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El calendario y el culto

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La gran importancia de los ritos y el control sistemático de la tradición llevado a cabo por los pontífices desembocaban en una minuciosa elaboración del calendario, que también era competencia del colegio pontifical. Uno de los pontífices se encargaba de observar la luna y anunciaba la primera aparición del cuarto creciente al rex sacrorum, que reunía al pueblo y proclamaba el comienzo del mes,8 indicando en qué fecha recaerían las nonas (nonae), en el primer cuarto de luna, y los idus (idus), en la luna llena.

De este modo, el mes, basado evidentemente en el ciclo lunar, aparecía dividido en tres partes: las calendas, las nonas, llamadas así porque se producían nueve días antes de los idus, que concluían el ciclo. En Roma, como en otras partes, la falta de coincidencia total entre el ciclo lunar, con el que se medía el año solar a través de las lunaciones, y el ciclo solar obligaba a intercalar unos días para cubrir artificialmente el espacio temporal, de modo que, hasta la reforma de César, el número de días del año dependió de la voluntad de los pontífices, con las consecuencias políticas que ello ocasionaba, puesto que incidía en la duración de las magistraturas.

Aunque solamente el calendario de Anzio, descubierto en 1915, es anterior a la reforma de César, la presencia constante de un número de fiestas, que aparecen inalteradas en los distintos calendarios y están confirmadas por el calendario de Anzio, revela la existencia de un núcleo originario que remite sin duda al calendario arcaico. Su institución se atribuía tradicionalmente a Numa, que habría anticipado el comienzo del año a enero y habría elevado a doce los diez meses del anterior calendario, que empezaba en marzo, mantenido como comienzo del año sacral con la renovación del fuego sagrado en el templo de Vesta en las calendas del mes, mientras que febrero era el mes con el que concluía el año.

De modo que el año aparecía distribuido en doce meses, dividido cada uno en tres partes —calendas, nonas e idus—, aunque también existía una partición en ciclos de ocho días (nundinae), marcados por las primeras ocho letras del alfabeto, la primera de las cuales señalaba el día de mercado. También se distribuía el año en días fasti, en los que se podía administrar justicia y se podían celebrar asambleas públicas, y nefasti, en los que estas actividades estaban prohibidas.

Así que el calendario marcaba el ritmo de todas las actividades del año con gran meticulosidad y representaba el control que ejercía Roma sobre el tiempo, simbólicamente «clavado» mediante clavos fijados en la pared del templo de Júpiter Capitolino a partir del año 509 a.C.

En cuanto elaboración cultural mediante la que Roma otorgaba sentido al tiempo y a su transcurso, el calendario se convertía también en un instrumento para canalizar y controlar las suspensiones periódicas del tiempo que representaban los días festivos (feriae).

Las fiestas se distribuían a lo largo de todo el año y esta minuciosa y detallada organización se reflejaba en el culto público (sacra publica), que según el derecho pontifical se celebraba a expensas del estado «entre el pueblo es decir, en los montes, en los poblados, en las curias y en los pequeños santuarios» (Festo, voz publica sacra, p. 278 Lindsay).

Las divinidades mayores eran objeto de culto en las cumbres de los montes, desde donde dominaban la ciudad. Paralelamente a los cultos públicos, se celebraban los cultos privados (sacra privatá), realizados «por cada individuo, familia o estirpe», que representaban la dimensión «personal» de la religión, sintéticamente coherente y complementaria de la organización colectiva de los sacra publica. El estado no contribuía a los gastos de los sacra prívala, sino que debían ser costeados por los ciudadanos privados.

La organización del tiempo y del espacio en sentido sacral, la distribución del culto sobre la base del calendario y del territorio, aunque también personal (sacra privata), son la expresión simbólica y sintética de Roma. La gramática y la sintaxis de los ritos y de los cultos, el panteón, el calendario y la misma topografía sagrada son un reflejo mimético de la ciudad y de su cultura, que se reproducía a través de su propio sistema religioso.

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