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La muerte en la Biblia

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La muerte en la visión judía
Para comprender la visión judía de la muerte, así como los ritos funerarios en el judaísmo, es necesario ante todo explorar el universo bíblico.
La muerte en la Biblia
La muerte, literalmente mencionada, aparece en la Biblia con la creación del hombre. Antes de este nacimiento, la muerte no es efectiva. Aunque al principio se nos presenta el cosmos como un inmenso magma caótico donde reina la oscuridad en un fondo abismal (Gn 1,2), el Creador no lucha ni con la muerte ni con Satán. Se descarta por tanto el maniqueísmo. La vida procede de la vida. Dios pone orden en el desorden original. Y así es como la luz, la materia, la vida y después la conciencia van a emerger crescendo.
La Naturaleza, la de los seis días del comienzo de la creación, es la expresión de la voz divina. La Palabra da el Ser. Teje la realidad, le da forma y la organiza. Esa realidad se rige por leyes intrínsecas e inmutables. Los peces se quedarán siempre en el mar, y cada árbol producirá siempre la misma especie. Esto no quiere decir que no se dé lucha entre las diferentes formas de vida (lo que implica una adaptación y, en consecuencia, una evolución de las especies). El mineral, el vegetal, el animal y el hombre están llamados a codearse, a vivir el uno con el otro y, también, el uno del otro. La naturaleza del fuego es elevarse, el fuego de las entrañas de la tierra puede provocar una erupción volcánica. La ley del fuego destruirá la flora, la fauna, al hombre. El león puede devorar la gacela o la gacela se puede zafar si ese día es más rápida. Los microbios se alojarán en las hojas, entre cortezas, en organismos vivos. La Naturaleza es el lugar del dinamismo de la vida y de sus exigencias. Es también el lugar de los espacios delimitados. La vida de unos no es la vida de los otros, sino que los unos y los otros comparten el mismo espacio. En este espacio es donde las vidas, indiferentes, complementarias o agresivas, se encuentran.
Desde el punto de vista del monoteísmo, la vida procede de la gracia divina y de la ley divina. Gracia de la profusión de la vida, y ley de la separación de las vidas. El místico que ora en el bosque siente, al amanecer, el despertar del cosmos. Desde la pequeña gota de rocío que se desliza a lo largo de la sutil hierba ligera hasta el trino del pájaro que acompaña la aparición del astro incandescente. El mundo se estira como un durmiente que sale de un largo sueño reparador. El agua, la hierba, el pájaro, el hombre «oran» juntos y, sin embargo, cada uno expresa su canción.
Gracia y ley no son antinómicas, sino simultáneamente verdaderas. De esta dialéctica primera, inevitable, fatal, nace la vida y la muerte. A partir de ella, la muerte puede brotar de la vida. La muerte brota de los conflictos de vida, de los conflictos de gracia (los enfermos raramente se hacen la guerra).
El hombre, un ser que come y piensa
En este decorado, en esta fatalidad sorprendente, Dios crea el hombre. El mundo es anterior al hombre, que es «un extraño sobre la tierra». Para subrayar más esta extrañeza, Adán es invitado a entrar en el jardín edénico (Gn 2,15). En este vergel Edén -literalmente «gozo»-, donde la gracia se ofrece a cada coloso vegetal, por los frutos que él produce, el Eterno emite una ley para que Adán la tenga en cuenta.
No una ley que se dirige a su instinto -¿acaso hay que ordenar comer cuando el hambre aprieta, u obligar a dormir cuando el sueño sobreviene?- sino la ley que interpela a la conciencia de Adán: «PuedelTcomer de todos los árboles del jardín; pero del árbol de conocer el bien y el mal no comas; porque el día en que comas de él, tendrás que morir» (Gn 2,16-17).
El hombre, comiendo, destruye para vivir él. Dios habría podido crear un ser que se nutriera de luz, un ser clorofílico. Él crea un ser que come. «El hombre es un ser que come, el más débil de los que comen, pero que además piensa» (¡y que el gran Pascal me perdone!). El hombre hace de la naturaleza de fuera su propia vida. La muerte precede a la vida.
Pero no puede comer de todo. Por eso el ser humano se va a distinguir radicalmente de todos los seres terrestres. En efecto, es el único ser viviente con capacidad para poner un límite a su instinto. El único que puede reprimir su egocentrismo y transformarlo en altruismo. En el reino animal no existe el self-control
Mientras que la ley del instinto somete al hombre a sí mismo, la ley del no consumo, en sí constrictiva, tiene por función ennoblecer al hombre. Este distanciamiento respecto al mundo hace salir al sujeto del anonimato. A partir de esto, es posible pensar un devenir de lo humano. ¡La naturaleza es, el hombre se hace! En la naturaleza, vida y muerte se confunden, en el hombre vida y muerte se contraponen. Por tanto, los hijos de Adán pueden emprender la gestión del espacio, naturalmente un espacio de conflictos.
Esta primera ley, que es doble, se basa en la dialéctica de gracia y ley. En nombre de la gracia divina, Adán puede comer de todos los árboles del jardín: «Puedes comer de todos los árboles del jardín». La gracia está del lado del instinto. Pero en nombre de la ley divina, no debe comer del árbol del conocimiento del bien y del mal. La ley está del lado del mérito, incluso (sobre todo) la ley del amor. El amor es el encuentro de la gracia y la ley. Por eso Salomón puede cantar que el amor es más fuerte que la muerte.
¿A qué viene la ley? ¿A qué viene esta ley que separa, esta ley que limita, que usurpa mi gracia? ¡A que alguien con apetito pueda beneficiarse de su propia gracia de comer! Ni el volcán, ni el león, ni el microbio respetan este tipo de limitación. A los seres de la naturaleza, el límite se lo impone su misma naturaleza, cuando están hartos. Adán tiene toda la tierra por conquistar, como un animal (Gn 1, 28), menos un árbol, para hacerse un hombre.
«-Papá, ¿qué es un hombre?
- ¡Un ser que come, hijo mío!
- ¿Y cómo se hace un hombre?
- ¡Aprendiendo a no comer!»
Sansón, el héroe de las siete cuerdas y tan débil ante las mujeres, profetiza proclamando delante de un esqueleto de león que encierra un enjambre de abejas: «Del que come salió comida, del fuerte salió dulzura» (Jue 14,14). ¡Todo un programa... de vida!
El árbol del Conocimiento no era incomestible, sus frutos no eran venenosos, ese generoso donante estaba fundamentalmente permitido. Sólo el mandato divino lo ponía fuera del alcance de la boca. El hombre no debe considerarse un ser para todo.