El cuerpo del difunto en China y en Japón
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La importancia otorgada en China a la integridad física del cuerpo (si se mantiene intacto, el alma puede retornar a él) sigue aún hoy, en este país, obstaculizando la práctica de la cremación, a pesar de las fuertes presiones de las autoridades políticas, movidas, sin duda alguna, por preocupaciones higiénicas y económicas más que por motivos espirituales.
En cambio, en el Japón, la entrada del budismo, que acepta hacerse cargo de los ritos funerarios, resuelve muchos problemas. La cremación es ampliamente aceptada y se lleva a cabo un reparto armonioso de las tareas con el shinto, término bajo el cual se reagrupa el conjunto bastante dispar de creencias y ritos anteriores al budismo, y en cuyo seno la muerte se veía como algo impuro que manchaba a hombres y lugares.
Todavía hoy en estos países, donde es natural sentirse a la vez shinto y budista, el budismo está en las mentes muy asociado a la muerte, a las ceremonias que la rodean y al futuro de los difuntos.
China y Japón cuentan con una tradición minoritaria de momificación, más o menos natural, de los cuerpos de maestros afamados difuntos. En la misma área geográfica existe igualmente una tradición de suicidio por el fuego, también minoritaria. El budismo rechaza, en principio, el suicidio, pero el apoyo de un texto relativamente tardío permite, en este caso particular, indicar que no se trata de un suicidio verdadero, sino de una ofrenda del propio cuerpo en forma de luz.
seppuku japonés, más conocido por los occidentales como «hara-kiri», no tiene relación directa con el budismo.
En el budismo tibetano se conocen dos fenómenos particularmente interesantes y espectaculares con respecto al proceso muerte-renacimiento. Son los dag-log y los tulku. Ambos están atestiguados sólo a partir de una fecha relativamente tardía, alrededor del siglo XII.
El dag-log, «el que viene del más allá», se podría prácticamente equiparar a las experiencias de muerte inminente, es decir, a las personas declaradas muertas y que retornan a la vida. Estos casos se comienzan a estudiar seriamente en Occidente. El dag-log se muere, por ejemplo, de una enfermedad, pero vuelve al mundo de los vivos encargado de una misión, que es dar testimonio de su viaje y de lo que ha visto. Tiene el papel de docente, de adivino, de intermediario con los difuntos.
Al contrario del dag-log, que, en un sentido, «padece» el fenómeno, el tulku elige deliberadamente su destino: «reencarnarse» por propia voluntad. Selecciona igualmente la naturaleza de su reencarnación, a fin de poder actuar lo mejor posible en beneficio de todos los seres. El proceso del reconocimiento del niño que se supone es su reencarnación es largo y complejo. De esta manera son elegidos los dalai-lama.
determinada horquilla cronológica después de la desaparición del Maestro. Los rasgos físicos y el comportamiento del niño para con los religiosos permiten aquilatar el «diagnóstico». El niño lo dejará después definitivamente zanjado al reconocer los objetos que pertenecieron a su anterior encarnación.
Sin embargo, el proceso no parece del todo infalible. Para prueba, están las críticas que la historia antigua, como la reciente, nos proporciona sobre el nombramiento de algunos importantes jefes religiosos tibetanos. Y en la mayoría de estos casos problemáticos, la política nunca está ausente...
Más aún, en el terreno de la literatura budista relativa a la muerte es donde el budismo tibetano aporta su poderosa contribución con una obra que ha alcanzado una celebridad sin igual, el Bardo Thodol.