La dieta del Dr. Dukan

 

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Los ciclos solares y la religión de estado: los incas

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El reino inca, conquistado por los españoles capitaneados por Francisco Pizarro en 1532, era pues la última de las civilizaciones que se habían ido sucediendo en la región andina. «Inca» era primitivamente un título que correspondía por derecho al monarca, concedido también a los miembros de su familia y extendido a las estirpes emparentadas con ella. El término debía de tener una función dinástica, precisamente como determinante de una estirpe. Los orígenes de los incas, que hablaban la lengua quechua, son oscuros y los conocemos solamente a través de tradiciones en parte legendarias y en parte míticas. A partir de un área relativamente limitada, en el siglo XIII comenzaron su expansión, que culminó a lo largo del siglo XV con la creación de un imperio que se extendió más allá de los límites del Perú.

Según la tradición recogida en la época de la conquista, los incas dividían la historia del mundo en cinco períodos. Cada período, de mil años de duración, correspondía a un Sol y actuaba de «contenedor» dinástico, en el que se agrupaban los monarcas que habían precedido a los reyes del presente, el quinto Sol, y, sobre todo, la dinastía inca. En esta organización, el primer Sol es el de los hombres de Viracocha, Vari-Viracocha-runa, que concluyó con un cambio del orden entre guerras y epidemias; el segundo es el de los hombres sagrados, Vari-runa, acabado cuando el Sol se cansó de proporcionar a los hombres su luz; el tercer Sol, el de los salvajes, Purún-runa, acabó con un diluvio; el cuarto, Auca-runa, el Sol de los guerreros, terminó paradójicamente con la adopción por parte de los hombres de costumbres afeminadas y laxas, y con la práctica de la homosexualidad. En el quinto Sol el fundador de la dinastía inca, Manco Cápac, hijo del Sol, tras haber llegado al valle de Cuzco y haber construido una cabaña en el lugar donde se levantaría el templo del Sol, regenera a los hombres y les enseña las formas de la vida social; transformado finalmente en estatua, se convierte en objeto de culto.

Manco Cápac es sin duda el antepasado mítico, con la apariencia del héroe cultural, del que descienden el linaje y el principio de sucesión dinástica de los soberanos incas. Solamente el hijo del Sol libera a los hombres de su condición ferina, y el Sol, Inti, es el fundador celeste de la dinastía. Desde esta perspectiva, la realeza celeste se convertía en el fundamento de la realeza terrenal de los señores de Cuzco, y el Sol era elevado a la categoría de divinidad principal del imperio, de modo que su culto adquiría también un carácter dinástico y debía ser introducido en todas las provincias conquistadas. En esta «religión de estado» el soberano, encarnación terrenal del Sol y representación de los dioses ante los hombres, estaba acompañado por su esposa, que representaba la contrapartida femenina de los Inti, Mamaquilla, la Luna.

La esposa, denominada coya, desde la época de Topa Inca, hijo de Pachacuti, tenía que ser la hermana del rey. Síntesis visible y reconocible del sistema religioso inca era el templo del Sol, en Cuzco, el Coricancha, «recinto de oro», adornado con láminas de oro, donde se hallaban las estatuas de oro de los soberanos. El panteón estaba estructurado de forma jerárquica, paralelamente a la jerarquía estatal. Por debajo del Sol y de la Luna estaba también Illapa, el dios del trueno, que con su honda cogía la lluvia del río celeste, la Vía Láctea; Pachamama, la Tierra madre, con destacados rasgos infernales, y su contrapartida masculina, Pachacamac, a veces superpuesto a Viracocha, venerado sobre todo a lo largo de la costa central del Perú y cuyo culto era de tipo oracular. Había además otras figuras que eran objeto de culto local.

Aunque se trataba de una obra de ordenación teológica motivada por preocupaciones dinásticas, el panteón inca era en cualquier caso el resultado de una sedimentación cultural muy prolongada, a la que los sacerdotes habían dado forma y orden. También era el reflejo de la labor de homogeneización a la que los conquistadores incas, a fin de consolidar el estado, habían sometido a los pueblos conquistados, obligados, en primer lugar, a aceptar el culto del Sol como religión de estado y, en segundo lugar, a someterse a los mitimaes, los traslados de pueblos de una región a otra, y, por último, a aceptar el solemne traslado de sus huaca, especie de antepasados míticos, a Cuzco, al Coricancha, que era propiamente una Casa de los dioses. Este enorme conjunto de templos respondía al deseo de Pachacuti de honrar a Viracocha, que de este modo sustituía a Inti en la cima del panteón. Operación política y teológica un tanto oscura, porque además Viracocha era el nombre del padre de Pachacuti, tal vez pueda justificarse en el intento de unificación política emprendido por los incas.

De este modo, la unificación se legitimaba gracias a un ser «ordenador» panperuano, que, junto con su hijo Taguapica, dotado de los rasgos típicos del trickster, ya que cada una de sus intervenciones iba en contra de las de su padre, había procedido a la ordenación del mundo, y gracias al que en Tiahuanaco habrían aparecido el sol, la luna y las estrellas y habrían surgido los distintos pueblos de la tierra. Relativamente distante de las poblaciones rurales, preocupadas sobre todo por asegurarse la protección de las divinidades que presidían la fertilidad de la tierra, ser creador y héroe cultural a la vez, que, junto con el océano, se había alejado por el mar desapareciendo en Occidente, Viracocha garantizaba con su lejanía el valor metafísico del poder del soberano. Pero al mismo tiempo también el rey, descendiente de Inti, hijo de Viracocha, aparecía ante sus súbditos subordinado a la divinidad panperuana.

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