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Sur de México y Yucatán: los mayas

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Entre las civilizaciones que se desarrollaron en América central la cultura maya es sin duda la que alcanzó un mayor grado de refinamiento, además de haber sido estudiada con mayor atención. Todavía resulta difícil precisar si era la continuación de la anterior cultura olmeca, por la que en cualquier caso fue influida, o si se trata de un producto autónomo surgido de una base cultural mesoamericana común. Distribuida entre el sureste de México, Belice y Guatemala, exportada a Honduras y El Salvador y posteriormente concentrada en el Yucatán, la civilización maya alcanzó su momento de máximo esplendor entre los siglos III y IX d.C, cuando de repente y sin razón aparente se abandonaron los principales centros de culto. Sin embargo, la religión maya no desapareció, sino que se transformó y empobreció, a causa también de las migraciones toltecas, y nos ha dejado restos que se han conservado hasta nuestros días en las actuales poblaciones autóctonas. Los mayas elaboraron una escritura jeroglífica compleja y alcanzaron gran perfección en el cálculo aritmético, introduciendo la noción del cero, aplicando y perfeccionando el cálculo vigesimal y desarrollando el saber astronómico. Estos conocimientos científicos fueron el fruto de las observaciones astronómicas de los sacerdotes, que probablemente utilizaban las altas torres erigidas en los grandes centros de culto, auténticas ciudades-templo donde se levantaban pirámides escalonadas coronadas por el templo, edificios compactos levantados sobre pedestales y espacios para jugar a la pelota. En torno a estas ciudades-templo se agrupaban los poblados. La sociedad aparece dividida en agricultores, por una parte, y aristocracia y sacerdotes, por la otra. Cuando, después del siglo IX, Yucatán fue invadido por tribus guerreras de lengua náhuatl, se produjo un cambio en las clases dominantes, cuyo resultado fue la supremacía de una aristocracia guerrera, tal vez de origen tolteca, procedente de los valles mexicanos.

El panteón y el culto
La reconstrucción de la religión maya es bastante problemática. Algunas informaciones proceden de los conquistadores españoles, que al entrar en contacto con los mayas apenas hallaron unos pocos vestigios de su espléndido pasado. Tres códices en jeroglífico, los únicos que sobrevivieron a la destrucción provocada por el celo del franciscano español Diego de Landa, el Popol Vuh, texto de la época colonial de carácter mitológico escrito con caracteres latinos en el dialecto de los maya quiche, y los libros de Chilam Balam, de carácter profético, de los yucathecas, presentan una realidad religiosa inseparable de la cultura mesoamericana. A estas pocas y problemáticas informaciones se unen los hallazgos arqueológicos y las inscripciones en jeroglífico. En cualquier caso, aparece un panteón orgánico, funcional y estructurado, con divinidades de aspecto preferentemente antropozoomórfico, equivalentes a los modelos mesoamericanos, con numerosas figuras que presiden las profesiones, las artes y las actividades artesanales y agrícolas. Una dualidad de fondo parece dominar este mundo divino, repartido en divinidades benéficas y protectoras, que favorecen la vida de los hombres y el crecimiento del maíz, como Chac, dios de la lluvia «de larga nariz», y divinidades malvadas y hostiles, que traen la guerra y las malas cosechas. La síntesis de esta dualidad es Itzam Na, figura de Ser supremo, inventor de la escritura, nacido de un reptil de dos cabezas que también es su símbolo, tiene como atributos el sol y la luna, y aparece representado entre dos jaguares. Probablemente, Itzam Na fue precedido por un dios creador, Hunab Ku, que se resolvió en un deus otiosus. Su contrapartida femenina, de características terrestres, es Ix Chebel Yax, protectora de las mujeres, especialmente de las parturientas. Aunque el sol y la luna eran atributos de Itzam Na, constituían una pareja astral, representada por el dios Kin, inventor de la música, y por la diosa Ix Chel, protectora de los nacimientos y de la medicina. También entre los mayas los dioses contribuían a la definición y comprensión del mundo a través de sus coordenadas espaciales y temporales. Para cumplir con esta tarea, algunas divinidades se cuadriplicaban, originando lo que podríamos considerar colectividades míticas y también fraccionamientos de las competencias y de su esencia. De modo que había cuatro Bacab, que sostenían el plano de la tierra, y cuatro Chac, dioses de la lluvia de larga nariz que regaban el mundo, de los que procedían los cuatro puntos cardinales. El universo celeste estaba concebido asimismo como un espacio físico articulado en trece niveles presididos por trece divinidades que, junto con Venus, constituían el centro de atención de la clase sacerdotal. A los trece niveles celestes correspondían nueve niveles inferiores, y las divinidades que presidían unos y otros, en estrecha relación con el calendario litúrgico, podían fundirse en una especie de teocracia (cf. capítulo III, 3), subsumidas en las figuras de Oxlahuntiku y Bolontiku.
Para los agricultores era importante el dios del maíz, representado como un joven que llevaba sobre la cabeza precisamente una espiga de maíz, y al que quizá se le sacrificaba un joven. Dios de la muerte, oculto en las profundidades de la tierra, era Ah Puch, representado como un cadáver en descomposición, que iba acompañado por el perro, el búho y el dios de la guerra.
Con la llegada de los toltecas, las divinidades mayas se mezclaron con los dioses propios de este pueblo guerrero, especialmente Kukulcán en el Yucatán y Gucumatz en Guatemala, teónimos que equivalían a Quetzalcóatl, dios políade de Tula. La aparición de estas divinidades tras la llegada de los toltecas acentuó la práctica del sacrificio humano, introducida según la tradición mítica precisamente por Kukulcán, que también presenta los rasgos del héroe cultural.
Las ceremonias de culto, repartidas según el ciclo festivo previsto por el calendario, estaban bajo la jurisdicción del cuerpo sacerdotal; más tarde, con la dominación tolteca, esta prerrogativa fue repartida entre sacerdotes y órdenes militares. El acto central de las prácticas de culto era el sacrificio humano, realizado para aumentar la fertilidad de la tierra. En este caso las víctimas eran ahogadas en los lagos o en cisternas. En otras ocasiones se practicaba el sacrificio humano en la forma típica mesoamericana, extrayendo el corazón de la víctima a fin de revitalizar el universo, aunque nunca se llegaron a reproducir las matanzas del último período azteca. También tenía carácter ritual el juego de la pelota, para el que se disponían espacios específicos en el interior de la ciudad-templo, y que concluía con la decapitación de los perdedores.
La ofrenda a los dioses, que exigía ayuno y abstinencia sexual y que incluía, además de maíz, miel, tabaco, animales, etc., la sangre de los participantes recogida en recipientes, constituía un circuito de intercambio entre el mundo divino y el humano, medido cíclicamente por el sistema del calendario, en una especie de gran empatía universal de la que el hombre formaba parte y era también motor, puesto que tenía la obligación de restituir a los dioses la «fuerza vital» recibida de ellos, para que el universo no se extinguiera.

El sacerdocio
En la inmensa tela de araña cronológica que gobernaba la existencia con un determinismo casi absoluto, donde cada fracción de tiempo tenía una divinidad que lo presidía, los sacerdotes eran los encargados de distinguir con extraordinaria precisión la divinidad o potencia cósmica que en un momento dado dominaba sobre las demás. Para ello utilizaban textos sagrados, con caracteres pictográficos, en los que estaban registradas las secuencias rituales del año de 260 días y los cálculos astronómicos. El obsesivo cálculo de los ciclos, determinado por la angustia y el temor de que no se renovasen, en cuanto modo de dar sentido a la existencia en el mundo, equivalía a conceder un valor sagrado al tiempo mismo; de ahí que su control estuviera en manos del clero, que administraba los ritmos de la acción del culto.
Los miembros de la clase sacerdotal, que estaba organizada de forma estrictamente jerárquica, procedían de las mismas familias que proporcionaban los soberanos. El cuerpo sacerdotal se distinguía del resto de la población por las vestiduras y por otros signos distintivos. Todas las prácticas de culto estaban sometidas a la jurisdicción de los sumos sacerdotes, de los que dependían los otros sacerdotes jerárquicamente subordinados a ellos. Los sacrificios, especialmente los sacrificios humanos, eran competencia de los «sacerdotes del Sol»; en cambio, los chilanes, una especie de chamanes, por medio del trance actuaban a modo de profetas, además de encargarse de la confesión de quienes habían cometido alguna falta según los códigos de comportamiento.

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