Desmitificación e historización
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A diferencia de la religión griega y de otros sistemas religiosos, Roma carecía de una mitología. La ciudad destinada a dominar el mundo no tenía pues cosmogonía, ni teogonia ni antropogonía. Tampoco tenía poetas que, como en Grecia, actuaran de «teólogos» o de polos de orientación cosmológica, ni adivinos ni profetas.
El vates, término de origen celta, por lo menos hasta el siglo III a.C., tenía connotaciones negativas. Desde muy antiguo existía conciencia de esta ausencia de mitos, y Dionisio de Halicarnaso la atribuía a una decisión voluntaria de Rómulo, para que de los dioses «sólo se pensara y dijera lo mejor» (Historia antigua romana, II, 18). Cuando aparecen los relatos míticos dedicados a los dioses y a los héroes, son el resultado del proceso de helenización y se refieren a divinidades consideradas afines a las griegas.
Hallamos, no obstante, en el patrimonio tradicional romano narraciones más o menos «fantásticas», pero sus protagonistas son personajes que la tradición romana considera históricos, como Rómulo y Numa, Mucio Escévola y Horacio Coclites; de ahí que estos relatos pasen a formar parte de la historia. También es posible que Roma «desmitificara» intencionadamente su propio patrimonio mítico, coincidiendo con la expansión del culto de Júpiter Óptimo Máximo, que supuso el eclipse de todo el pasado mítico.
Sin embargo, también es cierto que en el siglo VII a.C. Roma realizó una brusca transición a la civilización urbana y, como carecía de artes plásticas y de poesía, no podía fijar sus propios mitos. Además, en la fase de su formación, Roma se hallaba inserta en un clima cultural dominado por la civilización griega y por la etrusca, que dejaron sentir su influencia en la nueva formación urbana.
En las historias de los primeros reyes se pueden reconocer rasgos y tipologías propios de los modelos mitológicos. En este sentido hay que entender la vinculación de Rómulo al mundo divino, como hijo de Marte y rey de Roma por voluntad de Júpiter; o bien la relación de Numa con el propio Júpiter. La aplicación del modelo de la ideología tripartita de los indoeuropeos a estos dos primeros reyes de Roma nos permitiría reconocer en ellos la expresión del doble aspecto de la soberanía, en sus manifestaciones jurídica y sacra.
El rey Tulo Hostilio, por su parte, podría representar la 2º función, debido a su relación con el mundo de la guerra. El rey Anco Marzio podría encarnar parcialmente la 3º función por su relación con el comercio y por la exaltación de los valores económicos. Asimismo, el relato de Livio de la guerra entre romanos y sabinos puede compararse con tradiciones del patrimonio indoeuropeo.
Pero aun admitiendo que los episodios de la Roma primitiva procedan de antiguos mitos pertenecientes al sustrato indoeuropeo, lo cierto es que Roma no se expresó ni se realizó a través de mitos, sino que se orientó hacia una actualidad histórica. A ello debió de contribuir la actividad analística de los pontífices, memoria viva de la ciudad, que entre los siglos IV y III a.C. ordenaron y definieron el patrimonio de Roma.
La orientación que impusieron a la tradición fue recogida y continuada luego por los posteriores analistas y por los poetas, que la perpetuaron. De este modo, el pasado mítico, «desmitificado», se «historificaba» y pasaba al presente, mientras que la orientación ético-conductual que podía proceder del pasado confluía en el modelo ético del mos maiorum, la costumbre de los antepasados.
Si tuviéramos que interpretar ahora el proceso de historización del patrimonio mítico en Roma en el sentido de la «teología tripartita» de Varrón, que distinguía tres clases de teología, una mítica, que correspondía a los poetas, una física, de la que se ocupaban los filósofos, y una cívica o política, que determinaba el papel de los ciudadanos y de los sacerdotes en el estado, los dioses que había que venerar y las formas de culto más beneficiosas para el estado, deberíamos admitir inevitablemente que la elección romana se decantaba por la teología cívica.