El budismo del Gran Vehículo
![]()
En el seno del budismo del Gran Vehículo, se desarrolla una reflexión intensamente viva acerca de la naturaleza misma del Estado de Vigilia. Ya no se queda en la sola figura de un Buda histórico, sino que se aborda más bien la totalidad de lo que es el Buda. Para la esencia del Estado de Vigilia, se concibe la posibilidad de manifestarse en diversos planos. Y en este contexto es donde se ve aparecer la noción de «Tierra Pura», unos terrenos situados en un plano distinto del de nuestro mundo fenoménico, y en los que enseñan unos Budas particulares, como Amida.
Amitaba, más conocido aún por su nombre japonés, Amida, gozó de una popularidad sin precedentes en Extremo Oriente. Los textos relativos a él cuentan cómo, en un pasado lejano, el futuro Amida, que entonces sólo era un simple monje, emite un deseo: alcanzar el estado del Buda y poder «reinar» en una Tierra Pura donde acogería a todos aquéllos que expresaran su deseo sincero.
No hacía falta más para cristalizar la esperanza de los devotos, sobre todo en tiempos turbulentos como los conocidos en China y Japón varias veces en su historia. Entonces, se desea después de la muerte renacer junto a Amida, última etapa que permite un avance rápido en la escucha directa de la enseñanza de un Buda, antes de la última Liberación, término definitivo en el ciclo del samsara.
Una rama específica del budismo, llamada habitual-mente «amidismo» y que algunos han calificado de budismo de la fe, se constituyó en torno a esta destacada figura. Se implantaron ritos propios, destinados a fortalecer la plena confianza del devoto en la capacidad salvadora de Amida -al moribundo, por ejemplo, se le atan las manos con un cordón a una imagen esculpida- y a dirigir el espíritu del difunto a la Tierra Pura: se reúne a su cabecera cuanto puede hacerle pensar en Amida, unos monjes recitan los textos que describen la Tierra Pura, quien se llama «amigo de bien» permanece junto a él hasta el último momento, ayudándole a repetir el nenbutsu, fórmula de invocación a Amida...
El budismo del Gran Vehículo otorga igualmente un puesto preponderante a los bodhisattva. Son definidos éstos como seres de pura compasión que, en un estadio avanzado de su progreso espiritual, optan con plena lucidez por postergar su propia salvación para dedicarse por entero a llevar a los demás a ella.
Uno de ellos, Jizo en japonés, goza, como Amida, de una popularidad excepcional en el budismo de Extremo Oriente.
Sus funciones son de hecho múltiples -es también protector de los viajeros y los niños-, pero prioritariamente
prevalece su función interventora en los infiernos. Jizo, como «abogado» que pleitea a favor del difunto durante el juicio, no duda en asumir los tormentos en lugar de los condenados a quienes entrega su infinita compasión.
Su imagen es la de un monje sencillamente vestido, que lleva en una mano una joya y, en la otra, el «cetro» monástico. Pintada o tallada, está en los edificios religiosos, donde puede, como en las pagodas vietnamitas, velar por las urnas cinerarias, y en las necrópolis. La devoción a ella se expresa con un redoblado fervor durante las celebraciones de la fiesta de los Muertos.