La dieta del Dr. Dukan

 

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Los cultos orientales y Roma

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En su progresiva expansión, Roma tuvo que enfrentarse muy pronto con el problema de las religiones extranjeras, la externa superstitio, frente a la que la ciudad siempre se mostró recelosa, La interpretatio romana, basada generalmente en rasgos superficiales, puesto que adaptaba a la cultura romana las divinidades extranjeras, moderaba el etnocentrismo típico del pueblo romano. Sin embargo, estas divinidades no siempre se insertaban y se integraban en el tejido tradicional de la ciudad. El culto de la Gran Madre frigia Cibeles, aceptado en Roma por sugerencia de los Oráculos Sibilinos en el año 204 a.C., fue objeto de posteriores restricciones en el seno del estado, y a los ciudadanos les estaba prohibido ingresar en su sacerdocio; hasta bien avanzada la época imperial, en tiempos de Antonino Pío (138-161 d.C, precedido por Claudio, 41-54 d.C.), no se instauró un gran ciclo festivo para celebrar este culto. Con recelo y sarcasmo fue también acogido el culto de la dea Syria, Atargatis, relacionado con una revuelta de siervos del año 134 a.C., y el culto de Dioniso-Baco, que se creía implicado en un atentado contra la integridad del estado del año 186 a.C., sufrió asimismo fuertes restricciones. Pero fueron sobre todo los cultos greco-egipcios los que tropezaron con la hostilidad de los gobernantes de Roma. El senado republicano, por ejemplo, mandó derribar varias veces los altares de estos dioses extranjeros, Augusto prohibió la celebración de los rituales de Isis en el pomoerium, y Tiberio hizo destruir el santuario de la diosa y arrojar su estatua al Tíber. El estado romano probablemente temía que el secretismo de los ceremoniales de las divinidades extranjeras pudiera ocultar peligrosas reivindicaciones de las masas populares, cuya participación en dichas ceremonias era muy elevada. La misma postura se mantuvo frente a la astrología y la magia; la primera porque privaba al individuo de su responsabilidad personal y civil; la segunda porque se presentaba dotada de un poder que escapaba al control del estado y que, por lo tanto, era peligroso; pero además, porque la magia liberaba al hombre de su responsabilidad jurídica, puesto que la responsabilidad de la acción recaía en el propio hechizo o en el veneno. Por último, astrología y magia eran ambas «sabidurías extranjeras», de los caldeos la primera, de los magos persas la segunda, y Roma veía en este poder poseído por el «otro» un posible principio de desestabilización del orden cósmico. Sin embargo, el avance hacia Roma de los cultos extranjeros fue imparable y el propio imperio se adaptó a ellos desde finales del siglo I d.C.
Los cultos mistéricos
Los cultos mistéricos son un fenómeno peculiar de esta época atormentada y angustiada, en la que los hombres vieron cómo desaparecían todas sus seguridades. Los antiguos misterios de las ciudades griegas, que ya no son un culto público del estado, evolucionan en sentido universalista y desarrollan una perspectiva escatológica y soteriológica, algunas veces ya implícita en la forma tradicional del culto, orientándose hacia lo ultramundano. El rito iniciático, a través del cual se sancionaba la admisión en el culto y cuyas características esotéricas exalta, se transforma en un tamiz que alienta las expectativas de los no iniciados, que ven en el secreto, no comunicable al mundo exterior, la posibilidad de un contacto directo con la divinidad, cuyas hazañas míticas se reviven en el rito, y la esperanza de conseguir la salvación. El secreto compartido de los iniciados se convierte así en un elemento discriminador entre quienes lo poseen y pueden aspirar a un destino ultramundano y quienes están excluidos de él.
La experiencia mistérica está perfectamente descrita en un fragmento de Plutarco:
Al principio uno se siente extraviado, corriendo temeroso de una parte a otra a través de las tinieblas, sin alcanzar meta alguna; después, antes del final, se siente invadido por terrores de todo tipo, pavor, temblor, sudor y angustia. Finalmente, aparece una maravillosa luz y es acogido en lugares puros y en prados. En este espacio edénico surgen voces y danzas, solemnes cantos hieráticos y santas apariciones. Y es en este universo donde uno se vuelve completamente libre y perfecto, sin vínculos, avanzando con guirnaldas de flores sobre la frente, celebrando los sagrados ritos junto a los hombres santos y puros. En cambio, la masa de los hombres, que no ha sido iniciada ni purificada, se revuelve en el fango y en el polvo, chocando y pisoteándose, hacinada en un rebaño, atenazada por el miedo y obligada a sufrir los males de la muerte por falta de fe en los bienes del Más Allá (fr. 178 Sandbach).
En este panorama, el culto de Deméter y Coré en Eleusis conserva sus características peculiares, pero al mismo tiempo amplía progresivamente su propia autonomía y acentúa su propio universalismo, implícito ya en el Himno homérico a Deméter, que prometía un destino privilegiado en el Más Allá «a todos los hombres que viven sobre la tierra» que hubieran asistido a los sagrados ritos. Fue tanta su importancia que personalidades de la Roma republicana, como Cicerón y algunos emperadores, fueron iniciados.
Los misterios de Samotracia tuvieron también un gran desarrollo, primero con los sucesores de Alejandro y después con Roma. Era inevitable que Roma tuviera un interés político en este culto, que estaba situado en una tierra fronteriza entre Oriente y Occidente. Los misterios de Samotracia, dedicados a divinidades como los cabirios o los grandes dioses, interpretados también como Dioscuros, ofrecían a través de la celebración de sus ritos una vía de salvación concreta a todos los que tenían que enfrentarse con los peligros del mar.

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