El individuo, una combinación de agregados
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Khandha tiene varios significados, pero sobre todo comprende, en el vocabulario budista, los cinco «constitutivos psico-físicos» de la entidad convencional que se designa por «persona» o «individuo». Esos cinco constitutivos, una especie de grupos de energías psico-físicas, son la materia, las sensaciones, las percepciones, las formaciones mentales y la conciencia. El contenido de cada uno de ellos se analiza detalladamente en textos de profundización de la doctrina compuestos algún tiempo después de la desaparición del Buda y designados globalmente con la denominación de «Abhidhamma».
Un individuo, en la perspectiva budista, no es más que una combinación transitoria de esos cinco agregados, que en sí son inestables y están en perpetuo cambio.
La vida es una sucesión de instantes, tan cercanos unos de otros que producen la ilusión de una continuidad. Sin embargo, nacemos y morimos en cada instante. Sin cesar se producen imperceptibles cambios a los que no les prestamos ninguna atención. Pero, con el tiempo, aparecen algunos cambios, cambios físicos en particular: arrugas, canas, dolores... Cambios difícilmente aceptados, incluso negados por toda clase de medios. Hasta que sobreviene EL cambio, la muerte, cuya perspectiva se rechaza con horror. Pero solamente la perspectiva. Porque a la muerte nadie puede escapar.
«Lo mismo que personas famosas de este mundo han muerto, así yo, sin duda alguna, moriré también, la muerte me acecha.
La muerte acompaña constantemente el nacimiento, buscando como un asesino una ocasión para matar» .
La enseñanza budista, en parte, apunta a esto, a aprender a ver las cosas -especialmente la muerte- tal como son, y no a engañarnos con un dulce sueño. Y, viendo las cosas tal como son, aceptarlas con un talante ecuánime. La actitud mental budista es ante todo realista.
La muerte forma parte de un proceso natural, es en cierto modo la otra cara de la vida.
De una existencia a otra
El cuerpo físico se desgasta. La combinación transitoria de los agregados que componían un ser individual se disgrega. Pero no es el fin de los agregados. Ellos siguen su juego en el mundo, y lo seguirán practicando bajo otra forma.
Nos encontramos ante uno de los puntos más delicados y discutidos de la enseñanza del Buda, la doctrina llamada «anatta». Sostiene que el ser convencional, el individuo que se designa con cualquier nombre, es en realidad un compuesto psico-fisiológico temporal. Está formado de cinco agregados, sin que se pueda reconocer un principio permanente personal, eventualmente de esencia divina, que sea factor de continuidad de una existencia a otra, dado que nos colocamos en la perspectiva de un ciclo de nacimiento y muertes.
El budismo, por tanto, no afirma ni tampoco niega formalmente la existencia de ese principio permanente. El mismo Buda, cuando se le preguntaba sobre el tema, optaba muchas veces por el silencio a modo de respuesta. Expresa de esta manera su deseo de no pronunciarse ni a favor ni en contra de las doctrinas eternalistas y de las teorías nihilistas.
Con todo, se puede decir que lo que transmigra de una existencia a otra no es comparable a lo que se entiende por alma, en el sentido cristiano o hindú del término.
La imagen del carro tal vez permite aclarar algo esta doctrina. Está tomada de un texto muy conocido: Las preguntas de Milinda, compuesto después de la desaparición del Buda. Es una especie de «catecismo» budista redactado en forma de preguntas y respuestas intercambiadas por un soberano histórico del norte de la India, Milinda, y el monje Nagasena, de cuya historicidad se duda.
La no afirmación de un principio personal permanente, capaz de asegurar el paso de una existencia a otra, hace más difícil evidentemente la explicación del proceso del renacimiento en la perspectiva budista. Uno puede igualmente plantearse la cuestión: ¿qué es transmigrar? ¿El individuo Y, supuesto renacimiento del individuo X, es semejante a éste o radicalmente diferente?
El rey Milinda también le planteó la cuestión al religioso:
«¿Quién renace, el mismo o algún otro?»
«Ni el mismo, ni otro», le responde el monje.
Se ha de considerar su respuesta a la luz de nuevas comparaciones imaginadas.
«-Si una antorcha se enciende, ¿puede arder toda la noche?
-Seguramente.
-¿La llama de la última vigilia es la misma que la llama de la segunda, y ésta, la misma que la de la primera vigilia?
-No.
-Luego ¿hay una antorcha diferente en cada una de las tres vigilias?
-No. La antorcha que ha ardido toda la noche es la misma.
-De la misma manera, maharajá, el encadenamiento de los dhamma es continuo; aparece uno al tiempo que el otro desaparece; entre ellos, por así decir, no hay ni un precedente ni un siguiente. Luego no es ni el mismo ni ningún otro que recoja el último acto de conciencia».
Otra comparación propuesta:
«Si la cuestión es la leche que seguidamente se convierte en leche cuajada, luego en mantequilla fresca y más tarde en refinada, ¿uno está en su derecho de decir que la leche fresca es la misma que la cuajada, que la mantequilla fresca y que la refinada?
-No, pero todas proceden de la misma».
El último pensamiento del moribundo
El budismo le atribuye un lugar importante al pensamiento a lo largo de la vida y en el instante de la muerte.
Durante una existencia, se realizan actos (en pali, kamma). Su valor moral -en gran manera, aunque intervienen otros factores- legitima la felicidad o el infortunio en las existencias ulteriores. Pero, en la óptica budista, solamente el acto voluntario, el acto precedido de un pensamiento, trae consecuencias.
En esto hay una ley natural y no sanción o recompensa que provenga de alguna entidad superior.
Todas las escuelas budistas están de acuerdo en reconocer la gran importancia que tiene el último pensamiento del moribundo para el renacimiento ulterior. Algunas incluso afirman que, bien orientado en el momento crucial, el pensamiento puede desviar la orientación impresa por el kamma.
Los textos budistas pali, no en los sermones del Buda sino en los textos más tardíos de profundización de la doctrina, han desarrollado la reflexión sobre el proceso del pensamiento del moribundo para analizar sus etapas sucesivas de manera más detallada.
Se enseñan así las imágenes que pueden presentarse al espíritu del moribundo: el recuerdo de un acto bueno o malo, una imagen simbólica correspondiente a un acto que él solía repetir con frecuencia cuando vivía, o también una imagen mental que corresponde a la existencia a la que lo predispone el karma.
El proceso concluye, por decir así, en el momento que denominan los textos «conciencia de conexión» porque se produce no en el moribundo, sino en el ser producido, concebido, en alguna parte, asegurando así la «conexión» del nuevo ser, el vínculo con la nueva vida.
Esta importancia atribuida al pensamiento, al estado anímico de quien se va, tiene su influjo en los ritos budistas de la muerte.