La muerte frente a la expansión del budismo
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El budismo se implanta probablemente en China durante el siglo I antes de la era cristiana. La doctrina, ya transformada, salta a Corea y, finalmente, al Japón, donde llega en el siglo VI, casi un milenio después de la predicación del Buda.
La cultura china vive muy apegada a algunos principios: la supervivencia de las almas (varias almas, de esencia yin y yang, coexisten en una misma persona), el culto de los antepasados, la necesidad de preservar, más allá de la muerte, la integridad física del cuerpo.
La creencia china en la supervivencia de varias almas está en flagrante contradicción con el sutil principio budista, conocido como «doctrina de la anatta», según el cual en ningún individuo existe un principio personal eterno, inmutable.
¡No importa! El budismo chino se acomoda, y se decide por privilegiar no la inconfortable doctrina, sino la importancia del valor moral de los actos, que se ajusta muy bien a las aspiraciones chinas.
Así vemos desarrollarse en China, y más adelante en el resto de Extremo Oriente, la idea de un auténtico juicio de las almas que se celebra en los infiernos.
La evaluación de las buenas y las malas obras llevará al difunto bien directamente a una nueva existencia, bien, en caso de predominio de malas obras, a un largo y doloroso periplo de tribunal en tribunal, especializado cada uno de ellos en el castigo de delitos específicos.
Es interesante evidenciar hasta qué punto la organización de los infiernos con sus jueces, sus escribanos, sus secretarios, sus funcionarios de todos los rangos, está calcada de la administración imperial china.
Se estudian numerosos casos particulares, y algunos parecen haber planteado problemas: los suicidas se confinan en un lugar que les es propio, y, según algunas fuentes, incluso son condenados eternamente. Las personas desaparecidas antes de cumplírseles el final previsto a su existencia vagan tristemente por los infiernos sin poder ser juzgadas; es el caso de los niños que nacen muertos. Las mujeres que mueren en el parto son víctimas de un destino particularmente duro, que sus hijos pueden dulcificar con la celebración de una ceremonia particular.
Un caso delicado, pero referido con frecuencia en la literatura china, es el de las víctimas de un error de orientación, las cuales, a consecuencia de un yerro de la administración infernal, fueron citadas injustamente. Peor aún, los miserables cuyo sumario no se puede encontrar...