La cuestión del más allá
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A fin de comprender la manera como los hebreos veían la muerte y el más allá, nos vamos a limitar a examinar lo que dice la Biblia. En el capítulo dedicado a los aspectos históricos nos referimos a los escritos más tardíos de los racionalistas o los místicos.
El gran postulado de la fe bíblica es que Dios ha creado los cielos, la tierra y la vida. El verbo baroh («crear») es un término específico, en toda la Biblia, aplicado solamente a la actividad divina. El hebreo cree que el mundo no se limita a la inmanencia de las cosas. Piensa que una voluntad superior vehiculada por una palabra permanente se oculta en la naturaleza y en la historia, y ella puede aclarar a los hombres el sentido de su destino.
El hebreo auténtico no es un teólogo. Él no extiende su concepción del origen hasta el principio de una creación ex nihilo. Pero su fe pragmática y coherente, que dimana de la primera afirmación bíblica, es suficiente para apartarlo de la idolatría y sus perversas consecuencias, como el sacrificio humano o la prostitución sagrada. Aunque la Biblia no justifica la aparición de la vida, un creyente como el salmista ve en ella un acto de amor gratuito y de misericordia infinita. Dentro de este espíritu, la aparición del hombre es totalmente milagrosa. ¡El milagro es existir y tomar conciencia de ello! En fin, esta creación no es entendida como una degradación de lo divino, sino como la base de una alteridad total.
Sólo Dios es eterno
Respaldados por estas enseñanzas, podemos entender el versículo: «Entonces el Señor Dios modeló al hombre de arcilla del suelo, sopló en su nariz aliento (neshama) de vida y el hombre se convirtió en ser vivo (nefesh)» (Gn 2, 7).
El Hombre está constituido por una parte terrestre (arcilla) y un soplo proveniente del creador. El hebreo no habla de «cuerpo y alma», sino de «cuerpo y aliento». La respiración oculta el misterio de la vida. Ese aliento que se cernía sobre la faz de las aguas llevará las palabras que hacen brotar la luz. Ese aliento se dirigió a las aguas y a la tierra para separarlas.
Ese aliento hará surgir las plantas o los animales. Ese aliento se introducirá en la nariz de Adán, ofreciéndole a éste, al mismo tiempo que la libertad, el conocimiento y también la capacidad de amar.
El hombre se entiende así como una asociación de lo material y lo espiritual. Por eso las leyes religiosas, las müsvoth, afectan al sujeto en su conjunto: cuerpo, espíritu, pensamiento, palabra, acción. La concepción monoteísta procede de una visión unitaria del hombre visto en sus diferentes funciones -el Eclesiastés, por ejemplo, utiliza con frecuencia la expresión kol haadam: «todo el hombre»-, de la misma manera que percibe a la humanidad una, a través del polimorfismo de sus culturas, de sus lenguas, de sus genios religiosos, etc.
Si la vida es la aparición milagrosa y la organización de esos diferentes elementos, la muerte entonces significa la desaparición de dichos elementos. Sólo Dios es eterno. El cadáver mismo no es el cuerpo, sino un conglomerado de átomos, de células en descomposición, paradójicamente llamado nefesh -«aliento»-, subrayando el paro de la función respiratoria. Pero la muerte sobre todo recuerda el fin definitivo de toda conciencia moral. Si el hombre es uno, entonces es uno en su vida y uno hasta su muerte. Y después de la muerte, no queda ya nada.
Citemos algunos pasajes:
«Que en el reino de la muerte nadie te invoca, en el Abismo (Sheol) ¿quién te da gracias?» (Sal 6, 6).
«Los muertos ya no alaban al Señor, ni los que bajan al silencio» (Sal 115,17).
En la misma perspectiva, el Eclesiastés proclama: «Los vivos saben... que han de morir; los muertos no saben nada, no reciben un salario cuando se qlvida su nombre. Se acabaron sus amores, odios y pasiones, y jamás tomarán parte en lo que se hace bajo el sol» (Ecl 9,5-6); y concluye entonces un poco más adelante: «Todo lo que esté a tu alcance hazlo con empeño, pues no se trabaja ni se planea, no hay conocer ni saber en el Abismo (Sheol) adonde te encaminas» (id. 10).