La dieta del Dr. Dukan

 

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Las civilizaciones preincaicas

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Ya en el II milenio a.C. aparece en los Andes una forma de civilización «superior» de tipo protourbano. Las poblaciones asentadas entre el altiplano, los valles y la costa poseen una agricultura avanzada, basada en un complejo sistema de cultivo en terrazas y de irrigación. El complicado sistema de intercambios desarrollado entre los valles andinos, la costa y la cuenca amazónica, que se extendió hasta México creando una densa red de comunicaciones, suponía la circulación de bienes y de mano de obra, y probablemente dio origen a un poder centralizado que, a través de varias fases u «horizontes», se transmitió hasta los incas.
La reconstrucción de la religión de las civilizaciones preincaicas sólo es posible a través de los hallazgos arqueológicos, ya que no elaboraron una escritura ni un sistema de datación comparable al del área mesoamericana. Las posibles tradiciones orales, que sin duda existieron, no han llegado hasta nosotros. Las que conocemos, transmitidas por las crónicas y los relatos de los conquistadores españoles o por compilaciones más tardías, obra a veces de cronistas de origen inca, se limitan al período incaico y están condicionadas por los prejuicios cristianocéntricos. En cualquier caso, los hallazgos arqueológicos muestran que cada fase tuvo sus propias características.
El primer período u «horizonte», entre el siglo XV y el V a.C., en el que floreció la civilización de Chavín, cuyo nombre proviene del lugar más importante que probablemente era un centro oracular, coincide con la introducción del cultivo del maíz aproximadamente hacia el año 1000 a.C. Van adquiriendo forma entonces los elementos característicos de las culturas andinas, se desarrolla una refinada fabricación de vasijas y surgen impresionantes edificios de culto construidos en piedra. En esta fase se consolida un tema iconográfico interpretado como Dios Felino, de largos colmillos y con apéndices de cabeza de serpiente, representado a veces en posición erecta y con rasgos antropozoomórficos, que tal vez hay que interpretar como un Ser supremo o incluso como la herencia de un Señor de los Animales. En la segunda fase, comprendida entre los siglos V a.C. y VI d.C, con las culturas mochica y nazca se difunde el tejido y el trabajo de los metales, se extiende el uso de ladrillos de tierra (adobe) y se perfeccionan los sistemas de irrigación gracias a la realización de enormes acueductos. Algunos aspectos de la vida religiosa de los mochica están reproducidos en las vasijas ceremoniales, donde aparecen escenas rituales, y en los numerosos ajuares funerarios encontrados en las ricas tumbas, que vienen a confirmar la práctica de sacrificios animales y humanos. Un ser extrahumano de rasgos felinos parece ser la continuación del Dios Felino de Chavín. La tercera fase, que floreció entre los siglos VI y IX d.C., se conoce como civilización de Tiahuanaco, por el nombre del centro más importante situado en las proximidades del lago Titicaca, y de ella conservamos numerosos restos arquitectónicos, probablemente procedentes de un formidable centro de culto, entre los que se encuentran una pirámide escalonada de base triangular y dos recintos con grandes estatuas monolíticas en su interior. A este período pertenece la famosa Puerta del Sol, cuya función sigue siendo oscura, pero que podría ser un elemento arquitectónico de un edificio inacabado. Sobre el arquitrabe aparece representado frontalmente un ser «divino» con la cabeza coronada de rayos que terminan en cabezas de serpiente y a cuyos lados se deslizan figuras aladas de perfil.
Entre los siglos XI y XV d.C. se afianza la civilización de Chimú, un auténtico reino, cuya capital era Chanchán, habitada por casi cuarenta mil personas. Esta cultura, que creó una organización política centralizada propiamente dicha, una arquitectura sagrada monumental, un poder real de características probablemente divinas, que atribuía a la luna mayores poderes que al sol, a finales del siglo XV fue destruida e incorporada por la expansión de los incas.
Todas estas culturas, que precedieron a la expansión inca en la región andina, parecen caracterizadas por algunos elementos religiosos comunes, por el interés por la producción agrícola, que debían de presidir numerosas figuras extrahumanas, y por el sistema hídrico. Veneraban a un Ser supremo celeste, con características de héroe cultural, llamado por los incas Viracocha, y también el Sol y la Luna; como Templos del Sol y de la Luna (Ruaca del sol, Huaca de la luna) se han interpretado por tanto las dos pirámides de los mochica. Es casi seguro que se veneraba a un ser femenino del tipo Tierra madre y parece constante la presencia del Dios Felino, a pesar de que desaparece entre los siglos IV y III a.C. Tenían una función sagrada y eran destinatarios de culto los huaca, término que en la lengua quechua hablada por los incas significa «santuario», pero que se refería tanto a lugares como a objetos o productos del hombre, en los que se reconocía una potencia cuyos favores se pretendía obtener mediante las prácticas de culto. Los huaca más importantes para los agricultores eran las grandes piedras anicónicas erigidas en medio de los campos cultivados como «guardianes de los campos», pero huaca eran también las momias de los soberanos incas. Se practicaba el sacrificio de animales y de seres humanos, que debía realizarse por decapitación, como testimonia la recurrencia obsesiva de las «cabezas trofeo». La momificación de los cadáveres y los ricos ajuares funerarios dan fe de la existencia de un culto a los muertos.

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