generalmente, se caracterizan por un tema mítico y por un conjunto de ritos centrados en la muerte y renacimiento de una divinidad, como en el caso del fenicio Adonis o del egipcio Osiris, motivo que también está presente en el culto eleusino.
Los rituales en honor de Osiris, que en el antiguo Egipto probablemente no tuvieron carácter iniciático, evolucionaron en la época helenística en sentido mistérico e iniciático, probablemente debido a la interpretatio graeca y al proceso de helenización. A esos rituales se añadió más tarde el culto de Isis, hermana-esposa de Osiris. La diosa egipcia ya había sido interpretada por los griegos como Deméter, y su búsqueda del marido desaparecido era fácilmente comparable a la de la diosa griega en busca de su hija Coré. A pesar de que este culto fue acogido con gran hostilidad por parte de Roma, dado el favor de que gozaba entre las masas populares tuvo una enorme difusión por toda la cuenca del Mediterráneo, probablemente favorecido en el período helenístico por la política de los Tolomeos. A la posibilidad que ofrecía la diosa egipcia de continuar la vida en el Más Allá se unieron otros aspectos, que enriquecieron su figura y la convirtieron en una divinidad cósmica que otorgaba todos los bienes, dulce y maternal, protectora y salvadora. El culto se orientó en un sentido claramente enoteísta, e Isis se convirtió en panthea, divinidad única, con muchos nombres (myriónymá), venerada en todas partes, mientras que sus seguidores, asimilados a Osiris durante el rito iniciático, hallaban en el episodio del dios egipcio, revivido por Isis, una perspectiva de esperanza y de salvación que les liberase de la existencia.
También es de origen oriental el culto a Cibeles, la Gran Madre frigia introducida en Roma el año 204 a.C. Según la tradición, había sido una de las primeras divinidades orientales introducidas en Roma, que veía en ese culto una relación con el mito troyano de su propio origen. El mundo griego, en el que el culto se había difundido moderadamente a comienzos del siglo V a.C., nada dice sobre sus características. El silencio tal vez se debió a cierta censura referida, más que a la tradición mítica centrada en la muerte y renacimiento de Atis, el paredro de Cibeles, a la práctica de la autocastración habitual entre los sacerdotes de la diosa, los galos, y también entre los seguidores en los momentos más exaltados de las celebraciones. Esto explica la prohibición impuesta a los ciudadanos romanos de formar parte del cuerpo sacerdotal de este culto. A partir de la segunda mitad del siglo II d.C., se difunde en el imperio el taurobolio, el sacrificio cruento de un toro, realizado por ciudadanos particulares en honor del emperador y de su familia como acto de lealtad política, que constaba de un ritual en el que el adepto, situado en una fosa por donde se derramaba la sangre de la víctima, se sometía a una especie de «baño de sangre». Extraído de la fosa así impregnado y expuesto a la veneración de los adeptos, gozaba de un «renacimiento» que duraba veinte años y que lo homologaba a Atis.
De origen oriental es asimismo el culto del dios iranio Mithra, del que no se tienen noticias importantes en el mundo griego y helenístico-romano hasta el siglo I d.C., cuando irrumpe de forma imprevista con manifestaciones, si no mistéricas, por lo menos iniciáticas. En el imperio se asoció con Sol y fue venerado como Sol Mithra. Su culto se extendió sobre todo entre las legiones romanas, sin alcanzar una dimensión propiamente pública. Su carácter esotérico procede del hecho de estar limitado exclusivamente a los hombres, organizados en una especie de confraternidad, y de celebrarse en el interior de «grutas» o lugares subterráneos. Incluso cuando el mítreo adquiere características de templo, sigue conservando artificialmente el aspecto de una gruta natural, gracias a la presencia de piedras esparcidas en torno al nicho donde se colocaba la estatua del dios. A pesar de que conservó rasgos esotéricos que remiten a las «comunidades humanas de culto» del antiguo Irán, este culto se orientó hacia un sentido mistérico, característico de la época helenístico-romana. La iniciación preveía una jerarquía de siete grados, protegido cada uno por un astro: el cuervo por Mercurio, el esposo por Venus, el soldado por Marte, el león por Júpiter, el persa por la Luna, el heliodromo o correo del Sol por el Sol, el padre por Saturno. Este último debía de ser el jefe de la confraternidad, ante el que se presentaban los neófitos para prepararse para ser consagrados.
La astrología
De origen oriental era también la astrología, la ciencia de los caldeos, que, a través de la observación de las posiciones y conjunciones astrales en el momento del nacimiento, pretendía prever el destino de los hombres. Basada en el principio de que el hombre como microcosmos reproducía el macrocosmos, participaba en él y sufría sus influencias por efecto de una simpatía universal, constituía una de las muchas formas de adivinación. Aunque perseguida por Roma porque privaba al individuo de su responsabilidad civil, la astrología gozó de una gran expansión durante la época helenístico-romana, penetrando en los diversos estratos sociales. Actuaba conjuntamente con las formas de la religión tradicional, ofreciendo respuestas que satisficieran las necesidades de una sociedad en crisis y sustituyendo progresivamente a los antiguos oráculos. La astrología se presentaba como una ciencia capaz de calcular y trazar las órbitas de los astros, que eran los que regían el mundo. El carácter mecánico del movimiento de los astros implicaba una rigidez del destino, al que era imposible sustraerse y, para conocerlo, bastaba con trazar el horóscopo de un individuo. Y del mismo modo que se podía determinar el destino de un hombre, también era posible conocer el destino de los pueblos, de las naciones y de los estados, porque cada uno tenía su propio destino predeterminado por los astros y por la mecánica celeste. Y precisamente este carácter mecánico es el que hace que la astrología se vaya distanciando progresivamente de la esfera religiosa y permite a Claudio Tolomeo, en el siglo II d.C, incluirla en los cánones de una ciencia, para evitar que fuera acusada de charlatanería y de mercado de ilusiones.