La dieta del Dr. Dukan

 

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Mitología, «panteón» y sacerdocio

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La mitología, el panteón y el sacerdocio aztecas también proceden probablemente de la civilización tolteca y del mundo divino de los pueblos conquistados, que era asimilado. En algunos relatos aparece registrado el itinerario de las tribus aztecas desde la tierra de Aztlán hasta México, guiados por Huitzilopochtli, que indicó al gran sacerdote el lugar donde debía levantarse Tenochtitlan. En esta tradición, con la que los aztecas representaron su evolución de pueblo nómada a sedentario, con una organización urbana, también aparece la transformación de Huitzilopochtli, Ser supremo celestial, en divinidad de un panteón, pero también de «hombre», jefe de la tribu o chamán, en dios. El encuentro con los agricultores sedentarios del valle de México situó a Huitzilopochtli junto a Tlaloc, divinidad local de la lluvia y de la fertilidad, vinculada a la tierra. Como dios solar y guerrero, Huitzilopochtli era el destinatario del sacrificio de los prisioneros capturados por los aztecas en el transcurso de la «guerra florida», como ellos la denominaban, y que al final del imperio se convirtió en el único objetivo de la acción bélica. A Tlaloc se le ofrecían en sacrificio muchachos, que eran degollados o ahogados y cuyas lágrimas eran presagio de lluvias abundantes.

Junto a Huitzilopochtli, Señor del cielo diurno, se encuentra otra divinidad uránica, Tezcatlipoca, la Osa Mayor, Señor del cielo nocturno, que tenía prácticamente la misma importancia. Protector de los jóvenes guerreros y divinidad tutelar de su entrenamiento, en la especulación teológica este dios desempeñaba un papel decisivo, puesto que en el mito cosmogónico de los Cuatro Soles había expulsado de Tula al pacífico Quetzalcóatl. Pero en el mito cosmogónico de los Cuatro Soles Quetzalcóatl es el que procede a la creación de los elementos constitutivos del mundo y a la elaboración del calendario junto con Huitzilopochtli, su hermano. Si bien este episodio legitima la adopción del dios azteca Huitzilopochtli en el panteón tolteco y es un signo de la reelaboración al que estuvo sometido por los nuevos dominadores, en la visión teológico-cosmológica domina el enfrentamiento entre Tezcatlipoca y Quetzalcóatl, divinidades de los guerreros y de los sacerdotes, respectivamente, pero también de la luz diurna y nocturna, tras el que tal vez se oculta un conflicto entre las dos clases sociales, los guerreros y los sacerdotes.

Quetzalcóatl sigue siendo en cualquier caso la figura más compleja del panteón. Identificado con la Estrella de la Mañana, que al mismo tiempo es también la Estrella de la Tarde, este dios, que pertenece a todo el patrimonio mesoamericano, conservaba los rasgos del héroe cultural, el que otorga la civilización, inventor de la escritura, del calendario y de las artes, el que había introducido el maíz y las ceremonias rituales y que, finalmente, se había sacrificado sobre el brasero ardiente para convertirse en la Estrella de la Mañana. Organizado de forma genealógico emanativa —puesto que los dioses descenderían de Ometeotl, Señor de la dualidad, andrógino, o bien de una pareja de Seres supremos, Tona-catecutli y Tonacacihuatl, de la que Quetzalcóatl y Ometeotl son, respectivamente, el tercero y cuarto hijo—, este panteón se articula en figuras personales y funcionales, que separan y rigen los distintos sectores de la existencia, según un sistema de oposiciones binarias del tipo húmedo/seco, caliente/frío, alto/bajo (cielo/tierra), vida/no vida, masculino/femenino, etc. En la medida en que dan sentido al mundo y se convierten en sus formas, los dioses definen también sus coordenadas espaciales, en una distribución del espacio que interfiere en el calendario mesoamericano.

El Norte es el país de las tinieblas, dominado por el Señor de los Infiernos Mictlantecuhtli; el Sur es la tierra árida; el Este es la tierra de la abundancia, bajo la tutela de Tlaloc; el Oeste es la sede de las divinidades femeninas, presididas por Tamoanchán. El centro de estos ejes está ocupado por el fuego, regido por Xiuhtecuhtli, antiguo dios mesoamericano representado por la figura de un anciano.

Esta impresionante organización era consecuencia del esfuerzo teológico de los sacerdotes que actuaban bajo la tutela de Quetzalcóatl. En la cúspide de la jerarquía sacerdotal estaban el rey y su contrapartida femenina, cihuacoatl (serpiente mujer), representación concreta del principio divino dual encarnado por Ometeotl, pero también por Quetzalcóatl y Tezcatlipoca y por Huitzilopochtli y Tlaloc. Seguían los sacerdotes de Huitzilopochtli y de Tlaloc, a los que se atribuía el título de Quetzalcóatl; el Mexicatl Teohuatzin, que ejercía un control general; y toda una serie de figuras a quienes correspondían el cuidado de los templos, el culto de las otras divinidades, la adivinación, el cálculo del calendario y el mantenimiento de la tradición histórica y mítica. A ellos correspondía también la educación de los jóvenes aristócratas. Los aztecas, una vez en la vida, confesaban sus pecados al sacerdote, que establecía la fecha más propicia y la penitencia. La pena expiatoria consistía en ayunos y en ofertas de la propia sangre, que se obtenía pinchando las partes del cuerpo que habían pecado.

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