La dieta del Dr. Dukan

 

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Los «reyes divinos» después de Alejandro y el culto al emperador en Roma

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Otro elemento característico de esta época es la divinización de los soberanos. Sin embargo, la primera generación de sucesores de Alejandro, que había proclamado su propia divinidad mediante un edicto, no gozó de una auténtica divinización en el transcurso de su vida.

Sólo ocasionalmente algunas comunidades les tributaron honores divinos, pero aun siendo algo esporádico demuestra que el sistema religioso tradicional griego, basado en la irreductible distancia entre hombres y dioses, comenzaba a declinar. A pesar de que estaba vinculado al culto heroico tradicional y en continuidad con él, con la segunda generación de los diádocos el proceso de divinización del soberano se institucionaliza, en un claro intento de legitimar el poder real sin romper por ello con la tradición.

En Egipto, más que en cualquier otro lugar, se produce una progresiva tendencia a rendir culto al rey, en forma de culto dinástico, que se convierte en institucional y estable con Tolomeo IV Filopátor y que con Tolomeo V Epífanes parece remitirse explícitamente a la costumbre egipcia de reconocer la divinidad del soberano. Bajo la dinastía de los Tolomeos el culto se rinde al rey muerto y la divinización del soberano se presenta como un compromiso entre la interpretación griega, que no admitía la posibilidad de que un hombre se convirtiera en dios y a lo sumo le concedía una especie de carácter heroico después de la muerte, y el sistema religioso egipcio, que contemplaba al faraón como a un dios.

Tampoco la Roma republicana admitía en un hombre la posibilidad de un destino divino, que estaba reservado exclusivamente a su fundador, Rómulo, tras su muerte. Pero la Roma imperial ya no era la Roma republicana. La ciudad del Lacio dominaba entonces toda la cuenca del Mediterráneo y tenía necesidad de legitimar su poder ante sus propios súbditos.

El primer signo había sido la asimilación de Antonio a Dioniso-Osiris y de Cleopatra a Afrodita-Isis, a la que siguió la apoteosis de César después de su muerte. Son tan sólo los primeros pasos de un proceso que llevará al príncipe de Roma a convertirse en divus, divino, destinatario de un culto, y a Roma a convertirse en la dea Roma, también con culto propio.

Todo esto aparece mezclado con la idea de aeternitas, la eternidad del imperio y de la propia Roma, que se había ido afirmando en la época de Augusto. Pero lo que se afirmaba en Roma, más que el principio dinástico, era la sacralidad y la eternidad del poder de la ciudad.

El proceso de divinización de los monarcas fue posiblemente una respuesta al modelo sapiencial del théios anér, el hombre divino, sabio, cuyo prototipo era Pitágoras, aunque tal vez sufrió también la influencia de ese modelo. En cualquier caso, debió de ser determinante la tradición egipcia, que revestía de sacralidad el poder y lo legitimaba. Sin embargo, la sacralidad y la eternidad del poder no eran una respuesta a la crisis de valores y de creencias en que se hallaba sumida la sociedad de la época.

El poder concreto de los amos de Roma creaba una distancia que no garantizaba la existencia en el mundo y abría el camino a huidas hacia el esoterismo de los cultos mistéricos y de los cultos orientales, hacia el ocultismo y la magia, o bien hacia formas de pensamiento filosófico-religioso, que en cierto modo prometían una especie de salvación del presente.

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