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La experiencia del Buda

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Nadie escapa a la muerte. Ésta es incluso una etapa de la vida. Es la experiencia de todos nosotros, y fue la del Buda.

La muerte es omnipresente en la biografía del Buda histórico Sakyamuni. Sus datos son y seguirán siendo inciertos. No obstante, los que entienden del tema se ponen de acuerdo en fijar su desaparición alrededor del 400 a. C.

Cuando tiene siete años poco más o menos... su madre, la reina Maya, desaparece. Siendo aún niño, tiene una primera intuición de la naturaleza insatisfactoria e inestable de las cosas presen­ciando en un paseo o, según las versiones, en la celebra­ción de un ejercicio real, el sufrimiento de los animales que mueren atrapados por los más fuertes, según la implacable ley de la naturaleza.

A la edad de treinta años, siendo príncipe heredero, casado y padre, tiene, según la tradición, Cuatro Expe­riencias decisivas que le inducen a la búsqueda espiritual. El espectáculo sucesivo de la decrepitud física de un an­ciano, luego de un enfermo y del dolor ocasionado por la muerte, contrastando con la serenidad de un religioso errante, lo enfrenta a duras realidades que, por lo que parece, se le había procurado encubrir desde su infancia. El que estas Cuatro Experiencias respondan a hechos his­tóricos o a un embellecimiento, por otro lado muy peda­gógico, de una realidad muy simple, poco importa. Son reflejo de la experiencia de todos nosotros.

Más adelante, durante su vida de peregrinaciones y aprendizaje, el que llegó a ser el Buda, el Perfecto Ilumi­nado, recibe un día con bondad a una madre afligida que abraza el cuerpo sin vida de su hijo único, que ha sido mordido por una serpiente. Unas buenas almas la llevaron a él. Conocían la fama que tenía de persona dotada de po­deres extraordinarios.

El Buda capta el ánimo de la desgraciada conturbado por el dolor e indispuesto para comprender la realidad de las cosas. Le pide entonces que vaya y le traiga unos granos de mostaza. Quiere preparar el remedio que devuelva la vida al pequeño cuerpo. Y le hace esta indicación: que los granos han de ser de una casa en la que no haya entrado nunca la muerte. La pobre mujer parte sin darse cuenta de lo que se le pide. Su búsqueda, evidentemente, será infruc­tuosa. Triste ciertamente, pero con el ánimo sosegado por la comprensión del carácter ineluctable de la muerte, vuelve al Buda, y le pide ser admitida como una fiel laica.

El Buda ve desaparecer a numerosos seres queridos: miembros de su familia cercana, de su clan, exterminados por un clan rival; a varios de sus discípulos, algunos de los cuales fueron asesinados, a soberanos bondadosos y generosos que, para él y su comunidad, habían sido valiosos apoyos.

Él mismo, por fin, habiendo alcanzado una edad res­petable -varias fuentes aventuran la cifra de ochenta años-, gastado el cuerpo por la edad y la enfermedad, desaparece igualmente de la manera más humilde que existe. El acon­tecimiento reviste una importancia pedagógica nada des­preciable.

El Buda no dejó de tomar la decrepitud de su propio cuerpo como objeto de enseñanza sobre la inestabi­lidad de las cosas y la necesidad del desprendimiento. Todavía hoy, reconocidos maestros no dudan en seguir su ejemplo. Ahí está el Venerable tailandés Ajanh Chah, que, durante varios años, se sirvió con este fin de las diabetes que lo iban paralizando progresivamente.

La muerte, la aceptación de su carácter ineludible como parte integrante del ciclo de la vida, ocupa así un lugar de primer orden en la enseñanza budista. Lo que no ha dejado de desconcertar a numerosos occidentales, sorprendidos por lo que percibían como el pesimismo del budismo.
¿Cómo presenta entonces las cosas el Buda?