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Por época helenístico-romana se entiende propiamente el período que comienza cuando Roma, a finales del siglo III a.C, entra en contacto con la civilización helenística, especialmente la alejandrina, adopta sus formas culturales y más tarde entra en competencia con ella. La aparición de Alejandro de Macedonia, que había creado un inmenso imperio supranacional partiendo del modelo persa, y con el que se acostumbra a identificar el comienzo del helenismo, ya había tenido consecuencias desestabilizadoras para los pueblos que habitaban en la cuenca del Mediterráneo.

La política adoptada por Alejandro ante los pueblos conquistados consistió en presentarse como el continuador del anterior soberano y su legítimo sucesor. En Persia adoptó las costumbres locales, mostró su devoción a las divinidades persas, otorgó a la monarquía un carácter divino y estableció que a la persona del rey se le tributaran honores divinos. En el año 324 a.C. proclamó su propia divinidad y decretó que se le rindiera culto divino. Poco antes de la campaña persa, en Egipto Alejandro fue declarado hijo de Anión (el Zeus Amón de la interpretatio graeca), el dios desconocido de la teología tebana. Este hecho constituiría la premisa del culto al rey y de la soberanía universal.

Tras la muerte de Alejandro, su imperio se vio sometido a fuertes tensiones, provocadas por las disputas entre los generales que aspiraban a sucederle. Si bien en una primera fase prevaleció un cierto equilibrio entre los impulsos disgregadores y la tendencia a mantener la unidad del imperio, posteriormente dominaron las fuerzas centrífugas, que dieron lugar a la creación de los tres reinos: el de Macedonia con los descendientes de Antígono, el de Siria con los seléucidas, y el de Egipto con los Tolomeos. Sin embargo, hasta la consolidación de Roma, fue Egipto el centro propulsor de la vida cultural de aquella época. Será finalmente Roma la que, tras haber derrotado a Cartago, recompondrá la unidad del imperio universal, ambicionado por Alejandro.
En este período, la historia griega se convierte progresivamente en la historia de todos cuantos hablaban y pensaban en griego, independientemente de cuál fuera su origen. El griego se transforma en lengua vehicular hablada en todo el Mediterráneo, signo de distinción cultural del que se apropian los pueblos que entran en contacto con los griegos. En Egipto, por lo menos entre las clases cultas, el griego parece haber sustituido a la lengua local.

El mundo cerrado de las ciudades griegas, microcosmos organizados donde el hombre se sentía seguro y protegido, desaparece al instaurarse el imperio universal. Los nuevos horizontes abiertos por las conquistas de Alejandro aportan una visión cosmopolita del mundo, pero también producen una sensación de aislamiento y de extravío. El hombre ya no es el artífice de su propio destino, sino que está a merced de la Tyche (la Suerte), de la Ananke (la Necesidad) o del Heimarmene (el Destino). El alejamiento de los dioses tradicionales ya se había dejado sentir a finales del siglo IV a.C., y aumentó con la instauración de la monarquía divina, que privaba al hombre de cualquier posibilidad de control sobre el ejercicio del poder y al mismo tiempo lo despojaba de su propia identidad. La sensación de extravío inclina hacia formas de pensamiento que, bajo la apariencia de racionalismo, ocultan fuertes tendencias dogmáticas, mientras buscan soluciones que permitan al hombre librarse de los golpes de la fortuna o soportarlos. Al mismo tiempo, y paralelamente a la imposición de la universalidad del rey divino, las religiones tradicionales experimentan impulsos universalistas, mientras se reclama una mayor proximidad de los dioses que garantice a los hombres la «salvación».

Un dios debe ser ante todo sotér, salvador, como Asclepio, el héroe hijo de Apolo, fulminado por Zeus porque había liberado a los hombres de la muerte con sus artes médicas y transformado luego en dios, que en la época clásica  era objeto de un culto iatromántico de incubatio. Ya durante el siglo IV a.C. el culto se había extendido ampliamente por todo el territorio griego, pero en el transcurso del período helenístico su expansión recibió un gran impulso que dio lugar a numerosos establecimientos, auténticos complejos hospitalarios, al tiempo que se iban configurando sus características propiamente sanativas. Aunque sin orientarse hacia una perspectiva escatológica, el culto de Asclepio iba más allá de la obtención de la simple salud física y tendía al establecimiento de una relación íntima, privada y personal con la divinidad. Siguiendo la tendencia de estos impulsos, en el mundo helenístico-romano se difunden, además de los cultos iátricos, los cultos mistéricos, junto con la astrología y las prácticas mágicas, capaces de actuar sobre la realidad y controlarla.

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