La sobrevaloración del rito
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A esta ausencia de mitología le corresponde, en cambio, una exaltación y sobre-valoración del rito. No es casual que «mito» sea un término de origen griego y «rito» sea de origen latino. Etimológicamente relacionado con el védico ría, el término latino ritus significa la actuación exacta y correcta según un modelo tradicional rigurosamente establecido. La palabra se define en relación con sus contrarias, el adjetivo in-ritus, no fijado, inútil, sin eficacia, y el adverbio in-rite, inútilmente, sin eficacia, por lo que, en último término, el rito es la acción eficaz. En una cultura como la romana orientada hacia la historia y, por tanto, hacia la acción humana, el rito debía ocupar necesariamente una posición privilegiada y convertirse en una gramática simbólica, basada en signos y acciones, además de en objetos y espacios.
El sacerdocio
Esto explica que en Roma, aunque no existía una casta sacerdotal cerrada, se creara un sistema ritual controlado por un complejo y articulado cuerpo sacerdotal público, a cuyo frente se colocaba el colegio de los pontífices. De este colegio formaban parte también el rey sacral o rey sacrifículo (rex sacrorum o rex sacrificulo), los quince flámines y las seis -> vestales.
Pero el colegio pontifical sólo proporcionaba las coordenadas de la acción ritual. Había unos cuerpos encargados de ejecutarla y otros que contribuían al mantenimiento del orden propio del rito, que solamente intervenían en determinados momentos de la vida religiosa, como los lupercios en los Lupercalia del 15 de febrero, o los salios, en marzo y en el Armilustrium del 19 de octubre, que danzaban llevando en procesión los sagrados escudos (ancilia) guardados en el templete de Marte. La congregación de los Hermanos Arvales, por su parte, celebraba en mayo ritos destinados a la protección de los campos cultivados, mientras que a la congregación de los Feciales le correspondía la tarea de proporcionar el fundamento sacro a los tratados de paz o a las declaraciones de guerra entre los romanos y otros pueblos.
Los pontífices
Los pontífices —en un principio cinco, que pasaron a ser nueve, quince y finalmente dieciséis con la expansión de Roma y el aumento de sus funciones— lo eran Por cooptación y no por elección pública. Al frente del colegio estaba el pontifex maximus, cuyo cargo era vitalicio. Subordinado al rex sacrorum y al flamen dialis (= de Júpiter) desde el punto de vista de la jerarquía religiosa, era superior a ellos en el terreno de las prerrogativas jurídicas y jurisdiccionales. Era escoltado por los lictores, elegía al rex sacrorum, a los flámines y a las vestales.
Sin embargo, el cuerpo pontifical no era un cuerpo sacerdotal en sentido estricto; sus obligaciones se limitaban al sistema normativo, a la ley, y no incluían la ejecución material de los actos religiosos. Era de su incumbencia el mantenimiento de la tradición. La religiosa estaba condensada en los elencos de los dioses, en los libros de los sacerdotes (libri sacerdotum), en los libros pontificales (pontificum librí) y en los libros sagrados. La jurídico-normativa tenía que ser registrada en los Commen-tarii de los pontífices. La tradición histórica estaba contenida en los Annali Massimi, donde se registraban los acontecimientos ocurridos en Roma año por año. Además de los Annali, redactaban también los Fasti, donde aparecían anotados los magistrados elegidos anualmente, lo que les servía para llevar un control del tiempo que desembocaba en la redacción del calendario. En este sentido, los pontífices eran la memoria viva de Roma, y a sus registros se remitieron todos los historiadores posteriores. De todos modos, su ámbito de acción quedaba circunscrito a la esfera de lo sagrado, y como depositarios del saber tradicional tenían la obligación de proporcionar una minuciosa y detallada información sobre cualquier ámbito de la actuación religiosa, tanto en el sentido amplio del culto como en el más restringido del rito. Como controladores supremos de todas las acciones rituales, su esfera de competencias se cerraba en torno al ius divinum, el derecho divino. En términos más sencillos, de ellos se esperaba que definieran «qué era sagrado, qué era profano, qué era santo y qué era religioso» (Macrobio, I, Saturnales, III, 3, 1).
Rex sacrorum y flámines.
Subordinados al pontifex maximus estaban el rex sacrorum y el flamen dialis, que pueden aparecer como un doble recíproco. El rex sacrorum es como un resto de la monarquía, cuya crisis se renovaba simbólica y ritualmente en el regifugium o huida del rey del 24 de febrero, a finales del año según el antiguo calendario. Su cargo era vitalicio y estaba condicionado al hecho de que hubiera contraído matrimonio solemne por confarreatio. Las obligaciones del rex sacrorum y de su mujer, que ostentaba el título de regina, eran exclusivamente religiosas. Si la regina, a comienzos de cada mes, ofrece un sacrificio a Juno, el rex sacrorum el mismo día hace un sacrificio a Jano y, en los Agonalia del 9 de enero, inaugura el año con el sacrificio de un carnero, con lo que aparece como el equivalente humano de Jano: dado que Jano es el dios de los orígenes en el plano cósmico, al rey corresponden los orígenes en el plano humano y, por lo tanto, los orígenes de la historia. El flamen dialis, según la tradición romana, es el producto de una renuncia voluntaria del rey a una parte de sus funciones. También era un cargo vitalicio, subordinado al hecho de que el elegido hubiera contraído solemne matrimonio por confarreatio. La investidura no podía ser rechazada y esta pasividad marca toda la vida del flamen, condicionada por un elevadísimo número de prohibiciones que configuran su función como un «no hacer». Encarna la personalidad divina del rey, que en el plano metahistórico es Júpiter, el único y auténtico rey de Roma tras la llegada de la república, y que en el plano histórico está despojado de sus funciones reales y políticas.
Junto con los flámines de Marte y de Quirino, el flamen de Júpiter reproducía la tríada precapitolina en el plano del culto y del rito. Los tres constituían los flámines mayores, a los que seguían como subalternos los doce flámines menores, consagrado cada uno de ellos explícitamente al culto de una divinidad.
Augurios
Orientada en un sentido histórico, Roma excluyó de su horizonte cualquier previsión de futuro, pero, en cambio, impulsó la necesidad de sondear la voluntad divina, y especialmente de Júpiter, que regía el presente «histórico» y ritual de la ciudad. A tal fin se creó un colegio de augures, desvinculados de la autoridad del pontífice, que elaboraron una técnica adivinatoria específica, la disciplina augural, compartida con los otros pueblos itálicos. Puesto que la vida de Roma se basaba y dependía de la enunciación de la voluntad de Júpiter —el fatum, que era la «voz de Júpiter»—, la interpretación de ese enunciado resultaba imprescindible para la existencia misma de Roma. Sin embargo, no se trataba tanto de una predicción de futuro como de una autorización para actuar en el caso de una acción ya programada, o una denegación.
Los augurios, como las otras formas de adivinación de las que Roma se había apropiado, especialmente la Etrusca disciplina, cuyos depositarios eran los arúspices y que se basaba en la estispicina y en la hepatoscopia, se traducían en una «escritura» representada por los signos de los pájaros y por los signos con los que el augur delimitaba su campo visual dentro del que debía leer el vuelo de los pájaros; una escritura que se planteaba como complemento de la historia recogida en la redacción de los Annali y los Fasti por parte de los pontífices.