La dieta del Dr. Dukan

 

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El más allá de la muerte en las religiones

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Las representaciones de ese más allá y las condiciones de acceso a él son, según las tradiciones religiosas, variadas y complejas.
En efecto, dependen en primer lugar del discurso sobre Dios, los dioses, o los espíritus o sobre cualquier otra realidad que trascienda de la naturaleza sensible, porque sin lo sobrenatural se hace difícil imaginar un «después de la muerte». La representación del más allá depende, por tanto, de una «teología».
Si Dios es, como en los tres monoteísmos abrahámicos, un Dios persona que ha hecho el mundo y al hombre con sus manos, ese más allá es el lugar donde el ser humano creado, en la beatitud, puede unirse a ese Dios. Si no existe un Dios creador, como en el budismo por ejemplo, ese más allá no será posibilidad de realización por encuentro con un Dios/Absoluto, sino liberación de las ilusiones y los errores del hombre sobre sí mismo y sobre el mundo, abandono de la ignorancia y un despertar a la Verdad.
Si, como en las religiones arcaicas y tradicionales, el mundo visible está penetrado por fuerzas invisibles, el más allá será entrada a lo invisible que no apartará por entero de lo visible, del mundo de los vivos, etc.
Por otra parte, dado que la descomposición del cuerpo les enseña a los supervivientes que el hombre cambia de estatus, la antropología, entendida como ciencia de los elementos que componen al hombre, influye en la visión del más allá propuesta a los creyentes. Ahora bien, las antropologías son múltiples.
En la tradición occidental, ampliamente heredera del pensamiento griego, el hombre es cuerpo, alma y espíritu. El africano se ve como un «nudo de participación»: su ser está compuesto de numerosos elementos, variables según las etnias (cuerpo, corazón, soplo, sombra, espíritu, etc.), religados a categorías de lo invisible (genio, espíritu de los ancestros), mientras que en el budismo el hombre no es más que el ensamblaje de los «cinco agregados de adicción», etc.
Dentro de estos diversos compuestos humanos, ¿qué es lo que va a sobrevivir en el más allá, según las diferentes religiones? ¿Y a costa de qué metamorfosis, de qué exigencias éticas y rituales y por cuánto tiempo? Y otras muchas preguntas a las que cada religión aporta las respuestas concordes con su mensaje.
Añadamos que las mismas condiciones de la muerte: muerte accidental, violenta, prematura, voluntaria..., condicionan la vida póstuma. Baste recordar que, en opinión de un Padre de la Iglesia del siglo II, el martirio era «la única llave del paraíso», pero, por el contrario, en el cristianismo quien ponía fin deliberadamente a su vida recibía en el más allá penas eternas. En el Islam, así mismo, los castigos del infierno aguardan al suicida. Y, sin embargo, las religiones chinas y japonesas admiten y, a veces, recomiendan la muerte voluntaria.
Una diversidad teológica y antropológica tan notable, a la que se une el peso de las costumbres y las culturas, no puede más que generar una multiplicidad de visiones escatológicas. En la imposibilidad de exponerlas todas, nos vemos obligados, por tanto, a limitarnos a algunas clasificaciones imperfectas.
La primera se dedica a distinguir las formas de vida reservadas a los difuntos.
Puede ser, como en la religión griega por ejemplo, una vida disminuida. Los muertos, en el Hades, no son más que unas sombras sin fuerza, sin memoria, con tinieblas por capucha.
Igualmente, según varios textos de la Biblia hebrea, la vida póstuma en el Sheol es una existencia oscura, inerte, sin consistencia (Salmos 143, 3; Job 10, 21; 26, 5).
Puede ser, por el contrario, una vida enaltecida: la muerte comporta una exaltación en positivo o en negativo, es decir, una felicidad o una desgracia muy superior a la de los vivos. Significativo al respecto es el caso de los indios creek, que se imaginan la vida póstuma como la estancia en un país donde la caza sobreabunda, donde las fuentes jamás se secan y donde los cereales se dan todo el año.
A no ser que sea una existencia terrestre invisible. Los difuntos entonces no dejan el mundo, pero, aunque están en contacto con los vivos, ya no se los ve. Por ejemplo, los desaparecidos en las tradiciones africanas viven en una aldea de los muertos, invisibles pero cerca de los vivos, entre ellos.
Una vida disociada puede aguardar la muerte en la medida en que sólo un elemento de ella misma alcanza el más allá. Es el caso del alma, que puede o buscar habitación en otro cuerpo (budismo), o incorporarse a su lugar de origen celeste (orfismo), o ser condenada también a tormentos sin fin, etc.
Por último, la muerte podría aniquilar el conjunto de la persona hasta que un acto de Dios lo recreara con el Universo (parsismo persa), etc.
Y otras muchas representaciones de la vida en el más allá que, a lo largo de los siglos, se han influido y compenetrado.