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Jacob, Esaú y el deber de primogenitum

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El primer personaje que se pregunta sobre la muerte y sus consecuencias es Esaú, el primogénito de Isaac y Rebeca (Gn 25,30 ss). Recordemos los hechos.

Jacob prepara un plato de lentejas rojas. Esaú llega agotado de la caza y le dice a su hermano gemelo:  «Déjame de eso pardo, eso pardo». Entonces ¿qué hace Jacob? Le pide que le venda su título de primogenitura. ¡Cuánto no han escrito los antisemitas de Jacob Judas, y de sus manías de hablar de Adinero en todo momento! Escuchemos la historia dentro de la lógica y la memoria judía.

¿Qué es ese plato de lentejas? Es un plato de duelo (todo alimento redondo evoca el ciclo de la vida). El antepasado Abrahán acaba de fallecer, y Jacob toma buena nota del vacío hartándose de comer. Comer para vivir, para seguir viviendo. El apetito raramente interviene en estas circunstancias. ¡Qué importa, hay que continuar el proyecto del anciano!

Esaú quiere también «comer». El versículo es más expresivo. En hebreo, el hijo primogénito declara: «Atibórrame de eso pardo, eso pardo». ¡«Como a una oca», precisan los comentaristas! Y Jacob le hace un test. «¿Quieres comer para perpetuar la vida o para llenarte la barriga?» ¿La muerte te hace «pensar» o «cuidarte»? En el primer caso, Esaú comería para vivir y, en el segundo, para no morir.

Y entonces ¿cómo obtener la respuesta? Rogándole a Esaú que venda su deber de primogenitura y no su derecho de primogenitura (de la misma manera que no hay un pueblo elegido sino un pueblo responsable que tiene no un derecho sino un deber de responsabilidad respecto de los otros pueblos). Este deber consiste justamente en transmitir, a fin de que, por encima de la muerte del transmisor, el mensaje siga vivo.

Y ¿cuál es la respuesta de Esaú? «Me encamino a la muerte, ¿para qué me sirve la responsabilidad de la primogenitura?» El comerciante en este asunto no es Jacob, sino Esaú, que es el que saca partido de lo que no es comerciable, porque pertenece a la categoría de los deberes. Jacob asume ahora la vocación espiritual que le correspondía al primer nacido en el orden de los nacimientos.

Así que la primera cuestión ante la muerte no es saber lo que le va a ocurrir al difunto después de la muerte, sino lo que les sucederá a los vivos una vez desaparezca el muerto. Los juegos de palabras rabínicos son siempre vehículos de un lenguaje existencial. Adán, antes de la caída, está iluminado por la luz divina, su piel es luz. Él comprende el sentido de su vida. Se siente «socio del Santo, bendito sea, en la obra original». Él sabe que debe administrar la vida que se le ha ofrecido por pura gracia. Adán es del presente. Él está en conformidad con su conciencia, con toda conciencia.

Después de la transgresión, va a surgir la duda. Esto es el infierno bíblico, el Sheol, que quiere decir «Lugar del problema». El conocimiento de la muerte, el sentimiento de finitud es, primero de todo, la toma de conciencia del tiempo que se escapa entre la memoria y el futuro, entre el nacimiento y la desaparición.

En conclusión, para la mentalidad hebrea la muerte (no el asesinato, ni el sadismo, ni la guerra) es un dato del mundo creado, ella no genera ninguna filosofía del absurdo. Lo que es absurdo es destruir la propia existencia o la de los demás rechazando la ley exterior, la ley trascendente de Dios, queriendo apoderarse de lo que está prohibido.