La muerte en el budismo
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El budismo, camino espiritual que nació en la India hace unos 2.500 años, intriga y cautiva hoy a Occidente por su expansión geográfica.
Este encuentro de dos modos de pensamiento tan diferentes, si bien puede ser fuente de enriquecimiento mutuo, no deja por eso de crear algunos malentendidos. El más señalado, el que tiene que ver con el concepto de reencarnación, es decir, con un substrato personal y permanente que pasa de vida en vida, de un cuerpo a otro.
El occidental se puede sentir seducido por esta idea que le brindaría la perspectiva de múltiples existencias, inevitablemente humanas, cada una de ellas mejor que la precedente, lo cual conllevaría una idea de progreso permanente y automático.
Y, sin embargo, el budismo enfoca el fenómeno de una manera muy diferente y muy enraizada en la rica herencia del pensamiento indio.
En el mundo indio, de donde sale el budismo, vida y muerte, para la totalidad de las criaturas, y no sólo para el ser humano, se repiten en un ciclo llamado samsara, literalmente «errancia».
Esta perspectiva no se considera especialmente grata. Uno de los objetivos principales del budismo es precisamente ofrecer una vía de escape a ese ciclo doloroso e insatisfactorio. Y uno de los primeros pasos a dar en esa vía consiste en reconocer el carácter indefectible de la muerte.