La dieta del Dr. Dukan

 

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Ignacio de Antioquía, Agustín... Pascal

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De forma aparentemente paradójica a los ojos del «mundo», la muerte se hace deseable, porque abre a la vida verdadera, la vida eterna. Lo afirma con toda claridad Ignacio de Antioquía.

Para Ignacio, la muerte ha entrado en una vía nueva, y los dolores que hay que soportar con paciencia son como los del parto, los del nacimiento. El querer liberarlo de la muerte sería, por tanto, impedirle vivir la verdadera vida divina que es la vida en Cristo.

Más cerca de nosotros, y en la órbita de la teología de San Agustín, se puede también aducir un texto ya citado, la carta del 17 de octubre de 1651 que Pascal escribe a su her­mana Jacqueline y al marido de ésta después de la muerte de Étienne Pascal, su padre. La muerte de éste primero se evoca muy humanamente como una «desgracia», como un «motivo de aflicción».

Para el autor, no se trata de negar o de ocultar el dolor que provoca la desaparición de un ser cercano: «El golpe es demasiado doloroso, sería incluso insoportable sin ayuda sobrenatural. No es justo que no padezcamos como los ángeles, que no tienen sentimiento de la naturaleza, pero tampoco es justo que nos sintamos desconsolados como los paganos, que no tienen ningún sentimiento de gracia; es justo que nos aflijamos y nos consolemos como cristianos, y que el consuelo de la gracia prevalezca sobre los sen­timientos de la naturaleza».

Lo esencial queda dicho: para Pascal, el duelo no puede consistir sino en una tensión entre la aflicción y la consolación, entre la naturaleza y la gracia; la actitud cris­tiana ante la muerte no es una simple resignación, sino una lucha, un combate interior. Tampoco es la serenidad filosó­fica de un Sócrates o de un Séneca lo que él defiende, sino la antinomia difícil, pero positiva, entre el dolor y la fe.

Así mismo es necesario también cambiar de pensa­miento respecto de la muerte: «No consideremos ya al hombre como el que ha dejado de vivir, sugiera lo que su­giera la naturaleza, sino como el que comienza a vivir como lo asegura la verdad. No consideremos ya su alma como desaparecida y aniquilada, sino como revivificada y unida al soberano viviente».

EL MARTIRIO DE IGNACIO DE ANTIOQUIA

San Ignacio de Antioquía (martirizado hacia el 110) preso y conducido a Roma, donde va a ser juzgado y condenado a morir en la arena «en las fauces de las fieras», escribe a la comunidad cristiana de Roma, que desearía verlo libre de los suplicios: «Voluntariamente muero por Dios si vosotros no lo impedís. Os ruego que no tengáis para mí una benevolencia inoportuna. Dejadme ser pasto de las fieras por medio de las cuales podré alcanzar a Dios. Soy trigo de Dios y soy molido por los dientes de las fieras para mostrarme como pan puro de Cristo. [...]
De nada me servirán los confines del mundo ni los reinos de este siglo. Para mí es mejor morir para unirme a Jesucristo que reinar sobre los confines de la tierra. [...] Mi parto es inmi­nente. [...] No impidáis que viva; no queráis que muera. [...] Dejadme alcanzar la luz pura».