La dieta del Dr. Dukan

 

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Angustia, paz y confianza

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La muerte es siempre, humana y naturalmente, fuente de angustia. Es el miedo a la destrucción, a la aniquilación, es la pena de no seguir viviendo lo que estamos viviendo y a lo que estamos adheridos en este mundo: sentimientos, afecciones, sensaciones, esperanzas, energías, etc.

El mismo ser humano, cristiano o no, no tiene la expe­riencia de su muerte, experiencia en el sentido de lo que se ha vivido. A lo sumo, uno asiste ocasionalmente a la muerte de los otros, pero todavía ahí no se trata propia­mente hablando de una experiencia de la muerte, ya que uno no puede ponerse en el lugar del que muere; uno no es más que un testigo. Esta situación interna de «miedo y pavor» se encuentra en la Biblia.

Pero quienes tienen fe en Cristo resucitado pueden lu­char contra ese miedo, sabiéndose llamados a la resurrec­ción, no por sus propios méritos, sino por el amor infinita­mente misericordioso de Dios, que invita a todo ser a vivir eternamente...

Así que la muerte ya no es un final definitivo sino sólo provisional; es «tránsito» de una vida «terrestre», marcada por la corruptibilidad, a una vida incorruptible, o vida eterna, que, a los ojos de la tradición cristiana, es la vida verdadera.

Por eso los cristianos de los primeros siglos, y aún hoy los cristianos ortodoxos, hablan de «nacimiento en el cielo» poniendo el acento en la idea de un comienzo. Esta fe está formulada en la última afirmación del Credo Niceno-Constantinopolitano que se reza en la liturgia, al menos, todos los domingos: «Espero la resurrección de los muertos y la vida del mundo futuro».

Dentro de esta perspectiva, la muerte se asocia, o de­bería asociarse, a la alegría y a la confianza. Por eso algu­nas comunidades cantan en las vísperas del día de difun­tos, el 1° de noviembre al atardecer: «Tú, Señor, cuya Providencia supera el entendimiento y dispone el mundo para la felicidad eterna, has fijado a cada uno la hora y la forma de su muerte...».

Más aún, con el sentimiento de confianza con que Dios prepara al hombre a vivir de la vida divina: «Dios, dice San Atanasio, se hizo hombre para que éste llegue a ser Dios», la muerte es evocada con frecuencia por los Padres como algo benéfico. San Ireneo, por ejemplo, escribe:

«Dios arrojó al hombre del paraíso y lo alejó del árbol de la vida. No es que él le rehusase por celos este árbol de vida, como algunos han tenido la audacia de afirmar, sino que lo hizo por piedad, para que el hombre no quedase para siempre como transgresor, para que el pecado, que en él residía, no fuese inmortal y el mal no fuese ilimitado e incurable».