La teología romana: las tríadas y el panteón
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Quirino, divinidad «local» romana, se representa como el dios de los romanos, es decir, de los quintes, los hombres organizados en cuña. Quirino, en la forma Co-uiri-no, quirites, co-uiri-tes, y curia, co-ui-ria, tendrían una misma formación, y la curia era el lugar donde al principio se reunían los hombres de la ciudad. Quirino debía de ser, en definitiva, la divinidad tutelar de todos los hombres adultos. La pertenencia a una tríada, que no parece casual y cuyos dos primeros integrantes, Júpiter y Marte, gobiernan, respectivamente, el espacio de la sacralidad-soberanía y el espacio de la guerra, puede inducir a situar a Quirino como divinidad tutelar de la 3º función de la ideología tripartita de los indoeuropeos. En este sentido parece que hay que interpretar la fiesta de los Quirinalia, que se celebraba el 17 de febrero y concluía el ciclo iniciado con los Fornacalia, fiesta móvil de febrero, que tomaba el nombre del horno utilizado para la torrefacción del farro. Cada curia la celebraba de forma autónoma; se trataba de una especie de fiesta de acción de gracias, a cuyo término el grano tostado podía entrar en los circuitos de consumo. El que no había tenido tiempo de celebrar un sacrificio durante los Fornacalia podía hacerlo en los Quirinalia, fiesta de síntesis, que reunía a todos los quirites sin distinciones ni divisiones sociales de ninguna clase. Aunque el papel de Quirino había sido al principio el de un dios de la 3º función, con el tiempo fue asumiendo una función politica y cívica. Y con el tiempo probablemente Quirino fue asimilado a Rómulo, de modo que Quirino sería Rómulo divinizado. O también es posible que se trate de la misma figura, que Roma dividió en las personas de Rómulo, el hijo de Marte fundador de la ciudad, y de Quirino, en el que Rómulo se transforma por voluntad de Júpiter y a través de la mediación de Marte.
Posteriormente, esta tríada arcaica o precapitolina fue sustituida por la tríada capitolina, formada por Júpiter, Juno y Minerva, construida evidentemente sobre el modelo griego de Zeus, Hera y Atenea; las dos diosas disponían cada una de una cámara en el templo de Júpiter en el Campidoglio. Juno, esposa de Júpiter, le complementa en el ámbito del control del tiempo, puesto que a ella le corresponden las calendas, los comienzos de cada mes, cuando las noches son oscuras debido a la luna nueva, mientras que Júpiter es el señor de las noches luminosas, en los idus, cuando hay luna llena. Pero también complementa a Júpiter en el plano político, puesto que Juno, venerada en el Campidoglio como Juno Reina a cuyo servicio está dedicada a flaminica, esposa del flamen de Júpiter, representa la mitad «femenina» del estado. Relacionada con los orígenes, interpretados en el sentido de «hacer nacer», protectora de la fecundidad femenina e invocada, por tanto, como Lucina en los partos y como Caprotina el 7 de julio, en las Nonae Caprotinae, una fiesta exclusivamente femenina en la que se celebraba un sacrificio propiciatorio de la fertilidad, Juno se dividía en una luno individual, por la que cada mujer se sentía representada, y en una luno pública, que protegía de forma colectiva a todas las mujeres casadas.
Minerva es casi con toda seguridad una divinidad de origen etrusco, poco extendida entre los pueblos itálicos. «Evocada» de Palería tras la toma de la ciudad en el año 241 a.C., la diosa se asentó en Roma en un templete a los pies del Celio, el sacellum Minervae Captae (templete de Minerva Capturada). Aparte de este templete, de un templo en el Aventino y de la cámara en el templo de Júpiter en el Campidoglio, Roma no dedicó otros lugares a la diosa. También es pobre su teología, que puede resumirse en la función de divinidad tutelar de las artes, de los oficios y de quienes los practican, celebrada en las Quinquatrus, el 19 de marzo. A pesar de esto y de su precoz helenización, Minerva completa y casi concluye eficazmente el proceso de organización del cosmos, uniendo la tríada arcaica con la tríada capitolina a través de su inserción en el ciclo festivo de Marte. Como titular de las artes, es decir, de la «cultura», proporciona más tarde al nuevo Júpiter romano que, tras la instauración de la república, había asumido las prerrogativas específicas de la soberanía, los instrumentos «culturales» que permitían confiar temporalmente el poder soberano (imperium) a los más altos magistrados romanos, que habían sustituido a los reyes.
Por debajo de estas divinidades y, sobre todo, por debajo de la tríada capitolina y de Jano y Vesta, había un total de doce dioses, cuya evidente posición subordinada se deduce del hecho de que estaban dedicados a su servicio los doce flámines menores. Estos dioses, cuyos nombres derivan de los de cada uno de los flámines, también contribuían a la organización del cosmos mediante las funciones que, respectivamente, encarnaban. En este panorama destaca la figura de Ceres, divinidad del crecimiento y de la fertilidad agrícola, identificada con la griega Deméter desde la época arcaica, que con el tiempo se convertirá en la diosa tutelar de la plebe, del mismo modo que de la plebe procedía el flamen que se ocupaba de su culto.