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La muerte en la literatura budista

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Los textos relativos a la muerte no escasean en la abundantísima literatura budista. Los sutta del budismo antiguo, sermones entregados por el Buda en persona, abordan con frecuencia el tema. Y lo hacen mucho antes de la aparición en la historia del texto más conocido, por su título, que no por su contenido, de los occidentales.
El objetivo de los sutta no es entrar en un examen minucioso del desarrollo de la muerte. Lo será el de las obras más tardías de profundización de la doctrina. El papel de los sutta es preferentemente insistir en el carácter ineluctable de la muerte, utilizarla, si es necesario, como materia de meditación, para entender mejor de la inestabilidad de las cosas y explicar igualmente la razón de ser de las diferencias innegables que enfrentan a los seres en este mundo.
Los actos determinan la duración de la vida
En homenaje a un joven brahmán, deseoso de saber por qué podía ver en el mundo que le rodeaba tanta variedad de rasgos físicos, de estados de salud, de condiciones sociales, Buda enseñó el Cula-Kammavibhanga-Sutta. El joven visitante expone ampliamente el sentido de su pregunta antes de formular la siguiente demanda:
«Dime, honorable Gautama, cuál es la razón, y cuál la causa de que exista una inferioridad y una superioridad así entre la gente que ha nacido como seres humanos».
El Bienaventurado le respondió:
«Oh joven, los seres vivos tienen los kamma para bienes; tienen los kamma para herencia, tienen los kamma para matriz, tienen los kamma para padres, tienen los kamma para recursos. Los kamma catalogan a los seres vivos en inferiores o superiores».
El Buda indicaba con esto la importancia preponderante de los actos sobre la naturaleza del renacer. El acto es factor de continuidad de una existencia a otra.
Y ante la perplejidad de su interlocutor, detalla, caso por caso, en el estilo particular de los sutta:
«El Bienaventurado dice: Supongamos, oh joven, que exista una mujer o un hombre que mate a los seres vivos, sea cruel, tenga sus manos manchadas de sangre, su intención sea hacer el mal y sea despiadado para con los seres vivos. A consecuencia de sus kamma ejecutados de esa manera, con una fuerte adhesión a la maldad, esa mujer o ese hombre, después de la destrucción de su cuerpo, después de su muerte, renace a una situación decadente, a un destino desgraciado, a un estado de sufrimiento, al niraya. Supongamos que ella o él no haya nacido a una situación decadente [...] sino que lo haya hecho a la situación humana. Así, si ella o él renace tomando la forma humana, ella o él, en esta nueva existencia, tendrá una vida corta».
«En este caso, oh joven, el camino que conduce a una vida corta es ser uno cualquiera que mata a los seres vivos, que es cruel, cuyas manos están manchadas de sangre, que tiene la intención de hacer el mal y es despiadado para con los seres vivos».
Prosigue la demostración, exponiendo la causa inversa -benevolencia y compasión-, que comporta el efecto contrario -longevidad en la situación humana. Y para cada caso, buena o mala salud, riqueza o pobreza, belleza o fealdad..., el discurso continúa con pares contrapuestos. Antes de que el Buda retome, como conclusión, el enunciado de la importancia de los actos y de su valor moral.
La contemplación del cuerpo en un osario
En otro corpus de textos antiguos, el de los Discursos Medios del Buda, se encuentra el Satipatthanasutta, o Sutta de las loases de la atención. Es una especie de apoyo a la meditación en la contemplación del cuerpo y de sus diferentes partes. Uno de los pasajes trata más específicamente de la contemplación del cuerpo abandonado en un osario y de las diversas etapas de su descomposición. Esta práctica se recomendaba vivamente a los religiosos a fin de que abandonaran todo apego al cuerpo.
«[...] Oh monjes, cuando uno de vosotros ve un cuerpo arrojado a un osario, muerto hace un día, dos días, tres días, hinchado, azulado, en putrefacción, reflexiona sobre su propio cuerpo y se dice: "Este cuerpo mío tiene la misma naturaleza, y llegará a ser igual a él y sin poder evitarlo".
Así se queda considerando el cuerpo interiormente; se queda considerando el cuerpo exteriormente; se queda considerando el cuerpo interior y exteriormente. Se queda considerando la aparición de las cosas en el cuerpo; se queda considerando la desaparición de las cosas en el cuerpo; se queda considerando la aparición y la desaparición de las cosas en el cuerpo. "He ahí el cuerpo"; esa introspección está presente en él solamente por el conocimiento, solamente por la reflexión, y como resultado queda liberado y no se aficiona a nada en el mundo. Así, oh monjes, se queda un monje considerando el cuerpo».
El texto continúa, con el mismo estilo iterativo, siguiendo la caducidad del cuerpo abandonado:
«[...] Cuando un monje ve un cuerpo arrojado a un osario, despedazado por los buitres, los cuervos y las águilas, destrozado por los perros y los chacales, carcomido por toda clase de gusanos, reflexiona sobre su propio cuerpo: "Este cuerpo mío tiene la misma naturaleza, llegará a ser igual a él y sin poder evitarlo".
[...] Cuando un monje ve un cuerpo arrojado a un osario, un armazón de huesos unidos por los tendones, todavía con jirones de carne y manchas de sangre, reflexiona sobre su propio cuerpo: "Este cuerpo mío tiene la misma naturaleza, llegará a ser igual a él y sin poder evitarlo".
[...] Cuando un monje ve un cuerpo arrojado a un osario, un armazón de huesos ligados por tendones, ya limpio de carne y de manchas de sangre, reflexiona sobre su propio cuerpo: "Este cuerpo mío tiene la misma naturaleza, llegará a ser igual a él y sin poder evitarlo".
[...] Cuando un monje ve un cuerpo arrojado a un osario, los huesos separados de los tendones, dispersos acá y allá, aquí un hueso de las manos, allí uno de los pies; aquí una tibia, allá un fémur; aquí una pelvis, allá unas vértebras; aquí el cráneo; reflexiona en su propio cuerpo: "Este cuerpo mío tiene la misma naturaleza, llegará a ser igual a él y sin poder evitarlo".
[...] Cuando un monje ve un cuerpo arrojado a un osario, blanquecinos los huesos como conchas, reflexiona sobre su propio cuerpo: "Este cuerpo mío tiene la misma naturaleza, llegará a ser igual a él y sin poder evitarlo".
[...] Cuando un monje ve un cuerpo arrojado a un osario, amontonados los huesos después de pasar un año, reflexiona en su propio cuerpo: "Este cuerpo mío tiene la misma naturaleza, llegará a ser igual a él y sin poder evitarlo".
[...] Cuando un monje ve un cuerpo arrojado a un osario, los huesos podridos y convertidos en polvo, reflexiona en su propio cuerpo: "Este cuerpo mío tiene la misma naturaleza, llegará a ser igual a él y sin poder evitarlo"».
El arte budista, de Birmania al Japón, ha puesto estas descripciones en imágenes de manera sorprendente.
Librarse de los ciclos de los renacimientos
De otra forma más célebre, el Bardo Thodol, cuya paternidad se atribuye ordinariamente a Padmasambhava, uno de los «padres» del budismo tibetano, fundador del monasterio de Samyé en el siglo VIII. Algunos, sin embargo, se lo atribuyen más bien a Karmalingpa, el descubridor del texto en el siglo XIV.
Esta obra entra en la categoría de los «textos-tesoro», obras camufladas por un santo personaje y destinadas a ser descubiertas cuando hubiese llegado el momento propicio para su comprensión. El descubrimiento puede ser físico: un libro muy real es hallado en un lugar concreto; o puede ser mental: el que lo descubre lo hace mediante una «visión» del contenido de la obra. Una cantidad nada despreciable de textos-tesoro se atribuye a Padmasambhava.
Bardo Thodol, el título tibetano de esta obra, por lo general se traduce como «Libro tibetano de los muertos», sin duda por el paralelismo con el Libro de los Muertos egipcio. Este paralelismo es lamentable. En verdad, apenas existe relación entre ambas obras. Por lo demás, la misma palabra «muerte» está ausente en el título tibetano, y el acento, en realidad, está más bien puesto en el concepto de liberación. La finalidad de la obra es permitirle al lector la liberación del ciclo de los renacimientos.
El término bardo, «intervalo», designa todo período existencial al que se ponen límites. Los bardo en total son seis. Tres de ellos están específicamente relacionados con la agonía y las consecuencias del fallecimiento.
Tomado sin más precisión, el término bardo designa ordinariamente el intervalo que media entre la muerte y otro nacimiento, y cuya duración teórica -el texto insiste mucho en el carácter teórico y simbólico de la cifra- es de unos cuarenta y nueve días.
El Bardo Thodol se engloba en un ciclo titulado «La liberación espontánea por la devoción a las divinidades apacibles y furiosas», que reúne una buena cantidad de rituales relativos a la muerte.
Está destinado a ser leído u oído por los vivientes, y leído a la cabecera del difunto, preferentemente por un
lama o amigo espiritual, en su nombre, durante su permanencia en el bardo. El fin, una vez más, es evitar los trastornos que generan los llantos y lamentaciones eventuales de los familiares.
El texto describe, globalmente y de manera detallada, las visiones que se producen durante el bardo, las cuales hay que entender como emanaciones de nuestra propia naturaleza espiritual:
«Noble hijo, aunque la aparición del estado intermediario de la Verdad en Sí te estremezca o atemorice, no olvides estas palabras. Ve adelante, imprégnate del significado de estas palabras. Éste es un punto clave de la enseñanza:
¡Ay!, mientras que aparece en mí el estado intermediario de la Verdad en Sí, y yo he repelido el miedo y la angustia, es necesario que yo reconozca todo cuanto se levanta como proyecciones mías: la manifestación del bardo. Cuando llegue este momento tan importante, ojalá pueda yo dejar de temer a las legiones de divinidades pacificadoras y furiosas que son mis propias proyecciones.
Mientras estas palabras se pronuncian clara y distintamente, su significado se actualiza en tu espíritu. No lo olvides, porque el sentido de esta enseñanza es que reconozcas en cada una de las apariciones, por horrible que sea, la manifestación de tus pensamientos».
Se suceden entonces las descripciones de las diversas apariciones, apacibles y furiosas, así como las indicaciones precisas dadas al difunto sobre la actitud a adoptar en cada circunstancia.
«Noble hijo, escucha atentamente! El noveno día se te aparece el muy prestigioso Vajra-Heruka de la orden del Vajra de los divinos bebedores de sangre. Tiene un cuerpo azul oscuro, tres cabezas, seis brazos y cuatro piernas separadas. Su cabeza de la derecha es blanca, la de la izquierda roja y la del medio azul. Lleva en su mano derecha la vajra, en la del medio un cráneo y en la tercera un hacha. En su mano izquierda una campana, en la del medio un cráneo y en la última una reja de arado. La madre divina Vajara Krodeshvari abraza el cuerpo del divino padre, su mano derecha rodea su cuello y su izquierda lleva a su boca un cráneo lleno de sangre. Esta aparición surge por el lado oriental de tu cerebro y se mantiene delante de ti. No tengas ningún miedo ni temas nada, no te defiendas de ella. Reconócela como elemento de tu propio espíritu. No le tengas miedo porque es tu divino Yi-dam».