La dieta del Dr. Dukan

 

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El más allá de la muerte en las religiones

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Se podría establecer también, siguiendo a algunos autores, una distinción entre las propuestas escatológicas a partir, precisamente, de los lugares adonde el difunto llega, con frecuencia después de un prolongado y difícil viaje. Se diseñaría así un auténtico mapa, complejo y evolutivo, del mundo de los muertos. Es éste un mundo separado y jerarquizado, porque, si bien en las religiones más antiguas todos los muertos van a un mismo lugar, sea, a veces, a las entrañas de la tierra, sea a una isla lejana, la distinción entre buenos y malos conduce a diferenciar infiernos y paraísos.
El paraíso, la mayoría de las veces, se coloca en los cielos; en el budismo, por ejemplo, se distribuye en múltiples cielos, mientras que el cristianismo, en los primeros tiempos, localiza el Reino en el cielo. En el Islam el paraíso, jardín regado por cuatro ríos, está en un lugar elevado y comprende siete niveles, etc. Los infiernos, muy frecuentemente, cuentan también con varias comarcas donde los castigos son más o menos dolorosos y prolongados.
Por último, puede haber lugares intermedios, como el purgatorio, región mal localizada de sufrimiento temporal y purificador, implantada en el siglo XI, sólo en el cristianismo. Más adelante, en el siglo XIII, Santo Tomas de Aquino se opondría a estas localizaciones geográficas y optaría por una interpretación espiritual; para él, esos diferentes lugares no son lugares fuera de la persona sino estados de conciencia.
El hombre religioso ha obedecido, por tanto, a una necesidad profunda de localizar el mundo de los muertos.
Después de este intento de clasificación espacial, ¿es posible proponer una clasificación temporal? La distinción fundamental estaría entonces entre las religiones que hablan de un tiempo lineal de la creación hasta el final de los tiempos -judaismo, cristianismo e Islam- y aquellas otras que, como las religiones orientales, piensan un tiempo cíclico, un tiempo sin principio absoluto y sin final definitivo en este mundo, simplemente un retorno eterno. En el primer caso, el del tiempo lineal, la muerte personal cierra definitivamente el paso a la vida en este mundo; en el segundo, el del tiempo cíclico, la muerte personal es temporal, a la espera de una reencarnación.
Formas diferentes de vida postuma, lugares diferentes de permanencia, unicidad o multiplicidad de esas estancias... las puertas de la muerte se abren en cada religión a un más allá específico.
Sin embargo el homo religiosus, colocando naturalmente su muerte en la continuidad y la dependencia de su vida, se pregunta sobre lo que determina, justamente, la dirección impuesta a quien franquea el umbral de las moradas de los difuntos, dirección paradisíaca o infernal.
De ahí la frecuencia de la creencia en un juicio de los muertos. El más conocido es probablemente el que se practicaba en la religión egipcia. Lo vemos en las pinturas murales. En ellas está Anubis, el dios con cabeza de chacal, pesando el corazón del difunto, mientras que Tot, el dios con cabeza de ibis, anota el resultado del peso. El difunto entonces comparece ante el tribunal de Osiris. Si no ha respetado a Maat, el orden social y cósmico, se le impone una «segunda muerte», y si lo ha respetado, el tribunal lo declara Maati, conforme a Maat, y entra en el paraíso de los muertos.
También en la religión irania, zoroástrica, existe, tres días después de la muerte, un proceso solemne del alma: los malos son arrojados al infierno, donde padecen penas variables en secciones superpuestas.
En la religión judía hay que esperar varios siglos para que se empiece a hablar de la posible separación de buenos y malos, de un juicio colectivo y un juicio particular.
En cambio, los Padres de la Iglesia, desde los primeros siglos, anuncian, en la religión cristiana, un Juicio final a la terminación del mundo precedido de un juicio particular. Por tanto, un doble juicio.
La tradición musulmana prevé también un juicio del alma después de la muerte. El alma, nada más producirse el fallecimiento, es conminada a expresar su fe, recitando la Sahada, antes de ser juzgada por Dios después de la resurrección general.
Por tanto, aunque lo ignoran algunas religiones, como la chamánica y las tradicionales africanas, el juicio de los muertos responde, en muchas otras, a una exigencia ética del homo religiosus. La organización de los tribunales del más allá, sus actores y la naturaleza de los castigos y recompensas que en ellos se aplican dependen claramente de las creencias, pero también de las sociedades en que esas religiones se desarrollan, de sus costumbres, de su concepción de la justicia, de los valores que en ellas se defienden y de su jerarquización.
Antes de concluir este breve estudio sobre el más allá en las religiones, conviene subrayar que esas representaciones espaciales y temporales de una vida ulterior diferenciada y esos juicios de los muertos tienen un significado simbólico. Y esto quiere decir que la imaginación humana se sirve de las realidades cósmicas y sociales para poner rostro a una esperanza cuya realización figurativa está más allá de la capacidad de la mente.