Aquí es Cristo en persona el que acoge al hombre, atribulado por las dificultades del camino, y le conforta con el calor de su comprensión y de su amor. Es en la Eucaristía donde encuentran su plena realización aquellas dulces palabras: «Venid a Mí todos los que estáis fatigados y oprimidos, que Yo os aliviaré.»
Juan Pablo II
Sólo mediante la Eucaristía es posible vivir las virtudes heroicas del cristianismo: la caridad hasta el perdón de los enemigos, hasta el amor a quien nos hace sufrir, hasta el don de la propia vida por el prójimo; la castidad en cualquier edad y situación de la vida; la paciencia, especialmente en el dolor y cuando se está desconcertado…
Recibir la Eucaristía significa transformarse en Cristo, permanecer en Él, vivir para Él. El cristiano, en el fondo, debe tener una sola preocupación y una sola ambición: vivir para Cristo, tratando de imitarlo en la obediencia suprema al Padre, en la aceptación de la vida y de la historia, en la total dedicación a la caridad, en la bondad comprensiva y sin embargo austera. Por esto, la Eucaristía se convierte en programa de vida.
En cada misa escuchamos juntos la Palabra de Dios, damos gracias expresamente a Dios por las grandes cosas que nos ha hecho, le pedimos en el nombre de Jesús que nos dé fuerza para llevar una vida realmente cristiana. En cada misa celebramos la muerte y resurrección del Señor. En cada misa podemos aprender a conocer mejor a Jesús.
Se ve nuestra unión con Jesús Eucaristía en si tratamos o no de estar reconciliados con nuestros enemigos, en si perdonamos a quienes nos hieren u ofenden. Quedará verificado si practicamos en la vida lo que nos enseña nuestra fe.
La autenticidad de nuestra unión con Jesús sacramentado ha de traducirse en nuestro amor verdadero a todos los hombres, empezando por quienes están más próximos. Habrá de notarse en el modo de tratar a la propia familia, compañeros y vecinos; en el empeño por vivir en paz con todos; en la prontitud para reconciliarse y perdonar cuando sea necesario.
El auténtico sentido de la Eucaristía se convierte de por sí en escuela de amor activo al prójimo.