La dieta del Dr. Dukan

 

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Datos históricos

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Roma no es más que una de las muchas ciudades distribuidas por la Italia antigua, y no se convirtió en tal hasta aproximadamente el siglo VII a.C. En el territorio había habido asentamientos urbanos desde el siglo VIII a.C., época a la que se remontan las cabañas descubiertas en el Palatino. Otros restos, algunos de origen micénico, hallados entre Etruria meridional, Umbría y el Lacio, se remontan a la segunda mitad del II milenio.
Aunque no sabemos cuáles eran los pueblos autóctonos del Lacio, en la época protohistórica tanto ésta como las otras regiones itálicas ya estaban habitadas por pueblos con los que progresivamente entró en contacto la que se convertiría en la civilización romana. Indoeuropeos de origen y de lengua, los futuros romanos penetraron en la península Itálica desde Europa central, llevando sus costumbres, prácticas, tradiciones religiosas y culturales, instituciones sociales, sistemas de clasificación y técnicas de trabajo, que con el paso del tiempo fueron modificando y adaptando a sus nuevas necesidades. Rodeada por latinos, sabinos y etruscos y, posteriormente, en contacto con óseos, umbros y samnitas, la civilización romana, a diferencia de lo que sucedió en Grecia, no convivió con las otras ciudades-estado que había en el Lacio y en el resto de Italia, ni fue posible ningún tipo de homogeneidad religiosa, porque, aunque la lengua era latina, la religión era romana y para practicarla era imprescindible ser «ciudadanos» de Roma. En este sentido la religión era el sello de identidad.
Antes de convertirse en dominadora, la que será la civilización romana sufre, por una parte, la influencia de la cultura etrusca, que entre los siglos VIII y VII a.C. experimenta un proceso de helenización, y, por otra parte, de las colonias griegas de la Italia meridional. Las ciudades de la Magna Grecia importaron al área itálica el panteón y la rica mitología de la madre patria, con la que nunca dejaron de estar en contacto. A su vez, las ciudades etruscas, en cuyo territorio se han encontrado restos de actividad de cultos protohistóricos procedentes del siglo x a.C., revelan formas de interferencia religiosa con el mundo latino, umbro, samnita y falisco, mientras que, después del siglo VIII a.C., cuando la estructura urbana evoluciona hacia formas complejas, experimentan la fascinación por la cultura griega y también por la púnico-fenicia. De modo que los etruscos tomaron del universo latino, así como del umbro y sabino, divinidades como Maris (Marte), Nethuns (Neptuno), Menerva (Minerva), Satre (Saturno) y Uní (Juno). Posteriormente, este panteón se helenizó debido a la acción de las castas dominantes y de los grupos sacerdotales vinculados a ellas, que veían en la civilización griega un marco de referencia ideal, y también debido a los continuos intercambios comerciales. Se adoptó la rica mitología griega y las divinidades etruscas fueron sometidas a una interpretatio graeca. Zeus ofrece sus propias formas a Tinia, Hera a Uní, Afrodita a Turan, Atenea a Menerva, Poseidón a Nethuns y Deméter a Vei. Una parte del panteón etrusco conservó, no obstante, sus rasgos originarios y, aunque el culto se helenizó, siguió siendo típicamente etrusca la elaboración teórica de los auspicios, aunque compartida con los otros pueblos italiotas, sobre todo en la forma de la arus-picina, que los romanos incluían en la disciplina etrusca.
En este escenario se inserta Roma, que en el transcurso de su formación sufre tantas influencias que es imposible hablar de una «Roma completamente romana en su origen». En cuanto se refiere a su origen, tal vez ni siquiera es posible hablar de influencias. La presencia de los etruscos helenizados, las colonias de la Magna Grecia, el hallazgo de cerámica griega y algunas tradiciones «míticas» nos permiten pensar en Roma como en una franja extrema de la expansión y difusión de la cultura griega, en la que habrían estado inmersos los habitantes de la ciudad. Esto no significa que Roma no elaborara su propia civilización y su propio sistema religioso, adaptados a sus propias necesidades y difundidos más tarde por las ciudades conquistadas. Pero Roma se apropiaba incluso de los dioses «extranjeros» a través de la evocatio (evocación), fórmula ritual de origen antiquísimo, conservada en los archivos de los pontífices y perteneciente tal vez al sustrato indoeuropeo, puesto que la practicaban también los hititas. El comandante debía pronunciarla ante la ciudad enemiga para invitar a los dioses a abandonarla y dirigirse, propicios, a Roma, donde recibirían mayores honores. Una vez sacrificadas las víctimas y consultadas las visceras, tras la evocación se pronunciaba, siguiendo un rígido formulario, la maldición ante la ciudad enemiga y sus ejércitos. Puede considerarse un ejemplo de evocatio la pronunciada en el año 146 a.C. por Escipión el Africano menor ante las murallas de Cartago:
Si hay un dios, si hay una diosa, bajo cuya tutela se hallen el pueblo y la ciudad de Cartago, yo ruego, yo suplico sobre todo a ti, que has acogido bajo tu protección a esta ciudad y a este pueblo, a vosotros os pido: abandonad el pueblo y la ciudad de Cartago, abandonad sus lugares, sus templos, sus ritos y su ciudad, alejaos de ellos, infundid miedo, terror y olvido a ese pueblo y a esa ciudad, pasaos a Roma, venid conmigo y con los míos, nuestros lugares, nuestros templos, nuestros ritos, nuestra ciudad os serán más gratos y más queridos, sedme propicios a mí, al pueblo romano, a mis soldados, haced que lo sepamos y seamos conscientes. Si así lo hacéis, os prometo templos y la celebración de juegos (Macrobio, Saturnales, III, 9.7-9).

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